El alcalde García Albiol, que yo diría que tiene árbol de Navidad para lustros, ha publicado la foto de un poca-pena “escoria humana”, ha dicho él, presuntamente esposado, que había dado un tirón al bolso de una abuela. El alcalde decía: "Si fuera por mí, lo devolvía nadando a Marruecos. Lamentablemente, gracias al Gobierno actual, mañana volverá a estar en la calle", que es una sutilísima manera de remarcar su origen. "Hay que ser muy canalla para atracar a una mujer octogenaria. Hoy no le ha salido bien", decía también.
Viendo los ojos del individuo y su aspecto desgarbado ya podemos concluir que no se le puede dejar nadando ni en una piscina de bolas. El ser que García Albiol se ha apresurado a enseñar en las redes sociales parece tener problemas graves de adicción. No es “un marroquí”, no es “un badalonés”, no es “un catalán”. Es un adicto.
Nos encontramos en un momento vital en que muchas cosas de los años ochenta, que pensábamos que habíamos perdido de vista para siempre, vuelven. Y no hemos aprendido nada. En aquellos años, algunos de los chicos de nuestra clase, los más desgraciados, se hicieron adictos a la heroína. Ellas se prostituyeron para pincharse allí, en el mismo colchón del coito. Ellos robaron lo que pudieron. Algunos se murieron de sobredosis. De mi clase, uno. Estamos allí, de nuevo.
Remarcar que este ser es marroquí no tiene ningún sentido, porque no lo tendría si se remarcase que no lo es. Algunos de los jóvenes bien educados que aplaudirán este tuit no tocarán nunca la heroína, pero sí que han tocado, ya, otras drogas, las “guays”, las que parecen fáciles de controlar, las que parecen “recreativas”, las de estatus social. En los ochenta estaba la droga de los que tocaban la guitarra y la droga de los managers. No hay que olvidar, tampoco, a aquellos managers inflados, incapaces de centrarse en nada, siempre histéricos, y encadenando una bebida isotónica tras otra.