He visto Ícaro: la semana en llamas, el documental españolista sobre las protestas de octubre del 2019 en Barcelona que ha causado las iras (una tormenta en el vaso de Twitter) de algunas ardidas patriotas que han llamado al boicot contra la plataforma Filmin, que la ofrece hasta el día 31 de este mes. El documental en cuestión es tan inepto y risible, tan tosco y casposo, que cuesta creer que alguien pueda sentirse ofendido por una tontería de este calibre. Dentro del extenso y espléndido catálogo de Filmin (un regalo del cielo para cualquiera que ame el cine, al que no pienso renunciar por nada, ni mucho menos por ninguna llamada patriótica), Ícaro: la semana en llamas encajaría si acaso en el apartado dedicado a la serie B más extravagante y desbaratada, junto a las hilarantes producciones Troma y de las películas de terror con sangre de ketchup. El juicio del Proceso, con el magistrado Marchena presidiendo un tribunal descaradamente de parto, fue el causante de la revuelta de Urquinaona, y también marcó el punto en el que se desbordaron unas cloacas del Estado que aún hoy lo empudegan todo. Pero una cosa es esto y la otra un documental que parece escrito y realizado por los personajes de Martínez, el facha. Ignoro qué pinta esto entre los estrenos de Filmin de esta semana, pero dado el historial de la plataforma, me niego a darle más importancia. En cualquier caso, lea la crítica de Mònica Planas sobre la pieza, y encontrará –como siempre– un análisis solvente.
El ataque contra la sede de Filmin en Barcelona por parte de independentistas de cartón piedra (incluso el nombre, Nosaltres Sols, parece una broma) es un acto de barbarie, por supuesto, pero sobre todo es una imbecilidad pura y simple. También los encendidos comentarios en las redes por parte de los custodios y custodias de la catalana patria. Este tipo de reacciones furibundas (todavía más contra una plataforma como Filmin, que apuesta por el catalán más que ninguna otra) son una expresión de impotencia y corto de miras proporcionales al enfardecimiento que provocan el tono matón, engorilado, lamido y/o pedante —a veces todo a la vez— de los especialistas en señalar traidores y conspiro.
Episodios como éste son reveladores de por qué el independentismo ha perdido en los últimos años, y por qué volverá a perder cada vez que se plantee hacer cualquier cosa importante: porque no sólo produce salvapatrias y vendedores de humo (este tipo de personajes están en todas partes), sino que, además, les escucha y les da crédito. Esto produce un independentismo estantino, rancio, caduco y tensado, que se huele los pedos, que transita en un bucle infinito entre el llanto y el insulto, que malvive de hacer ahora una pintada en la sede de Filmin y ahora empapelar una heladería donde un camarero argentino se niega a hablar tan catalán, y que inmaduro, tan estéril, que no interesa ni lo entiende nadie más. Mientras, por el espacio de la centralidad se cuelan Vox y el PP, que se apresuran a reclamar como suya la defensa de las libertades que odian y atacan.