Donald Trump en la convención republicana
14/01/2025
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En una nueva declinación de su parafraseado eslogan, Donald Trump está dispuesto a hacer el imperialismo grande otra vez. En plena cuenta atrás de su regreso a la Casa Blanca, el presidente electo ha salido a reclamar la anexión de Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá. Así, de golpe. El argumento es la seguridad económica de Estados Unidos, pero la retórica del expansionismo geográfico resuena a nivel global.

El mundo está inmerso en una recomposición geopolítica por la fuerza: desde la invasión rusa de Ucrania hasta la amenaza sobre Taiwán o el espectacular despliegue militar de China en el Indopacífico. Es la propia China la que se ha consolidado como la principal potencia comercial del continente americano, mientras Rusia viste la anexión de territorios a Ucrania de guerra preventiva contra la expansión neocolonial de la OTAN.

Por su parte, el gobierno de Israel ha aprobado un plan para fomentar la expansión de los asentamientos en los Altos del Golán tras la caída de Bashar el Asad y doblar a su población en territorio sirio. Unos asentamientos que se consideran ilegales según el derecho internacional.

En esta recomposición de los equilibrios en Oriente Próximo, también Turquía ha decidido aprovechar la inestabilidad reinante para atacar a las fuerzas kurdas sirias a lo largo de su frontera sur, a la vez que consolida su influencia en la región.

En este contexto, la nueva doctrina trumpista tiene un efecto homologador. La retórica de Donald Trump está cargada de fuegos de artificio político y de amenazas improbables, pero el impacto de sus amenazas en el debilitamiento de la legalidad internacional sí es real. El ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, daba por sentado, en una entrevista a la emisora France Inter, que Estados Unidos no invadirá Groenlandia. Ahora bien, añadía, "si la pregunta es si hemos entrado en una época en la que vuelve la ley del más fuerte, la respuesta es que sí".

Las tres mayores democracias del mundo estarán ahora gobernadas por personajes autoritarios e intolerantes –el nacionalista hindú Narendra Modi en India, Donald Trump en Estados Unidos y el millonario Prabowo Subianto, antiguo comandante de las fuerzas especiales acusado de violaciones de los derechos humanos, en Indonesia–. El desprecio a las normas y valores liberales gana adeptos. El mundo es hoy más desordenado, más complejo y peligroso que en el primer mandato de Trump. Por eso las palabras del nuevo presidente estadounidense acaban siendo algo más que estrategia y gesticulación política, y alimentan a un expansionismo geográfico cada vez más extendido.

Desde su concepción del mundo y de las relaciones internacionales, Trump penaliza la debilidad. Su objetivo es siempre cooptar la agenda. Ocupar todo el espacio comunicativo e imponer los términos del debate. Su éxito radica en la capacidad de obligar al resto de actores a reubicarse y aceptar el cambio de reglas en su relación con Estados Unidos. Y todo esto ya lo ha logrado antes de tomar posesión. Lo saben bien los europeos que estos días han tenido que rescatar del olvido la cláusula del Tratado de la UE que recoge la defensa mutua y que obligaría a los otros 26 estados miembros a prestar asistencia, incluida la militar, al socio comunitario que pueda ser atacado. Groenlandia no forma parte de la Unión Europea, pero sí es el territorio de uno de sus estados miembros y, por lo tanto, los tratados obligarían a acudir en ayuda de Dinamarca.

La UE se aferra a sus normas ante la amenaza de quien menosprecia los compromisos adquiridos y las instituciones internacionales.

El Trump que vuelve a la Casa Blanca el 20 de enero no es el de hace ocho años. La transaccionalidad se acompaña de agresividad retórica. El propio Donald Trump que prometía imponer la paz en campaña electoral ha devuelto a Estados Unidos a su viejo rol de potencia imperialista, decidido a imponer su voluntad por la fuerza del dólar o por la fuerza de las armas si fuera necesario.

De momento todo es palabrería. Lo que busca es aumentar la presión, sea para conseguir mayor presencia militar o económica en Groenlandia o condiciones más favorables en el canal de Panamá. La grandeza de la América trumpista, por el momento, se construye desde el intervencionismo unilateral y la ley del más fuerte.

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