Miembros de Arran en plena acción reivindicativa en la sede del PP en Barcelona
21/08/2026 - 18:01 h.
Socióloga
3 min

Ciertamente, ni mi generación, nacida durante la dictadura franquista, ni muchas de posteriores sospechamos jamás que, en un futuro próximo, pudiera manifestarse en Cataluña, España o Europa un nuevo apoyo a la extrema derecha que incluso amenazara con convertirse en mayoritaria y tuviera opciones de gobernar. Luchamos mucho y mucho para salir de aquella pesadilla. La explosión de felicidad cuando se acabó, en aquellos últimos años setenta, cuando por fin podíamos respirar, reunirnos, amar a quien quisiéramos y empezar a rehacer nuestro país, era inmensa, uno de los mejores períodos que hemos vivido.

Pero no se trata ahora de averiguar por qué hemos llegado aquí ni los extraños caminos que nos han traído. Creo que es tiempo de que la gente de izquierdas y toda la que se da cuenta del peligro que nos amenaza a todos juntos repensemos qué sociedad queremos y confeccionemos un proyecto lo bastante claro y estimulante que haga que la gente joven se entusiasme. Hace demasiado tiempo que las innovaciones de la izquierda solo van dirigidas a la ruptura de tabúes antiguos, mayoritariamente de carácter sexual. Eso era una necesidad: era necesario el liberamiento del deseo frente a la represión tradicional que ejercían la Iglesia y los poderes públicos. Pero, en este momento, las urgencias ya son otras, y es necesario identificarlas para poder renovar el proyecto progresista.

Para hacerlo, todo el mundo puede proyectar sus ilusiones. Pero hay que tratar de analizar lo más objetivamente posible los desequilibrios actuales y ver sobre qué ejes se puede construir un proyecto de futuro. En el caso de Cataluña, creo que podemos señalar tres principales.

Con relación a los dos primeros, la identificación está hecha: los dos grandes desequilibrios que hay que resolver, como retos inmediatos, provienen de los cambios en el planeta provocados por la humanidad y del gran crecimiento de las desigualdades económicas. El camino para hacerles frente también ha sido trazado: el encuentro mundial de analistas sociales que se celebró en París el pasado junio lo estableció de una manera clara a través de lo que llamaron un Proyecto de Justicia Global: un proyecto que sostiene que se puede conseguir al mismo tiempo la habitabilidad del planeta y la mejora del bienestar, pero que son necesarios grandes cambios; de lo contrario no será posible. Cambios que pasan, por un lado, por la descarbonización planetaria, y, por otro, por una drástica reducción de las horas de trabajo, un cambio profundo en las formas de consumo y una gran reducción de las desigualdades de renta, riqueza y poder, tanto entre países como dentro de cada uno.

He aquí, en concreto, los hitos que nos proponen: el ingreso mensual per cápita debe converger hacia 5.000€ en cada país; la parte de la riqueza global que recibe la mitad más pobre de la humanidad debe pasar de un 2% actual al 30%, mientras que la parte de la clase milmillonaria debe bajar del actual 6% a un 0,05%. Casi el 90% de la población debe duplicar su renta trabajando aproximadamente la mitad de horas que ahora. Y el calentamiento global debe aumentar, hacia el 2100, unos 1,8 ºC, en lugar de más de 4 ºC, como se prevé.

¿Una nueva utopía? Quizás, pero en su proyecto se dan muchas explicaciones de cómo hacerlo posible y cómo desactivar, a la vez, muchos de los problemas actuales. ¿Migraciones? La única solución real es un desarrollo sostenido de los países más pobres, de donde la gente huye por la miseria y la falta de oportunidades. No es con persecuciones encarnizadas como se consigue que las personas se queden en su país; es dando las oportunidades que ahora no tienen en unos países a los cuales, en el pasado y todavía ahora, hemos arrebatado los recursos y donde hemos favorecido dictaduras sangrientas.

En Cataluña me parece claro que hay que fijar también otro objetivo. Hablar de independencia sí que era soñar una utopía, tal como quedó claro hace unos años. Pero hay otro diseño en el que se debería trabajar: la Europa de los pueblos, con reconocimiento de las diferencias históricas, culturales, sociales. Jugando al todo o nada tenemos las de perder, la demostración está hecha. Pero hay una vía intermedia, no en solitario, sino en alianza con tantos pueblos que luchan, como nosotros, por mantener su lengua, su identidad y su talante. En el siglo XIX, Europa se convirtió en un conglomerado de naciones, una forma que permitió el desarrollo del capitalismo; pero ahora se puede caminar hacia un conglomerado de pueblos, capaces de mantener los rasgos identitarios construidos durante un milenio. Un proyecto ahora indispensable, ante una globalización que impone la homogeneidad y que no se puede revertir más que en un gran esfuerzo colectivo.

Sé que lo más urgente es parar el desastre, resistir y hacer frente a unos cambios que nos harían retroceder un siglo; pero también sé que solo fijando unos objetivos que ilusionen conseguiremos cambiar el signo de los tiempos y marcar unos hitos colectivos que den un sentido a las luchas de las nuevas generaciones. 

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