28/02/2022

Un 'mix' entre Stalin y Hitler

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Un manifestante sostiene un cartel en qué Putin aparece caracterizado como Adolf Hitler a las protestas en solidaridad con el pueblo ucraniano de jueves 24 de febrero en Bucarest.

En marzo de 1918, con los ejércitos austro-alemanes a cien kilómetros del Volga y a quinientos de Moscú, Lenin tuvo que elegir: o salvaba el recién nacido régimen bolchevique, o preservaba el legado territorial de los zares. Priorizó la frágil república soviética y ordenó firmar el tratado de Brest-Litovsk. El estado ruso perdía el 34% de sus habitantes, el 32% de la tierra cultivable, el 54% de la industria y casi todas sus posesiones europeas, de Finlandia a Besarabia (la actual Moldavia).

Ocho meses después, el desenlace de la Gran Guerra, y más adelante la victoria bolchevique en la guerra civil, permitieron revertir en parte la catástrofe de Brest-Litovsk. Solo en parte: con la independencia de los cuatro países bálticos y de Polonia, con la consolidación de la Gran Rumania, la frontera occidental de Rusia había retrocedido entre 300 y 800 kilómetros respecto a 1914.

A finales de la década de 1930, Stalin creyó que había llegado el momento de borrar aquel agravio, y lo hizo sin reparos ni escrúpulos ideológicos: pactó con Hitler repartirse Polonia y reocupar Estonia, Letonia y Lituania, declaró la guerra a Finlandia (con un éxito limitado), forzó a Rumanía a “devolverle” Besarabia y Bucovina. Naturalmente, aquellas ganancias fueron barridas por la salvaje invasión hitleriana de junio de 1941, pero, una vez derrotada esta en 1945, Stalin obtuvo una situación que no habría soñado ni el más visionario de sus predecesores imperiales: no solo las fronteras ruso-soviéticas llegaban hasta más allá de Königsberg (la ciudad de Kant) sino que, al oeste de aquella línea, se creaba un amplio cinturón, un glacis defensivo de estados satélites -desde la RDA hasta Bulgaria- que dejaba la OTAN (cuando se creó, en 1949) a 1.400 kilómetros de los confines más occidentales de la URSS.

Este confort geoestratégico se acabó en 1989-1991 de la peor manera: de repente, y con la pérdida no solo del cinturón exterior, sino también de las repúblicas soviéticas federadas que habían protegido a la Rusia estricta de la proximidad de Occidente: las tres bálticas, Moldavia, Bielorrusia y, sobre todo, Ucrania. Visto desde Moscú, era un descalabro solo comparable a Brest-Litovsk. Para la Rusia neozarista de Putin esa derrota incruenta, la humillación de ver la OTAN a cero kilómetros de su territorio, clamaba venganza y reparación. Y ningún contrapeso democrático interno ha podido frenarla.

Si la lógica de la actual invasión de Ucrania es, pues, la misma que impulsó la política exterior de Stalin en 1939-40 y a partir de 1945, los métodos, procedimientos de Putin parecen inspirarse tanto en el dictador georgiano como en el otro gran exponente del totalitarismo del siglo XX: Hitler. Pensemos por ejemplo en la crisis de los Sudetes de 1938. Para destruir el estado checoslovaco, los nazis se inventaron una supuesta persecución del gobierno de Praga contra la minoría alemana de Chequia; no hablaron, como Putin sobre el Donbás, de “genocidio” porque la palabra todavía no existía, pero invocaron una violencia imaginaria para justificar la ocupación militar del territorio y su posterior anexión al Tercer Reich. Lo de Donetsk y Lugansk no es más que un remake.

El otro pretexto de Putin para desatar la guerra -que en Kiev gobiernan "fascistas" y que hay que "desnazificar" Ucrania- es más de matriz estalinista. Para Stalin, todos los adversarios internos o externos de su poder absoluto y del movimiento comunista que él lideraba eran fascistas, terroristas, agentes o espías de potencias extranjeras hostiles. ¡Si incluso los socialdemócratas alemanes hasta 1933 eran tildados de “socialfascistas”! ¡Si incluso Andreu Nin, una vez secuestrado y asesinado, fue calificado de agente nazi-franquista! El chequista Putin, formado en las academias del KGB, sabe bien cómo utilizar la mentira y la intoxicación desde mucho antes de que se inventaran las fake news.

Ante este panorama, les confesaré que uno de los fenómenos que más me indigna son los “pacifistas de Twitter”, y en especial aquellos que tienen el estómago de escribir que las responsabilidades están repartidas, que todo el mundo ha cometido errores y que, en la crisis actual, "nadie vea buenos ni malos". Hombre, ¡claro que todo el mundo ha cometido errores! También en 1939 las democracias occidentales habían errado mucho, y gravemente (en España, en Múnich, en todas las medidas de appeasement...). Ahora bien, ¿eso las ponía al mismo nivel que Hitler? En el desencadenamiento de una guerra, ¿tiene idéntica responsabilidad el agresor que el agredido? Contemplando a la población civil bombardeada y fugitiva, y los soldados rusos atacantes, ¿no podemos ver buenos y malos?

Resulta entre inverosímil y patético que el sectarismo ideológico pueda cegar hasta este punto a personas que, por profesión, deberían ser mínimamente ponderadas; que, movidas por un antiamericanismo y un antioccidentalismo de chilaba y kufiyya, lleguen a mostrarse comprensivos, o equidistantes, ante la agresión militar brutal ordenada por un déspota ensoberbecido y sanguinario.

El pasado viernes la CUP hizo un comunicado denunciando "las acciones militares que sufre el pueblo de Ucrania por parte de Rusia y la OTAN". ¿La OTAN ataca a los ucranianos? Se ve que la CUP también se apunta a la posverdad.

Joan B. Culla es historiador