Al ver las imágenes de los destrozos que la última borrasca ha provocado en el paseo marítimo de Badalona, un amigo me escribió: "Sílvia, ¿por dónde caminarás ahora?" Le respondí que tengo un gran disgusto porque, efectivamente, el tramo que ha quedado totalmente impracticable es por donde una amiga y yo solemos andar cada mañana, entre Badalona y Montgat. Sin embargo, como le comenté a mi amigo, ahora hacía días que no lo hacíamos, porque durante las vacaciones de Navidad me hice un esguince en el tobillo que todavía me da la coz. Aproveché para contarle cómo me lo había hecho, porque sabía que le gustaría.
Una noche que no podía dormir me quedé sentada en un sillón mirando a la tablet Love actually, una cita navideña que procuro no saltarme. Es una comedia que te mantiene la sonrisa en la cara todo el rato y que te hace soñar que la vida, el mundo, la humanidad, podrían ser de otra forma. Estaba tan embobada que se ve que se me durmió la pierna izquierda y, al terminar la peli, me puse de pie y el tobillo me falló. En lugar de Hugh Grant vino a rescatarme a mi hijo, que oyó un golpe y me encontró sentada en el suelo del comedor.
El amigo que me había escrito me propuso que hiciera un artículo explicando la anécdota, pero cuando me he puesto a pensar, he pensado que en realidad lo que quería explicar es que, más que el paseo, lo que he echado de menos estos días es la larga conversación diaria con la mía. Una hora y cuarto para poder charlar es una gran forma de empezar el día.
Me hizo pensar la información sobre Les Mujeres (S)abuelas, esta agrupación de Llagostera que reúne cada semana a vecinas del pueblo de entre sesenta y cinco y noventa y cinco años para hablar de su vida, compartir recuerdos y —¡muy importante!— grabarlos para que no se pierdan.
Con esta iniciativa municipal se consigue preservar la memoria común, a la vez que las participantes ejercitan la suya propia. Y, por supuesto, es una forma —divertida y gratificante— de luchar contra la soledad. Para las mujeres de todas las edades, charlar con otras mujeres siempre ha sido una fuente de placer, diversión y consuelo.
Espero que sean muchos los ayuntamientos que imiten la propuesta de Llagostera. Con la memoria de las mujeres mayores del país podremos coser una buena colcha de recuerdos que nos permitirá conocer muy bien nuestra pequeña historia colectiva, la que no sale en los periódicos, la que pasa en las cocinas de las casas y en las paradas de plaza, en los bailes de fiesta mayor y en las bibliotecas, en las puertas de las escuelas y en las panaderías.
Así que este año que ha empezado con grandes estruendos, a pesar del desastre de Cercanías y de Trump y de las inclemencias del cambio climático, volveré —cuando el esguince me lo permita— a la vieja costumbre de andar y charlar. Hasta que no arreglen el tramo de fachada marítima que ha quedado despedazado, buscaremos un camino alternativo e iremos haciendo, tratando de protegernos de la soledad y de las levaduras.