"No somos una historia, no somos titulares, somos personas"

El crucero Hondius en la costa de Cabo Verde
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Escritor
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La frase del título la dice uno de los pasajeros del crucero MV Hondius, el del hantavirus, en un vídeo que se ha convertido, precisamente, en una de las historias más vistas en las redes sociales esta semana. El pasajero se llama Jake Rosmarin y hace una llamada a quien sea que vea su vídeo para no ser olvidados. Llora, mientras lo dice, y se ve que tiene miedo, un miedo objetivo y justificado porque está dentro de un barco donde ya han muerto tres personas. Pero después hay otro miedo que también le hace llorar: el de no poder contar con el apoyo ni con la empatía de los demás, de nosotros que vemos su vídeo. De convertirse, como él dice, en una historia, que en el lenguaje de las redes sociales es un vídeo o una imagen que circula durante un tiempo efímero y después, simplemente, desaparece.Jake Rosmarin expresa este miedo desde el otro lado del espejo negro de la pantalla. Él también es usuario de las redes, como todo el mundo, y él también seguramente ha visto vídeos similares a los que él mismo ha grabado: personas que sufrían, que se encontraban en situaciones terribles, desesperadas. Seguramente Jake Rosmarin había mirado estos vídeos con indiferencia o con un breve escalofrío (de compasión, de rabia, de asco: esto ya depende de la emoción concreta que cada vídeo busque excitar), y después no había pensado más. No es, ni de lejos, ningún reproche a Jake Rosmarin: es como nos comportamos más o menos todos como usuarios, o como consumidores, de las redes sociales. Lo que nos pide Jake Rosmarin, pasajero del crucero del hantavirus, es que no hagamos esto con él y con sus compañeros de infortunio. Que no nos detengamos brevemente ante sus lágrimas para después pasar a otro vídeo, quién sabe, de famosos en una alfombra roja, o de animales haciendo gracia, o de cuñados formulando teorías conspirativas.El precio de Jake Rosmarin llega, seguramente, tarde. Hace tiempo que estamos acostumbrados a contemplar personas sometidas a dolores extremos en las pantallas de nuestros móviles. Hace tiempo que nos hemos acostumbrado a ver gente que llora mientras cenamos delante de la televisión: víctimas de bombardeos, inmigrantes acribillados dentro de las pateras, ancianas desahuciadas por fondos buitre, cuerpos vejados o violados o reventados. El sensacionalismo, la banalidad, el algoritmo y el afán de hacer dinero fácil (vamos, eso que llamamos "tecnocapitalismo") se juntan para ayudarnos a convertirnos en espectadores –más pasivos, más abúlicos que nunca– de la desgracia de los demás. Personas que lo pasan mal como moscas atrapadas dentro de un cristal, que es el de la pantalla.El horror consiste en pasar de ser el espectador a ser la mosca. Jake Rosmarin se rebela, con motivo, ante este espanto, pero sus lágrimas previsiblemente tendrán el mismo recorrido que las de tantas y tantas personas que salen llorando cada día por las pantallas. Nos conmoveremos, eso sí, si de aquí a un tiempo se estrena una película, o una serie, narrando la peripecia del crucero del hantavirus, con el correspondiente reclamo “Basado en hechos reales”.

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