Deberíamos encontrar una palabra para definir las sensaciones que nos invaden cuando termina un proyecto en el que hemos estado implicados mucho tiempo. Diría que la cosa está a medio camino entre el vacío, la añoranza y el pesar, con algunas gotas de luto y de orfandad.
Este sentimiento lo podemos experimentar cuando acaba un proyecto del ámbito profesional –un curso, una gira, un edificio, un ensayo clínico, un ajardinamiento, una novela, un diseño de moda– o un proyecto escogido para nuestro ocio –un maratón, un concierto, un viaje, una fiesta, un club de lectura–. En cualquier caso, cuanto más tiempo se haya invertido en este proyecto, más hondo será el vacío que nos deja cuando se acaba. Si es un proyecto en solitario, echarás de menos estrictamente el esfuerzo y los avances; si es colectivo, también te añorarás de las personas con las que has hecho lazos mientras esto ocurría.
Este abatimiento, que llega tanto si el proyecto ha sido un éxito rotundo como si no, es probablemente el motor que nos hace buscar otra idea que pueda llenar de contenido nuestro tiempo y de ideas nuestra cabeza. Tener proyectos, ya lo sabemos, es una forma de estar vivo. Hay una especie de personas que siempre tienen proyectos, y éstas son, casi siempre, las que no pueden resistirse a apuntarse todavía a un proyecto nuevo que les pasa por delante.
Tener proyectos es tener ilusiones. Y está claro que la vida nos ofrece algunas espontáneamente, pero si no es así, sobre todo cuando nos vamos haciendo mayores, es una buena cosa ir a buscarlas –la preparación de un viaje a veces nos proporciona casi tanta felicidad como el viaje en sí– o, directamente, fabricarlas.
El filósofo José Antonio Marina dice que tener ilusiones es como si pudiéramos huir al futuro y, desde allí, seducirnos a nosotros mismos con la promesa de que pasará algo emocionante. Todo ello puede resumirse en el gesto de coger la agenda o el calendario, ir unos meses adelante y poder escribir una palabra que nos motive para llegar con ganas. El filósofo asegura que la ausencia total de proyectos sería lo más parecido a una gran depresión.
Participar en un proyecto colectivo agranda la experiencia. Un proyecto, dice Marina, es como una antena que se proyecta en el espacio y que comienza a captar cosas interesantes. Así, en el proceso que dura la realización de un proyecto colectivo, sueles descubrir a personas nuevas y puedes admirar los talentos y la creatividad de cada uno.
Formar parte de un proyecto colectivo también significa sentirse parte de un grupo, compartir una ambición y comprometerse a un determinado nivel. ¿Cuántas veces hemos oído explicar a la gente de la farándula que, mientras ha durado el proceso de creación de un espectáculo, el rodaje de una película o los ensayos de un concierto, los compañeros de proyecto se han convertido momentáneamente en una familia?
Cuando todo se acaba es hora de guardar momentos buenos y malos, aprendizajes, emociones, anécdotas divertidas, vídeos, fotos, retahílas interminables de mensajes en el móvil... Y pasar el pequeño duelo de los primeros días. Luego sólo falta que llegue un nuevo proyecto y, aunque hayas dicho unas cuantas veces "No me dejaré enredar nunca más", recibir con los brazos abiertos ese nuevo hito en el calendario.