De Ormuz al PLATERO: energía, industria y soberanía

Parque eólico y placas solares
26/04/2026
Exconsejera de Economía y Hacienda
3 min

Hay momentos en que el mundo se concentra en un punto del mapa, y el estrecho de Ormuz es uno. Por este paso circula cerca del 20% del petróleo mundial y el 20% del gas natural licuado. Cuando esta ruta tiembla, no solo sube el precio del petróleo: también se pone en riesgo la seguridad económica de países enteros.

Europa lo sabe bien: su dependencia energética se sitúa todavía alrededor del 57%. España es todavía más dependiente (68%) y Cataluña también (69%). Dicho de otra manera, una parte decisiva de nuestro bienestar depende de factores que no controlamos.

Y esto tiene un coste. En 2022, en plena crisis energética, España pagó cerca de 52.000 millones de euros por su déficit energético. En 2025, todavía se sitúa en el orden de los 30.000-40.000 millones. Cataluña, por su parte, destina cada año entre 10.000 y 15.000 millones a importar energía.

Son recursos que salen de la economía y no se quedan en el territorio. Esto implica menos capacidad de ahorro, menos inversión y, en última instancia, menos actividad económica y recursos fiscales para financiar servicios públicos como la sanidad o la educación.

A pesar de los avances en electricidad renovable, el sistema energético continúa fuertemente dependiente de los combustibles fósiles, especialmente en el transporte y la industria. Por ello, el reto es mayor de lo que a menudo se percibe. Hoy, en Cataluña, disponemos de poco más de 5.000 MW de potencia renovable instalada. La hoja de ruta energética del país, la PROENCAT, es muy clara: habrá que pasar de estos 5.000 MW actuales a unos 15.500 MW en el año 2030, y llegar a cerca de 62.000 MW en 2050. Es decir, en las próximas décadas habrá que multiplicar por más de diez la capacidad actual para reducir significativamente la dependencia energética exterior y avanzar hacia un sistema descarbonizado.

Estas magnitudes explican por qué el PLATER –el plan que ha de ordenar el despliegue de las renovables en Cataluña, gestado en la legislatura anterior– no es un detalle técnico, sino una pieza central de país. Porque, en el fondo, lo que está en juego es la transformación del modelo energético. Electrificar y generar energía de proximidad no es solo una opción ambiental, sino también una necesidad económica, hoy más viable que nunca: el coste de la solar ha caído cerca de un 90% desde 2010, y la mayor parte de la nueva capacidad renovable ya es más barata que las alternativas fósiles.

Pero el despliegue, por sí solo, no es suficiente. El gran reto es electrificar la demanda: transporte, industria y climatización. Es aquí donde todavía domina el petróleo. 

También hay que superar falsas dicotomías. Cataluña es un territorio denso y complejo, pero esto no es un argumento para no hacer nada, sino para hacerlo mejor. Hay que aprovechar tejados y espacios antropizados, e impulsar instalaciones pequeñas y medianas, bien integradas en el territorio.

Un dato lo ilustra: si cada uno de los 947 municipios destinase solo 2 hectáreas –una superficie reducida– a fotovoltaica se podría alcanzar una potencia agregada cercana a los 1.000 MW, equivalente a un reactor nuclear.

En el conjunto del sistema, la PROENCAT estima que el despliegue de renovables ocuparía solo alrededor del 2-3% del territorio. Esto muestra que, con un despliegue suficiente y bien distribuido, las nucleares pueden volverse progresivamente prescindibles y su cierre puede contribuir a reducir costes estructurales y riesgos asociados.

Pero hay un segundo elemento clave: sustituir la dependencia del petróleo por una nueva dependencia tecnológica sería un error. Hoy, China concentra más del 80% de la cadena de valor solar y domina la producción de baterías. Europa ha empezado a reaccionar con iniciativas como el Net-Zero Industry Act, que fija como objetivo producir internamente al menos el 40% de las tecnologías limpias en 2030. Es un paso en la buena dirección, pero insuficiente sin una política industrial decidida.

El futuro energético será, sin duda, más eléctrico, renovable y local. Pero también deberá ser industrial. Porque allí donde se fabrican las tecnologías es donde se genera valor.

De Ormuz al PLATA, el hilo conductor es el mismo: cada crisis nos recuerda el coste de no controlar la energía que consumimos. Cataluña tiene los activos para ser parte de la solución. Lo que hace falta ahora es ejecución: claridad, velocidad y ambición. Y todo esto es perfectamente compatible con un buen diálogo con el territorio y una buena integración de los proyectos.

La cuestión de fondo no es solo cómo produciremos energía, sino si queremos continuar pagando nuestra dependencia o empezar a construir nuestra soberanía.

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