L’OBSERVADORA
Opinión 20/12/2020

Un pueblo traicionado

Esther Vera
3 min
Un poble traït

Un pueblo traicionado por los representantes de sus instituciones, esto es España, y me temo que hoy también puede serlo Catalunya por más que les duela a muchos ciudadanos y a algunos representantes públicos y no precisamente por la traición simbólica sino por la de la mala gestión.

España sigue siendo un estado, el español, y una nación, la catalana, en permanente bucle histórico, con el tiempo suspendido, en busca del porqué de un país fallido institucionalmente e incapaz de asustar a sus fantasmas.

Un pueblo traicionado es el título de una interesante y cuidada historia de España (1876-2014) del historiador inglés Paul Preston que explica las raíces de un sistema corrupto e incompetente que durante siglos bloquea el progreso social y económico. Preston, más allá de la orteguiana "conllevancia" que define todavía hoy la incapacidad del nacionalismo español de soportar la identidad de Catalunya, va a la raíz del porqué del bloqueo. Intenta explicar qué hay más allá de la incapacidad de soportar la diferencia en un país mediocre que no consigue acabar con la idea de que África empieza más allá de los Pirineos.

¿Por qué España no progresa de manera cooperativa desde el punto de vista político? Preston también cita al Ortega de la España invertebrada: "Empezando por la monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos profundamente nacionales? Nunca, que se sepa. Han hecho todo lo contrario. La monarquía y la Iglesia se han empeñado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales".

¿En qué consiste hoy la traición? Pues en poner por delante mayoritariamente las ambiciones personales, la fortuna, el nepotismo y la frivolidad. ¿Ha avanzado España? ¿Hoy es diferente la actitud de la monarquía y la Iglesia? ¿Son menos mediocres o personalistas la media de políticos al dictado de su narcisismo, los sondeos y el exabrupto en Twitter?

Desgraciadamente, el tiempo es denso en la historia de España, tan denso que no se mueve en algunas instituciones vertebrales. La sociedad es hoy democrática, europea, con un porcentaje de población universitaria inédito, digital y más móvil que nunca en su historia, pero ¿consigue unos representantes políticos capaces de salir de un bloqueo confortable que les instala en la gestión mediocre, la bronca y la imposición de la fuerza, o de otros que se autoarrinconan en el ring escondiéndose detrás de un orgullo desgraciadamente más estético que útil?

Uno de los grandes políticos que ha tenido Catalunya dice hoy en privado que "hasta ahora la política no iba bien pero el país aguantaba", antes de precisar que hoy le "tortura la duda de si el país, su sociedad y su economía serán capaces de resistir” el embate político, económico y sanitario.

Catalunya se dirige hacia unas elecciones fundamentales para salir del letargo en la que la ha sumido la derrota colectiva del 2017. ¿No es una derrota la cárcel, el exilio, la frustración, el desconcierto que todavía transmiten los líderes políticos incapaces de rehacer las propias filas y los puentes?

El presidente en el exilio considera que los que creen en la negociación son algo parecido a los terraplanistas, y los que han tenido la valentía de intentar negociar siguen siendo tratados con desdén por un PSC y un PSOE que en lugar de actuar como socios lo hacen acobardados.

El tiempo suspendido

La campaña entre los independentistas augura un nivel de demagogia intenso, capaz de desmotivar una parte de la ciudadanía que se puede traducir en abstención y en una atomización de fuerzas que hagan difícil la gobernabilidad.

La suma de identidades personales de JxCat, reunidas alrededor del liderazgo carismático de Puigdemont, busca el cuerpo a cuerpo con ERC acusándola de alta traición. Mientras, ERC se cuece en la gestión de los departamentos clave de la lucha contra la pandemia en un Govern cada día más transparente en sus diferencias y menos solidario en las dificultades que impone el covid.

Por fin se acaba una legislatura para olvidar. Una legislatura con un presidente que llegó diciendo que temía quedarse en los simbolismos y fue incapaz de no cumplir su augurio. Una legislatura de simbolismos por encima de las responsabilidades y la aburrida gestión de la cosa pública, imprescindible para la administración eficiente de los impuestos y los problemas de los ciudadanos, que han visto como la economía se hundía. Una legislatura de confrontación entre las fuerzas soberanistas, una oposición desaparecida y tacaña y una derecha unionista superada por el atractivo del original del espíritu franquista reavivado por Vox, a quien habrá que acostumbrarse a ver en el Parlament. Una legislatura para olvidar.

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