Malos augurios: ¿regresaremos a los años treinta?
El año que comienza hace temblar. Precisamente en los últimos días del año 2025 han estado llenos de deseos de un buen año nuevo y queremos creerlos más que nunca, pero el análisis frío de la realidad es decididamente pesimista. Más vale prepararnos ante ese escenario que ignorarlo. El año pasado, por estas mismas fechas, temíamos la llegada del nuevo presidente de Estados Unidos. Después de un año, los peores presentimientos se han verificado. Hemos entrado en un nuevo mundo donde las tres grandes potencias mundiales están dirigidas por autócratas o por un aprendiz entusiasta de autócrata. El poder "blando" de la Unión Europea ha resultado ser más blando que la mantequilla tibia, mientras que el de EEUU se ha convertido en duro como el armamento pesado. Las tres potencias frisan para disolver la Unión Europea y poder tratar con cada estado y obtener las mejores condiciones de esta área de prosperidad: la reducción de los niveles de vida de sus ciudadanos promete ser un negocio inmenso para sus empresas y para su poder. Hemos entrado en una verdadera distopía.
A pesar de la tentación de entender el futuro con la mejor ciencia ficción escrita hasta ahora, la historia ya nos da lecciones bastante importantes. Por mucho que queramos ignorarlo, estamos entrando en una situación que repite la de los años treinta del siglo XX. La eclosión de los fascismos y la posibilidad de que democracias consolidadas deriven hacia autocracias fueron una realidad de los años treinta, y están cogiendo forma frente a nosotros. Ahora, como hace cerca de un siglo, el mundo –y muy especialmente Europa– vive una situación muy complicada, en la que las recetas para solucionar los enormes desafíos no pueden ser simples ni del agrado de todos. Los fascismos y autoritarismos dieron respuestas sencillas y contundentes a problemas complejos, y crearon nuevos que nadie osaba ni predecir. Nos acercamos a esa misma situación.
Hay amplios sectores de las sociedades europeas que están muy descontentos. Sus niveles de bienestar no suben sino que descienden o, simplemente, se sienten abandonados, hecho bastante inevitable por la concentración de la actividad económica, política y social, en las capitales y en las grandes ciudades. El pastel económico a repartir, una vez pasadas las compensaciones excepcionales por los cierres ocasionados por la pandemia de la Covid-19, se encoge. La guerra de Ucrania ha empobrecido a una parte importante de la UE, muy especialmente en Alemania. La presidencia Trump ha dado carta blanca a las grandes plataformas y empresas tecnológicas de EE.UU., trinchando todos los principios de competencia que se espera que se hagan cumplir en una economía de mercado, y apunta a destruir la política europea de defensa de la competencia. Estamos pasando a un capitalismo salvaje, que es lo mismo que ahora existe en China y en Rusia.
Los peligros que puede sentir la ciudadanía europea son auténticos, pero el miedo a perder el bienestar alcanzado o el bienestar prometido elimina cualquier voluntad de resistencia. Cada uno espera salirse como pueda. Peor aún, muchos esperan soluciones mágicas. Y aquí volvemos a entrar en los peligros de los años treinta del siglo pasado, que actualmente se visualizan en EE.UU. ante la perplejidad de todos. O sea, Estados Unidos de ahora podría ser la Alemania de los años treinta del siglo pasado. La ambición de controlar plenamente su espacio vital (el Lebensraum) lo dice todo al respecto. La definición deenemigos internos es otra similitud que pone los pelos de punta. El desacomplejo en la ambición de enriquecimiento personal de los dirigentes nos choca por su chulería, pero no vemos que haya una reacción interna suficientemente fuerte que ponga freno.
Europa adentro, el fenómeno dominante es la eclosión de fuerzas de extrema derecha que crecen rápidamente con objetivos que movilizan segmentos importantes del electorado sin que los partidos que potencialmente pueden perder a sus votantes reaccionen. Tampoco se modifican las políticas para tratar de desactivar los problemas más movilizadores. La mezcla de los conflictos de la inmigración y la vivienda es un cóctel explosivo que invita a soluciones radicales –a modo de Trump–, aunque sean contraproducentes. Aparece un segmento del electorado que se asusta ante tantas amenazas –las americanas y las internas europeas– y que puede añadirse a quienes exigen cambios radicales que les protejan. Quienes quieren expulsar a los inmigrantes pobres porque ven amenazadas sus garantías de bienestar son un segmento importante del electorado, que está abandonando los partidos de izquierda tradicionales. Quienes ven amenazados sus derechos de pequeña propiedad pueden unirse a los anteriores, motivados por la falta de sensibilidades políticas gobernantes que los protejan. Teniendo en cuenta que ya existen fuerzas políticas que juegan esta doble carta, y que sus expectativas electorales no paran de inflarse, convendría que las fuerzas gobernantes prestaran más atención a lo que puede convertirse en un cóctel explosivo.