24/01/2021

¿Puede el independentismo ser liberal?

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Fotografía de archivo de la Fiesta del 2014
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La respuesta es sí. La pregunta la formulaba Antón Costas, expresidente del Cercle d'Economia, en un reciente artículo titulado “¿Puede el independentismo ser liberal?”. En este artículo repasaba la deriva de la política catalana los últimos diez años. Costas asegura que la bandera de la independencia siempre lo ha sido, si bien arriada, pero que la ANC encontró una ventana de oportunidad para arrastrar a los partidos hacia el unilateralismo. El pecado capital habría sido, siempre según el autor, las jornadas parlamentarias del 6 y 7 de septiembre de 2017 en las que se aprobaron las leyes de desconexión: un “auto-golpe parlamentario” que ponía fin al largo “consentimiento” de los catalanes no nacionalistas hacia los gobiernos nacionalistas de Pujol y Mas. Desobedecer la Constitución (y el Estatut) era ir demasiado lejos y los ciudadanos no nacionalistas dejarían de “consentir”, es decir, que estaba servida la fractura de la sociedad.

¿Qué pinta el liberalismo en todo esto? Mirémoslo. De entrada, “consentir” o “no consentir” gobiernos democráticamente votados no suena muy liberal, sobre todo si se añade el chantaje de fracturar la sociedad. Pero bueno, vamos al fondo: Costas asocia liberalismo a pluralismo político, y a evitar que la sociedad sea gobernada desde los extremos. Afirma que el derecho a decidir sin trabas excesivas ha sido un concepto demasiado pervertido para el independentismo, cosa que lo ha alejado de la “senda del progreso”. Esta se encontraría, pues, en el respecto a las normas y a la pluralidad social y política. La pregunta a hacer, a mi parecer, es qué pasa cuando hay una mayoría parlamentaria y social a favor de la autodeterminación. De hecho, las leyes de desconexión no eran leyes aprobadas para entrar en vigor inmediatamente, sino para ser refrendadas por una consulta democrática que las aprobaría si (y solo si) el resultado del referéndum fuera favorable. No se me ocurre planteamiento más liberal y respetuoso con la pluralidad social que el hecho de invitar a votar a todo el mundo, piensen como piensen. Otra cosa es que el referéndum fuera declarado ilegal. Entonces entramos, pues, en la otra condición que pone Costas: el cumplimiento de la ley.

   La desobediencia es una forma legítima de protesta, ¿o no? Sí, sobre todo si se paga la multa. El problema viene, entiendo, cuando esta desobediencia no lo ejercen ciudadanos, sino gobiernos. Esto tiene sus consecuencias, está claro. Estoy seguro de que Costas no comparte la pena de prisión impuesta, pero centrémonos en las consecuencias sociales y políticas, y no en causas politicojudiciales que no tienen mucho de estado “liberal y democrático”. De acuerdo, vamos allá: ¿tenía alternativa el independentismo? Ante el recorte judicial al Estatut, la negativa a negociar nuevas competencias y nueva financiación, y finalmente la negativa a votar un referéndum de autodeterminación, ¿qué salida se le había ofrecido? ¿De dónde venía el verdadero unilateralismo? ¿Tenía derecho o no tenía derecho, el gobierno de Junts pel Sí, a forzar una situación (tensa, en efecto) que en caso de éxito llevara a un referéndum (acordado o no) y, en caso de fracaso, evidenciara la falta de voluntad de diálogo de España y sus flagrantes déficits democráticos? Si hablamos de pluralismo social y político, ¿qué lugar ocupa España? ¿O bien es un estado donde se encarcela y persigue a ideologías demasiado peligrosas? ¿Es liberal hacer primar la ley vigente por encima del debate político, hasta el punto de vulnerar derechos fundamentales (como ya empieza a denunciar la justicia europea)? ¿Quién vulnera más la ley y, sobre todo, quién vulnera más el pluralismo y el liberalismo? Esto no es un “y tú más”, que conste: es una invitación a reflexionar si todo ello tiene alguna salida.

Una mesa de diálogo parece un buen planteamiento… cuando se invita a todos los implicados, está claro. Impedir la investidura de Puigemont, de Sànchez y de Turull, favorecer la destitución de Torra y a la vez dejar la mesa suspendida por si de paso se puede poner al propio Salvador Illa como interlocutor (es decir, interlocutar contigo mismo), no parece muy liberal ni bilateral: más bien es un monólogo, una negación del otro. No interlocutar con quien no quieres interlocutar, para no hablar de lo que no quieres hablar, no resuelve ningún problema: solo lo envenena. El independentismo no ha hecho ninguna otra cosa que plantear un tema desde una mayoría, y no se le ha permitido. Lo más liberal y democrático, sinceramente, sería debatir con el otro sin tratar de anularlo. Ey: eso si es que se puede “consentir” la existencia del otro, está claro.

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