De vez en cuando llegaba el rumor: "Están a punto de abrir, abrirán en breve", y yo no entendía nada. Para los papeles, decían, abrirán para los papeles, y eso quería decir que lo darían a quien no los tenía. Que la legalidad administrativa de las personas dependiera de un verbo tan mundano, que se aplica a las puertas, me hacía levantar la ceja con escepticismo, pero el lenguaje burocrático se traslada al habla cotidiana de las lenguas orales en símiles y metáforas útiles y efectivos. Que "abrirían" los papeles quería decir que habría una regularización extraordinaria de inmigrantes. Por ser la niña intérprete que fui también debía aprender a encontrar las correspondencias entre la lengua del ordenamiento jurídico y las palabras escogidas por familiares y vecinos para hacer referencia a ellas. En cualquier caso, cuando se anunciaba que "abrirían", se contagiaba una sensación de euforia, de alegría, la esperanza de llegar a alcanzar la condición de ser legales, tener derechos, cotizar y, sobre todo, dejar atrás la posibilidad de ser llevados a un centro de internamiento de extranjeros o de ser expulsados. Aunque aquí no hay brigadas especializadas como el ICE estadounidense, no tener permiso de residencia significa vivir siempre en los márgenes, en la inseguridad de los parias, pisando un terreno siempre inestable. La intemperie administrativa es intemperie incluso si la persona tiene un techo y un trabajo. La condición de ilegal comporta una vulnerabilidad específica, que aprovechan explotadores de todo tipo.
Ahora el gobierno español ha anunciado una regularización extraordinaria, lo que supondrá un alivio importante para cientos de miles de personas que se ven obligadas a vivir en la invisibilidad. No es, como clama la extrema derecha xenófoba, un llamamiento para que vengan los que no están, sino el reconocimiento de la existencia misma de quienes ya viven aquí desde hace tiempo. El efecto llama, de hecho, es el trabajo que existe en Europa y no si está en condiciones legales o ilegales. Quienes se oponen a la regularización será que prefieren inmigrantes sin papeles, al margen de las leyes laborales, explotables y sin derechos. ¿A quién interesa tener masas de mano de obra forzada en aceptar salarios más bajos y condiciones más precarias que el resto de trabajadores? ¿A quién beneficia la desesperación que conlleva la ilegalidad administrativa? No a quienes dicen estar preocupados por la solidez del estado del bienestar ni por el retroceso de los derechos laborales. No en vano, quien más regularizaciones extraordinarias hizo fue José María Aznar, no porque estuviera especialmente preocupado por los inmigrantes en cuestión, sino porque sabía perfectamente que sin recién llegados no había progreso económico. Algo que las derechas de hoy, tanto la catalana como la española, no defienden con vehemencia en sus discursos públicos por miedo a ser tildados deinmigranofílicos, acomplejados por el aliento que les atasca por el extremo derecho. Saben que necesitan a los inmigrantes pero no pueden decirlo de forma clara, y de ahí les viene este tipo de esquizofrenia discursiva. Que vengan, sí, dicen desde el PP, pero que vengan quienes tienen una cultura más parecida a "nuestra". Borran así la diversidad propia que caracteriza a la sociedad española a la vez que asimilan toda la de América Latina, como si fuera el mismo ser madrileño que mexicano, castellano que peruano. El imperio perdido aún perdura en ese lenguaje colonizador. Aquí podrían tenernos por menos opresores, por más razonables en el trato a los trabajadores que se necesitan para nutrir la maquinaria productiva de sectores que no inspiran demasiado a los "autóctonos", si no fuera que decimos sí, que vengan, pero que se integren. Como si las personas pudieran extirparse todo lo que son y dejarlo en la frontera, como si sólo pudiera importarse la fuerza de sus brazos y sus espaldas.