¿A quién le importa Barcelona?
Hablar de tu ciudad es peligroso porque puedes quedarte atrapado en la nostalgia inútil de un tiempo que ya no volverá. Una nostalgia tan humana como injusta, porque la memoria es selectiva. Sin ir más lejos, Barcelona es más verde, el metro y el autobús son infinitamente mejores y las calles de mi infancia, en Gràcia, gozan más hoy que años atrás. O los del Eixample, mucho menos contaminados pero a veces más sucios porque vivimos en el consumo perpetuo y, por tanto, en la superproducción de basura.
Y, al mismo tiempo, en estas calles siento que se habla inglés y se ofrecebrunchporque ha desaparecido la comunidad en la que nos podíamos identificar. La nueva comunidad que la sustituye no está formada por la segunda o tercera generación de los que eran nuestros vecinos porque no pueden permitirse los alquileres o las hipotecas que los piden, ni por las propias tiendas ni por los mismos pisos.
La desaparición del comercio local es causa y consecuencia del desarraigo, y ahora abundan las franquicias o los negocios pensados para el turismo, que sí pueden pagar los alquileres astronómicos, y donde te atienden con tanta desgana que parecen trabajar para Amazon. Los mercados municipales, que hervían como epicentro de la vida de cada día, van cerrando paradas por mayor calidad de producto y horarios de tarde que ofrezcan. Los súper de esquina, abiertos toda la noche, anunciados con luces deslumbrantes y rótulos de batacazo impropios de la ciudad que presumió de diseño, parecen el símbolo de la dimisión municipal. Muchas de estas pegas son extensibles a las grandes ciudades, pero el mal de muchos no puede ser consuelo alguno. Barcelona ha expulsado a miles de barceloneses y éste es su gran fracaso. Y ahora, ¿a quién le importa lo que le ocurra a Barcelona, si no es con fines puramente extractivos?