Madres totales
Cuando mis hijos eran pequeños y los llevaba a jugar al parque siempre me sorprendía encontrarme con la misma escena: madres que se metían dentro del arenero con sus vástagos, ocupando un espacio enorme de lo poco que tenían las criaturas para esparcirse en medio de la ciudad; madres que subían hasta el comienzo de los toboganes, que se tiraban para acompañar a ese proyecto de persona que ahora debe tener graves problemas para gestionar las frustraciones normales de la vida. Tantas teorías sobre crianza, tanta información y tantos esfuerzos por hacer lo que no habríamos tenido que hacer los padres del presente: robarles a nuestros hijos la capacidad de hacerse robustos enfrentándose gradualmente a las dificultades, privándoles sistemáticamente de la sensación de poder que da el hecho de resolver por uno mismo los problemas.
Ocurren cosas extraordinarias cuando los niños se quedan solos. Y mejores que malas, aunque siempre existe la posibilidad de verse expuestos a algunos peligros, claro. Recuerdo paseos solitarios por las calles cercanas a casa, con esa sensación de misterio que da explorar lo que no conoces, aunque fuera el puente de piedra, aunque hubiera jeringuillas tiradas aquí y allá, aunque te encontraras con un anciano que se bajaba la cremallera del pantalón para enseñarte la triste y flaco da miedo pasar por calles oscuras en tardes oscuras de invierno o tuvieras que huir corriendo después de encararte sola con un grupo que te quería vapulear. Cuando en las familias había tres, cuatro, cinco hijos era imposible alcanzar el nivel de exigencia que nos hemos puesto los padres del presente (y especialmente las madres). ¿Qué ama de casa te esperaba siempre con las magdalenas recién hechas? ¿Cuál se dedicaba a confeccionar los disfraces (y no sólo por Carnaval, también por Halloween)? Ya no basta con reproducirte y acompañar a la criatura los primeros tiempos para que vaya cogiendo autonomía, ahora para ser una buena madre se lo tienes que hacer todo, tienes que ocuparte de todo, debes estar en todo y serlo todo para ellos. Qué miedo, cómo queremos que no nos odien cuando crezcan y se den cuenta de que les hemos robado la capacidad de desarrollar sus propias aptitudes. Tengo grabadas en la retina imágenes que podrían considerarse traumáticas: madres llevando las bolsas de los niños como camálicos al servicio de los pequeños emperadores, madres persiguiendo criaturas por la calle con un táper de fruta cortada porque si no come para merendar no habrá tomado las raciones que marca la pirámide de la alimentación equilibrada, mar pasear. Y claro, después nos quejamos de lo difícil que es conciliar vida laboral y vida familiar. ¿Y nos extraña? Esta forma de ser madres es incompatible con la vida misma, ya no digamos con el trabajo. Eso sí, después el niño nos pide un móvil que tiene más capacidad que el nuestro y se lo damos sin dudar porque "son nativos digitales" y no podemos aislarlos y no podemos ir en contra de los tiempos y etc. Los protegemos hasta extremos patológicos de los peligros del mundo físico, pero los dejamos solos en sus habitaciones encerrados con el mundo entero. Desconfiamos de las personas reales con las que nos encontramos en los pocos espacios comunes que todavía existen (la escuela, la escalera, el barrio) pero les dejamos interactuar con desconocidos anónimos que no sabemos ni dónde están ni quiénes son. Diría que esta dejadez de las funciones parentales en todo lo que hace referencia al mundo digital es una consecuencia natural del ejercicio agotador de la maternidad intensiva que hemos ejercido desde pequeños. Diría que es hora de dejar que los niños sean niños y tengan sus espacios y horas vacías libres de la injerencia constante de los adultos que hemos colonizado sus infancias.