Nigel Farage, líder del Partido Reformista del Reino Unido, en un acto electoral el pasado 5 de febrero en Manchester.
14/02/2026
Periodista
3 min

Vivimos, disculpen la obviedad, tiempos convulsos. Un nuevo imperio, China, amenaza la hegemonía de otro, Estados Unidos. Nuevas tecnologías como la inteligencia artificial nos proyectan hacia lo desconocido. Las migraciones masivas alteran la autopercepción de las sociedades. Las pasiones populares más bajas (racismo, xenofobia, aporofobia) están desatadas, las clases medias se hunden, verdad y mentira se confunden. Y ni los más sólidos mecanismos democráticos parecen capaces de sobrevivir al caos.

Tomemos el ejemplo del Reino Unido. Se trata de una antigua potencia imperial que, a diferencia de otras de tamaño y volumen económico más o menos comparables (Francia, Alemania), navega sola, sin la protección ni las ataduras de la Unión Europea. Su sistema electoral, basado en circunscripciones unipersonales, conforma una de las democracias más directas y sensibles a los cambios del humor social. Paradójicamente, esa sensibilidad democrática lleva años traduciéndose en una inestabilidad crónica.

Cada miembro de la Cámara de los Comunes responde ante sus electores. No hay listas de partido con puestos de elección asegurada: el diputado se juega la carrera política en cada elección. Y, por tanto, no hay en el mundo diputados tan dispuestos a rebelarse cuando perciben la impopularidad de su propio partido. Margaret Thatcher no se fue por una derrota electoral: fue derribada por sus diputados, esos “backbenchers” levantiscos que ocupan las últimas bancadas de la Cámara.

Todo se aceleró tras el referéndum sobre la salida de la Unión Europea. El 23 de junio de 2016, los británicos apostaron por el llamado Brexit. El primer ministro que había convocado la consulta, el conservador David Cameron, dimitió días después. La mayoría parlamentaria conservadora eligió a Theresa May (contraria al Brexit) como nueva primera ministra. May convocó elecciones en 2017 con un resultado decepcionante: tuvo que coaligarse con los unionistas de Irlanda del Norte para mantenerse en el poder.

En 2019, tras una serie de derrotas parlamentarias referidas a cómo negociar la ruptura con la Unión Europea (May aspiraba a un divorcio amistoso), presentó su dimisión. Había durado tres años. Los parlamentarios conservadores eligieron esta vez a Boris Johnson, un partidario del “Brexit duro” que convocó elecciones anticipadas y obtuvo una amplia mayoría de 80 escaños. Tras tres años de mentiras, escándalos e improvisaciones, los suyos le obligaron a dimitir.

El grupo parlamentario aupó a la “thatcherista” Liz Truss, que en sólo 50 días y con un simple borrador de presupuesto hizo un fenomenal destrozo en la economía británica. Fuera Liz Truss. Dentro Rishi Sunak, un banquero de origen indio que duró menos de dos años al frente del gobierno. En las elecciones de 2024, los laboristas alcanzaron una mayoría aplastante: 411 escaños frente a 121 de los conservadores. Pero el mapa político empezaba a fragmentarse: los liberal-demócratas, los eurófobos de Reform y los Verdes obtuvieron buenos resultados.

El nuevo primer ministro, el laborista Keir Starmer, prometió distinguirse de sus predecesores con una gestión seria, previsible, aburrida incluso. Su mayoría parlamentaria era similar a la obtenida por Tony Blair en 1997 y la estabilidad parecía asegurada.

Dos años después, Starmer es el político más odiado del país. En parte por ser, como prometió, previsible y aburrido. En parte por haber concedido la embajada en Washington a Peter Mandelson, un hombre que hacía el trabajo sucio gubernamental en la época de Blair y que, ya en Washington, se dedicó a transmitir secretos de Estado y comentarios sobre el tamaño de tal o cual pene al multimillonario pedófilo Jeffrey Epstein. Y, en parte, porque los británicos no saben muy bien lo que quieren.

La rebelión de los “backbenchers” laboristas ya se ha puesto en marcha.

Según los sondeos, si hubiera nuevas elecciones ganaría el partido Reform, de Nigel Farage, impulsor del Brexit, émulo de Donald Trump y dueño de un cinismo portentoso. Tanto laboristas como conservadores quedarían por debajo del 20 por ciento.

Casi la mitad de los habitantes de Londres nacieron en un país extranjero: 1,3 millones en Europa (principalmente Polonia y Rumanía), 1,2 millones en Asia, 600.000 en África, 400.000 en las Américas. La sociedad británica está cambiando con rapidez y los humores colectivos son volátiles. El fenómeno, similar en el resto de la Europa occidental y en Estados Unidos, ha acabado con los ciclos largos que requería, para ser eficaz, la democracia representativa.

No parece razonable culpar a las migraciones, económica y culturalmente beneficiosas, ni a los mecanismos democráticos. Ni siquiera (aunque en parte sí) a la incompetencia de los políticos.

El nuevo mundo, simplemente, cambia demasiado deprisa. Y, como a la historia le gustan las paradojas, eso promueve los autoritarismos que prometen volver a un pasado supuestamente glorioso mientras, entre alardes de ranciedumbre, crean las tecnodictaduras del futuro.

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