La incontinencia de Trump
1. El segundo mandato de Trump ha desbordado por completo las expectativas. Desde el primer momento ha gobernado desde un autoritarismo sin límite, de aquél que se sitúa por encima de la legalidad y de los demás poderes del estado o de las instituciones internacionales. Mujer por entendido que todo le está permitido, en una actitud nihilista que comparte con los superpoderes económicos americanos que le apoyaron, aunque éstos, con alguna excepción como la de Elon Musk, la practican con mayor eficacia, es decir, con mayor discreción.
Como si de su inconsciente brotase el resentimiento por no haber capitalizado el asalto al Congreso cuando perdió las elecciones tras su primer mandato, esta vez ha optado por el desafío permanente, por poner en evidencia que es él y sólo él quien decide en este mundo hasta dónde se puede llegar. Ya desde la reelección frenó cualquier intento parlamentario o judicial de complicarle la vida, como es propio de quienes creen estar por encima de las leyes y de las normas nacionales e internacionales. A cada paso suyo desaparece una barrera. Y no ha tenido ningún inconveniente en trasladar el abuso de poder a la escena mundial. Su melena dorada va de un lado para otro imponiendo su caprichosa voluntad. Y erigiéndose en intérprete de lo que está permitido y de lo que no lo está.
2. No es la primera vez que un presidente americano tira por el derecho para imponer su ley. La Guerra Fría, por ejemplo, tuvo bastantes guerras calientes. La de Vietnam fue una de las más icónicas. Pero la singularidad del momento es el ego salido de madre de un Donald Trump que se sitúa por encima de la propia república, del marco institucional a través del cual llegó al poder, ya sea a la hora de su elección como a la hora de la acción. Ni la justicia americana ni el Senado y el Congreso tienen nada que decir: lo que él hace y deshace es incontestable. Y esto tiene curiosos efectos ideológicos, que empiezan a alterar unas derechas que lamentablemente le han reído demasiado a menudo las gracietas y que aparecen ahora paralizadas, sin atreverse a no plantar cara sino simplemente criticar sus delirios y concertar respuestas políticas para salvar la cultura y las instituciones democráticas. Les ha costado entender al personaje –que no es fácil, es necesario decirlo– y ver que él es él, y que sus parámetros tienen poca relación con la lógica política convencional. De hecho, es una encarnación de la mentalidad totalitaria.
La ruptura de la legalidad internacional, con la intervención militar directa para secuestrar al presidente de la república de Venezuela, singular y aparatosa operación ideal para la era de las redes, forma parte de la lógica imperialista. Pero lo que ha desconcertado a las derechas tradicionales –incómodas con el personaje, porque indirectamente las desprestigia, en la medida en que se le miran y no le tocan– ha sido el pacto con los chavistas, en lugar de favorecer el ascenso de las derechas venezolanas al poder. Creían que era uno de los suyos y ahora descubren que es de sí mismo. Y que no tiene ningún problema en blanquear el chavismo si lo obedece. Da igual la derecha como la izquierda venezolanas, él se apunta al primero que se adapta. Y María Corina Machado va por el mundo como un alma en pena incapaz de entender que para Trump ella no es nadie. Es más práctico jugar por el momento con Delcy Rodríguez –ya habrá oportunidad de darle el empuje cuando sea necesario– que promover un cambio que podría ocasionar un considerable revuelo. Semejante perplejidad viven ahora las derechas europeas, a las que, sorprendidas por el desafío en Groenlandia, les cuesta contribuir a generar la reacción que debería tener Europa si todavía existiera como referencia democrática. Incluso algunos de ellos ya dan la claudicación como garantizada.
3. Trump vive a caballo de su ego –que será patético si necesita tanta barbaridad para sentirse satisfecho– y, consciente o inconscientemente, juega con su edad, que hace que no tenga que preocuparse del futuro. Y le permitirá despedirse con esta fulgurante exhibición, sabiendo que lo normal es que no haya tiempo para purgarle. Todo ello un gran espectáculo de las miserias de la condición humana que debería hacernos reflexionar a todos. ¿En qué momento estamos, cuando la primera potencia mundial es capaz de ponerse en manos de un personaje tan siniestro que solo se ve a sí mismo –solo hay que ver cómo habla cuando las cámaras lo enfocan–? Que esto esté ocurriendo justifica la ansiedad de un momento en el que todo el mundo se pregunta dónde iremos a parar con ansiosa perplejidad.