

Pocos días antes de la inquietante toma de posesión del nuevo presidente de EE.UU. nos podemos preguntar qué podemos aprender de la historia que nos ilumine para los años que nos esperan. Mucho y al mismo tiempo poco. Mucho, porque el pasado suele estar lleno de experiencias bien parecidas a las del presente. Pero poco en la medida en que las repeticiones históricas nunca son iguales y los detalles de las diferencias pueden ser muy importantes. Sin embargo, en momentos de cambio la Historia (en mayúsculas) es una guía útil. ¿Hemos vivido momentos similares en el pasado? ¿Ha habido un movimiento simultáneo en tantos países de retorno hacia el autoritarismo? ¿Se expresaban sin complejos las voluntades imperiales? ¿Existían riesgos económicos que podían significar riqueza o pobreza para cientos o miles de millones de personas? ¿Sentíamos un peligro de guerra inminente como la que ahora se insinúa?
Hago un breve recordatorio del expansionismo de EEUU hacia 1900, protagonizados por Theodore Roosevelt, cuando EEUU participó activamente en la derrota española en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que pasaron a estar bajo control estadounidense , y su activismo para construir el canal de Panamá, que le llevó hasta forzar la separación de Panamá de Colombia por la resistencia de ésta a la construcción del canal. La construcción y la administración del canal fueron estadounidenses hasta que el presidente Carter lo cedió a Panamá. ¡Todo el siglo XX!
En los años veinte la retirada de EEUU de la Liga de Naciones, que ellos mismos habían impulsado, fue histórica. Quienes habían sido protagonistas de la reordenación del mundo en la Conferencia de Paz de París de 1919 optaron por una política de aislacionismo cuando cambió la presidencia de los demócratas a los republicanos. Los años veinte en Europa fueron bien complicados por el cierre económico y político de EE.UU.: mercados cerrados, inmigración controlada, desinterés completo por los asuntos europeos y concentración exterior en América Latina. La lucha contra la Rusia bolchevique fue un asunto principalmente de los europeos y acabó con la victoria de los revolucionarios y con la creación de la URSS. Existen paralelismos significativos con la situación actual.
En los años treinta, Estados Unidos subió unilateralmente sus aranceles, supuestamente para luchar contra su Gran Depresión. En cambio, sólo consiguieron exportarla a todas partes sin solucionar la suya, todo lo contrario. La crisis económica llevó a los enfrentamientos sociales y se multiplicaron en Europa regímenes autoritarios que se convirtieron en dictaduras. Un inquietante precedente para el mundo de hoy. Muchos de los nuevos dictadores miraban con admiración a la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Más paralelismos con la situación actual.
Un elemento que hermana mucho estos años veinte del siglo XXI con los años veinte y treinta del siglo XX, es que hay otras grandes potencias que creen que pueden aprovechar la debilidad de los demás países y el aislacionismo norteamericano para crecer . La Unión Soviética sobrevivió y se reestructuró bajo Stalin en parte gracias a la retirada de EE.UU. de la Liga de Naciones. Japón invadió grandes territorios en Asia continental (Corea, Manchuria y finalmente China) porque percibía que la resistencia sería escasa o débil, como fue. Italia promovió su imperialismo en África. Alemania presionó constantemente para ampliar su territorio.
Recordamos el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial por su red de cooperación internacional, pero no olvidemos que en breve, desde 1948 el elemento dominante fue la división en dos bloques –el Primer Mundo capitalista y el Segundo Mundo comunista – que eran enemigos irreconciliables. Lo que llamábamos el Tercer Mundo, hoy dispone de un líder claro –China-. Este equilibrio ahora es deseado por los tres protagonistas –EE.UU., Rusia y China– que querrían recuperar fuerza e influencia y que no se molestarán en sus espacios de influencia directa. He aquí el peligro para la Unión Europea. Molesta a los tres polos del poder mundial, que les gustaría más de lo que estuviera.
Los republicanos tienen fama de huir de hacer guerras, pero sobresalen en las carreras de armamentos que acaban por derrumbar a sus enemigos, como ocurrió bajo la presidencia de Ronald Reagan con la Unión Soviética. ¿Trump querrá hacer lo mismo? Pocos lo dudan. ¿Quién pagará sus consecuencias? La Unión Europea, que no está preparada, o Taiwán, que no encontrará a quien la defienda. Los estados procedentes de la antigua Unión Soviética son los más vulnerables.
En todos los casos hay un elemento común: una voluntad compartida por diversas potencias de desplegar una política de fuerza que redefina el tablero. Potencias menores creen que pueden salir ganando. Toda la internacional trumpista así lo espera, pero casi por definición será imposible. Incluso entre los trumpistas habrá ganadores y perdedores.