28/02/2022

No puede ser

4 min
Un edificio con daños después del ataque de las tropas rusas  a Kàrhiv, Ucrania.

Cuando al despertarme el jueves oí que el ejército ruso había bombardeado Járkov, se me puso el mismo dolor de cabeza que el 20 de agosto del 91 al saber del secuestro de Gorbachov. Es curioso esto de la somatización.

Ya no pude salir de esa ciudad ucraniana que tan bien conocía. Me vi buscando colas a las que unirme con la esperanza de conseguir algo útil para sobrevivir, me vi recorriendo el metro para identificar la estación más profunda en la que refugiarme en caso de bombardeo...

Solo unas horas antes, por ser 23 de febrero, Día de los Defensores de la Patria, aquel en el que las mujeres agasajábamos a nuestros compañeros como ellos hacían con nosotras el 8 de marzo, había brindado por mis amigos varones ucranianos y rusos. Y ahora los imagino matándose en una guerra fratricida (invasión rusa y defensa ucraniana, para ser exactos).

Hace 30 años, tras la caída de la URSS, por el presentimiento de un conflicto bélico, me mudé de Járkov a Moscú para estar cerca de un aeropuerto internacional si el conflicto estallaba. Ni en la más dramática de mis anticipaciones llegué a suponer nada semejante a lo que está sucediendo estos días. Un amigo ruso, desde Moscú, coincidía el viernes: "no hubiera creído que esto pudiera suceder ni en la peor de las pesadillas".

Desde que la amenaza de ataque tomó cuerpo con las maniobras militares rusas en la frontera, mantengo contacto permanente con Járkov. "No pasa nada. Parece que los políticos se divierten de esa manera, mostrando su fuerza y ganando puntos. Por aquí seguimos con aumento de los precios y de casos de covid y mal tiempo, sin cambios", me decían. Aquí también estábamos en el pico de la sexta ola.

El miércoles 23, no esperé a terminar de comer para preguntar si era cierto lo que veía en pantalla, evacuaban gente de Kiev. "Dijeron que los rusos retiran a su embajador y que en Kiev van a imponer el estado de emergencia. En Járkov todo sigue igual."

El jueves, a primera hora de la mañana, no podía creer las informaciones: ¡los rusos bombardeando Járkov! "Sí, atacaron a las 4 y media de la madrugada la base militar y, tal vez, el aeropuerto. En todas partes, mucha cola." Y ese "mucha cola" me reconfortó. Como siempre, pensé. La gente no se lanza a coger las armas que le ofrecen, sale a abastecerse de lo que necesita para sobrevivir.

Al avanzar el día, el cerco se estrechaba. "Tras el bombardeo, la infantería. Pero los ucranianos los puede detener (así dicen)." Y de nuevo dos palabras me tranquilizaron, "así dicen", que era tanto como decir ni lo creo ni lo dejo de creer, me da igual lo que digan, sigo a lo mío. Así había sido incluso cuando Gorbachov firmó la disolución de la URSS. ¡La disolución de la URSS! O cuando Yeltsin bombardeó el Parlamento ruso. Allí seguimos trabajando y buscándonos la vida como si nada estuviera pasando.

A mis “cómo ayudaros” respondió el viernes un amigo: "¿Puedo enviarte mis ahorros, mil euros, para que me los guardes por si se desploman los bancos?" ¡Mil euros! Se me saltaron las lágrimas, me retrotrajo al momento en que, siendo médico residente en Járkov, leí de puño y letra de una cirujana a punto de jubilación su justificación de por qué tenía cuatro sueldos en billetes de 50 y 100 rublos. Ocurrió al día siguiente de que el noticiero vespertino del 23 de enero de 1991 anunciara que, a medianoche, esos billetes perdían su valor. En los trabajos cambiaban el equivalente a dos sueldos, si alguien tenía una cantidad superior debía explicarlo en un libro a la vista de todos. Por otro lado, mucha gente, aprovechando los 11 husos horarios del país, hizo envíos que la oficina de correos se vio obligada a entregar en moneda de curso legal. Algo así estuvimos tramando el viernes.

En 2018, coincidí a las puertas del Kremlin con veteranos de guerra uniformados que intercalaban vítores a Putin con cánticos soviéticos de exaltación patriótica. Era 4 de noviembre, Día de la Unidad Popular, que según Wikipedia, "conmemora el levantamiento popular que expulsó a las fuerzas de ocupación de la Mancomunidad de Polonia-Lituania en noviembre de 1612 (…). Alude a la idea de la unidad de la sociedad rusa que pudo proteger al Estado, incluso en la ausencia de un zar que pueda guiarla”. La sensación actual es que el zar está en su trono. Las tradicionales matrioskas repintadas y las estatuillas que lucen en los escaparates parecen establecer una línea sucesoria clara: Pedro I el Grande-Stalin-Putin. Que la fiesta esté tan próxima de la que antaño celebraba la Revolución de Octubre (el 7 de noviembre) ayuda a los nostálgicos a integrarse. Y el orgullo de sentirse de nuevo una potencia mundial alegra muchos corazones, pero ya no todos.

Revivo las manifestaciones contra la guerra frente a la invasión de Irak, y pienso que las únicas que podrían tener, tal vez, si acaso, algo de influencia para parar la invasión de Ucrania serían las que inundaran con riadas humanas toda Rusia, de San Petersburgo a Vladivostok. Pero gritar contra el gobierno puede acarrear gravísimas consecuencias; por eso, hasta que no sean multitudinarias, saldrán solo los muy valientes y los muy desesperados.

Vivan mis amigos en Moscú o en Járkov, sean rusos-rusos o rusos de origen ucraniano o ucranianos-ucranianos o ucranianos de raíces rusas, todas nuestras conversaciones terminan igual: "Por favor, que esto acabe pronto. Que no haya más víctimas. Que lo resuelvan hablando".

Me resulta comprensible que Rusia no quiera sentir el aliento de la OTAN en el cogote, pero invadir Ucrania y amenazar a otros países comportándose como un matón de quinta es inaceptable. Me resulta comprensible que Ucrania busque nuevos aliados en otras tierras de promisión, pero no puedo evitar pensar que, si Rusia fuera un castillo, Ucrania sería su foso. En cuanto al resto, la cuestión es si quienes agravian a unos sin ayudar a los otros entienden la complejidad de la situación y están dispuestos a actuar como corresponde para satisfacer el deseo mayoritario de vivir libres y en paz.

Sara Gutiérrez es autora de 'El último verano de la URSS' y de 'Rusia en la encrucijada', fue médico residente en Járkov y Moscú y colaboradora de prensa española en Moscú