Modelo productivo: de derechas para el capital, de izquierdas para el trabajo
El último ejemplar de la Revista Económica de Cataluña, dirigido por Antoni Garrido, se dedica a analizar sus primeros cuarenta años. El arranque de la REC se asocia al ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Todos los trabajos ofrecen visiones retrospectivas importantes.
La economía catalana se ha expandido mucho en producto interior bruto real, pero en términos per cápita la trayectoria es decepcionante. Desde 1975 hasta 1985 la economía catalana, como la española, vivió una década de crisis. El PIB no crecía y el PIB per cápita tampoco. Lo que creció, y mucho, fue el paro, hasta el punto de que la productividad por trabajador ocupado y por hora de trabajo también crecieron. La cobertura del paro fue la primera gran medida social de los primeros gobiernos democráticos, y se convirtió rápidamente en uno de los gastos públicos más importantes, reduciendo el impacto negativo del paro mediante un fuerte endeudamiento público.
Afortunadamente, el anuncio del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea relanzó las expectativas de crecimiento. España no podía recibir subvenciones comunitarias (agrícolas) hasta pasados los siete primeros años, pero recibió una ola extraordinaria de inversión extranjera que compró a precios de saldo muchas de las empresas españolas que no conseguían salir de la crisis o que solo podían hacerlo conquistando el mercado europeo. Las empresas locales debían asumir las cuantiosas inversiones indispensables en producción, gestión y comercialización, pero no disponían de suficiente músculo financiero para hacerlo. Estos años (1986-1992) fueron la última gran ola de inversión en capital productivo vivida en Cataluña. Entre la crisis postolímpica y el ingreso al euro (1-1-1999) se observa que las ganancias se debieron al impacto expansivo de la caída sostenida de los tipos de interés, que fue el prólogo de la burbuja inmobiliaria.
La siguiente oleada de inversión –la derivada de la entrada al euro y la política simultánea del Banco Central Europeo de tipos de interés bajos– fue la que alimentó el boom inmobiliario, que permitió hacer mucha construcción nueva, pero llevó a una burbuja financieramente insostenible. Cuando estalló, sus efectos fueron devastadores y liquidó el grueso del tejido financiero catalán, especialmente las cajas, y llevó el paro a máximos históricos. Las nuevas regulaciones endurecieron durante muchos años (hasta la actualidad y probablemente bastante más allá) el acceso al crédito hipotecario. La inversión inmobiliaria masiva fue el gran atractivo para la inmigración, hasta el punto de que el PIB real per cápita creció muy poco, y la productividad, nada.
La crisis financiera y de la deuda soberana detuvo los progresos económicos, aunque merced a la masiva destrucción de empleo dio la ilusión estadística de un incremento de productividad del trabajo (menos ocupados hacían casi el mismo trabajo que antes). La salida de la crisis fue lenta y cuando parecía que se había completado, la pandemia volvió a ser un golpe muy duro para la economía catalana, como para todas las economías turísticas. La reanudación catalana pospandemia, que parece intensa, no es más que una recuperación de los niveles de PIB real per cápita y de productividad del trabajo prepandemia. De hecho, el ciclo de la burbuja inmobiliaria y su crisis posterior, y el de la pandemia, han tenido sendas recuperaciones lentas. La economía catalana no ha progresado, en términos de prosperidad per cápita, desde inicios de siglo. Visto en perspectiva podemos afirmar que desde que se completó la primera integración en la CEE, no ha habido un verdadero motor de crecimiento que se haya traducido en incrementos sostenidos de la prosperidad real per cápita. La inversión productiva ha crecido demasiado poco. La remuneración del trabajo no ha crecido nada. Nos encontramos en una situación en la que disponemos de poco capital –va envejeciendo y no se renueva ni se amplía–, tanto público como privado, y la remuneración del trabajo se ha hundido tras una sucesión de reformas laborales que han ido empeorando las condiciones para los nuevos entrantes (jóvenes nacionales o inmigrantes).
¿Qué hay que hacer para salir del atolladero del estancamiento de la productividad? A mi entender, hay que combinar –simultáneamente, y esto es muy importante– políticas que animen la inversión de capital y políticas que encarezcan el trabajo. Dicho en otras palabras, políticas de derechas para el capital –que lo atraigan y que lo animen a invertir– y políticas de izquierdas para el trabajo –que garanticen remuneraciones más altas–. O sea, lo contrario de lo que se ha hecho en los últimos más de veinte años, en los que han dominado las políticas de izquierdas para el capital, que lo han espantado, y las de derechas para el trabajo, que lo han devaluado. Esto pide, obviamente, un gran pacto de país, que desborda el marco de las competencias del autogobierno catalán y exige consenso a escala estatal.