Dos agentes de los Mossos d’Esquadra se infiltraron en una asamblea de profesores para espiar cómo se preparaban para las futuras huelgas que habrá en el sector. El dicho aquel que dice que duras menos que un chupa-chups en la puerta de un colegio se tendrá que cambiar por “duras menos que un mosso en una asamblea de maestros”. Las descubrieron enseguida.
En fin, sabemos que hay policías que se infiltran en grupos de izquierdas y se dejan rastas y se tatúan letras de los Tyets en las muñecas. Los que se infiltran en grupos nazis se tatúan esvásticas (tuerzas, por mor de la verosimilitud) y se rapan las nucas. Pero infiltrarse en una asamblea de maestros es mucho más complicado.
No puede volver a pasar. Propongo que los agentes de Mossos hagan un posgrado para futuras infiltraciones exitosas. Así, para infiltrarse en las asambleas de escritores lo que es verosímil es equivocarse de hora y de lugar, hablar todo el rato de Pere Gimferrer, quejarse de la salud del catalán y explicar la propia vida sexual. Para las de payeses, deberán actuar en todo momento como personajes de Terra baixa. Irán diciendo vatua todo el rato y se llevarán a la boca ramitas de toda clase y se quejarán de la salud del catalán. Para las de maestros harán cara de agotados, llevarán manchas de tinta en los bolsillos, se quejarán de la salud del catalán y usarán todos los pronombres. Entiendo muy bien que es más arriesgado que te pillen si eres Gay Talese y te has infiltrado en la mafia, pero encuentro que los maestros se lo han tomado demasiado bien. Yo, a las dos mossas en cuestión, las habría llevado de la oreja (sé que es incorrecto) a un aula cualquiera y las habría conminado a pedirle a Pol Martell (un niño genérico) que haga el jodido favor de sentarse.