El pasado miércoles, Joan Coscubiela publicaba en el ARA el artículo “Malestar docente y sindicalismo”. Un título alternativo podía ser “¡70.000 huelguistas se equivocan; yo tengo razón!”, pero el paternalismo sería demasiado evidente.Cuestionar a los 50.000 trabajadores y trabajadoras de la educación que han firmado el manifiesto Dignifiquemos o a los 40.000 docentes que han votado contra el acuerdo entre CCOO, UGT y el Gobierno es un papel bastante torpe. Por eso el autor optaba por atacar a la USTEC. No su actuación concreta en el presente conflicto, sino el modelo del “sindicalismo del malestar” –opuesto a un pretendido sindicalismo “responsable”– y su “tono”. Con esto, intentaba llevar el conflicto al terreno de la deslegitimación moral para no abordar ni el contenido del acuerdo –manifiestamente insuficiente– ni la gestación de su firma, fuera del espacio legítimo de negociación, en el que CCOO y UGT no llegan al 25% de la representación. Coscubiela habla argumentario en mano. Por esto, la mejor respuesta es ir a las cosas mismas.Sin conflicto no hay nada que pactar. Por suerte, la estrategia habitual del sindicalismo de concertación de recoger frutos sembrados por otros cuando aún son verdes y presentarlos como victorias propias ha acabado en quiebra. ¿Qué ha hecho que esta vez la fórmula fracase? Dos años de organización en que la campaña Dignifiquemos la profesión ha contribuido de forma importante. ¿Cómo la hemos planteado?Definiendo reivindicaciones de manera colectiva. Para politizar el malestar primero hace falta diagnóstico. Por eso, hicimos el estudio del malestar educativo con 12.000 encuestas seguidas de 6.000 entrevistas para determinar las reivindicaciones reales del personal educativo y plasmarlas en el manifiesto: recuperar el poder adquisitivo, reducir ratios, crear recursos para la inclusiva y eliminar burocracia.Llegando a la mayoría. Recogimos 50.000 firmas para construir legitimidad bajo demandas transversales y claras, impulsando asambleas en cada centro y mapeando la organización base. También planificando: nueve meses antes, la huelga educativa masiva del 11 de febrero estaba en el calendario dentro de un plan estructurado, con pruebas de fuerza como la manifestación multitudinaria del 15 de noviembre.Negociando hasta el final. Durante seis meses y más de treinta horas no nos hemos levantado de la mesa y hemos encabezado la negociación, aportando gran parte de las medidas recogidas en el acuerdo. Y lo hemos hecho con transparencia, retransmitiendo las mesas en directo al Fórum Dignifiquemos, que supera los 4.000 seguidores.Esta ha sido nuestra tarea hasta que el departamento ha renunciado a convencer y ha cortado el diálogo de forma abrupta para cerrar el acuerdo con las cúpulas de CCOO y UGT en una operación política de salvamento del Gobierno y presión para la aprobación de presupuestos. Maniobra de desmovilización burda a las puertas de las huelgas de marzo.En la mesa del 9 de marzo ya estaba todo cocinado: noticia sobre la firma del acuerdo publicada mientras aún estábamos “negociando”, vídeos vendiendo sus virtudes al cabo de un minuto, acto de firma en Palau por la tarde. Teatro amateur. Por eso es especialmente cínico afirmar que hay sindicatos que “nunca firman”, cuando la táctica de CCOO implica frenar y que no se pueda firmar en el punto óptimo. De lo contrario, las victorias serían colectivas y no podrían venderse como “sindicalismo útil”.
Lo que realmente les molesta es que los trabajadores seamos sujeto. Por eso, cuando la USTEC propusimos, en diciembre, una consulta unitaria sobre cualquier propuesta de acuerdo, CCOO y UGT se negaron. Sin embargo, 43.000 docentes han podido votar: el 95% rechazaron su acuerdo.
Es triste ver cómo ante una de las huelgas educativas más importantes de las últimas décadas el “sindicalismo responsable” de Coscubiela lo fía todo al fracaso de la lucha y presiona al Gobierno contra un mejor acuerdo. Sindicalismo contra trabajadores.
El deterioro educativo tiene causas estructurales: infrafinanciación, segregación y privatización. Por eso, apostamos por alianzas con las familias, por el trabajo con el movimiento por la vivienda y por la organización en la Intersindical Alternativa de Catalunya como sindicato nacional y de clase. Pero esta apuesta solo se hace real en momentos como la marea educativa actual, cuando las alianzas toman cuerpo y nos convertimos en motor de una transformación más amplia y profunda.
No existe una dicotomía entre pactar lo que hay o limitarse a alimentar la indignación. Hay una tercera posición: politizar el malestar y llevarlo hasta donde la mayoría decida. Nuestra contribución es clara: dar herramientas para definir colectivamente demandas, organizar una mayoría en lucha y democratizar las decisiones. Cuando el malestar deja de ser una impotencia privada y se transforma en fuerza colectiva, el sindicalismo vuelve a ser una herramienta al servicio de los trabajadores, y no una contención al servicio de la estabilidad institucional.