Leí, con una mezcla de estupor e incredulidad, un estudio que afirmaba que mucha gente prefiere la poesía generada por inteligencia artificial porque la encuentra más agradable, clara y emotiva que la humana. Los investigadores Brian Porter y Édouard Machery sostenían en Scientific Reports que, para muchos lectores, estos textos superaban incluso a los de Shakespeare, T. S. Eliot o Emily Dickinson.
Ante la proliferación de titulares alarmistas y superficiales sobre la IA, decidí ir un poco más allá. Cuando profundizas, el panorama cambia: no es que “la poesía de ChatGPT guste más a todo el mundo”, sino que, en muestras de lectores no expertos, puede parecer más accesible o clara, sobre todo cuando se atribuye erróneamente a un autor humano. Lo que emerge es un sesgo perceptivo: se reconoce como “humano” aquello que no lo es. Pero esto no implica, ni de lejos, una superioridad literaria de la IA.
Lo que sí se insinúa es una vieja sombra: la tendencia a desplazar al artista, a borrar su presencia. Generar arte con IA nos adentra en un territorio de invisibilidad que muchos creadores conocen demasiado bien. Porque, no nos engañemos, el poder —quién gobierna los relatos y las emociones, quién manda sobre la tecnología— siempre ha querido controlar también, y muy especialmente, los recursos artísticos para influir más y mejor en la sociedad.
El último trabajo humano: conectar en un mundo desconectadoPor eso, cuando la socióloga Allison J. Pugh advierte en su libro El último trabajo humano: conectar en un mundo desconectado que la IA puede eliminar la autoría humana y reducir a las personas a datos y funciones, la pregunta es inevitable: ¿qué hacemos nosotros? ¿Conocemos a nuestros poetas? ¿Los leemos, los valoramos, los reconocemos? ¿O los mantenemos invisibles en régimen de precariedad?Quizás el reto no es técnico, sino ético. Devolvemos el nombre a los artistas. No cedamos a la seducción de un arte que a menudo solo replica. Démosles voz, presencia y dignidad. Solo así haremos realidad la voz de los poetas: “Sabes, yo he leído / que no mueren las almas” (Anna Ajmátova en Réquiem y otros poemas).