Salvador Illa durante el Consejo Nacional Extraordinario del PSC
Act. hace 21 min
Periodista y productor de televisión
3 min

Se suele citar el exabrupto de Pío Cabanillas, que en los años de la Transición, a la salida de un tempestuoso congreso de UCD, dijo “Hemos ganado, pero no sabemos quienes”. A la política catalana actual pasa algo similar cuando se habla de unidad. Queremos unidad, pero no sabemos de quién. Sabemos que nos hemos de unir, pero no sabemos a qué o a quién nos referimos cuando hablamos de nosotros.Unidad es una de esas grandes palabras que, como progreso o libertad, devienen conceptos vacíos cuando son manoseados por la clase política. En general, cuando un líder preconiza la unión la concibe como una concentración de fuerzas en torno a sí mismo. Y eso, claro, no tiene mucho que ver con la unidad auténtica, que implica el acercamiento mutuo, la cesión.Soy de los que piensan que la unidad es un falso dogma que se suele contraponer a la división, cuando su contrario, de hecho, es la pluralidad. Y en democracia la pluralidad es necesaria. Es el punto de partida inevitable para alcanzar los consensos, las mayorías amplias: otro tipo de unidad, que no implica uniformismo y que no genera vetos.En Cataluña es necesaria esta clase de unidad basada en el pluralismo. Porque el país tiene problemas muy graves y demanda reformas de gran alcance, que son imposibles con un Parlamento demasiado atomizado, y con una presencia creciente de la ultraderecha. Y esto implica formar mayorías transversales, que desborden los límites entre izquierda y derecha, y entre soberanismo y españolismo. Seré más preciso: hay una serie de cuestiones (lengua, salud, educación, infraestructuras) que deberían basarse en un acuerdo estratégico entre el PSC, Junts, ERC y Comuns. Son las formaciones que pueden garantizar una mayoría parlamentaria operativa.

Para llegar a acuerdos, hay que relajar las líneas rojas. Si ERC y Junts pretenden que esta mayoría adopte como condición previa el referéndum de autodeterminación, no saldrán adelante. No tienen suficiente fuerza. Si el PSC, por el contrario, impone como línea roja el respeto al Estatuto y la Constitución, mejor que se busque la vida con el PP y Vox. Los partidos soberanistas pueden renunciar temporalmente a la autodeterminación, pero si lo único que se les ofrece es el mantenimiento de una autonomía precaria e infrafinanciada, se negarán, y con todo el derecho. Querría pensar que una tercera vía es posible, pero no soy muy optimista. Por lo tanto, creo que tendremos que acostumbrarnos a un gobierno catalán frágil y sin posibilidad de hacer políticas ambiciosas.Unidad –en este caso, independentista– también es lo que reclama Junts a sus antiguos socios de ERC. Es un anhelo legítimo que se inspira en los potentes partidos nacionalistas de Quebec y Escocia. Pero parece que ni Junts ni ERC están en una posición bastante sólida para pensar en aventuras. Deben poner orden, cada uno en su casa, antes de plantearse la creación de un nuevo partido, que pediría unos nuevos liderazgos, y borrar una década de agravios y reproches mutuos.Poner orden es una necesidad perentoria para Junts, que no sabe muy bien cómo combinar el legado de Puigdemont con la tradición pactista de la antigua Convergencia. Y que no quiere acercarse a la izquierda ideológica por la competencia de Aliança Catalana. En cuanto a ERC, más pronto que tarde tendrá que afrontar el problema que supone la estrategia unilateral de Gabriel Rufián, empeñado en liderar un frente con los partidos “a la izquierda del PSOE”, que excluye de forma explícita (y rabiosa) toda relación con Junts y, por tanto, toda posibilidad de una mayoría independentista.Todas estas propuestas “unitarias” tienen un mismo origen, que es el miedo a una mayoría del PP y Vox en el Parlamento español. ¿Cómo se debe responder a esta amenaza? ¿Cómo la debemos combatir nosotros? Y, ¿quién somos, nosotros?Quizás empecemos por aquí.

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