

Es un sentimiento que mira hacia adentro, que recuerda al pasado, que transmite la idea de que no se nos ha hecho justicia. Políticamente, el resentimiento es potente porque parte de una humillación, latente hasta que se tiene ocasión de reparación. El tiempo la diluye poco. Es una reacción producida por un daño lejano, pero vivo, pese a la distancia temporal o física, y que no actúa directamente en respuesta a la ofensa recibida.
La campaña francesa de Napoleón contra Rusia fue fruto del resentimiento del emperador por el fracaso del bloqueo comercial de Europa contra Reino Unido; la guerra de Ucrania, del resentimiento de Putin contra Occidente por la pérdida de parte de su imperio; la guerra en Palestina, del resentimiento de Israel contra los palestinos, Irán y el terrorismo de Hamás y Hezbolá.
Francia está en un marasmo político. Macron no acepta que el país ha dado un giro a la izquierda lo suficientemente claro como para ser la base de la política francesa en los próximos años: gobiernos de centroizquierda y no de centroderecha. No reconocerlo puede llevar a la victoria del lepenismo y puede posponer diez años la recuperación de una estrategia plausible y positiva para Francia.
Francia ahora mira hacia adentro. Europa es una segunda prioridad. Esa debilidad supone una oportunidad porque si lidera Francia, el fortalecimiento político de Europa es difícil. El jacobinismo es un freno para la unión política europea –la UE debe ser federal–. Jacobinismo y federalismo son principios políticos contrapuestos. Hay que aprovechar el tiempo y hacer camino en los próximos años con un jacobinismo debilitado.
Alemania ha perdido hasta ahora la ocasión de modernizar su industria manufacturera basada en una energía barata de origen ruso. Es la herencia del canciller Schröder que no corrigió la cancillera Merkel. El mercado chino ya no es tampoco lo que era: en China, la necesidad de tecnología alemana, que esta cedía a cambio de mercado, es una pantalla pasada. Hay áreas –el coche eléctrico, la digitalización...– en las que China ha superado a Alemania como país tecnólogo.
Como explica Wolfgang Munchau en Kaput, es necesaria una revolución en Alemania a partir de la digitalización y la energía que incluya el entorno financiero basado en las cajas de ahorros –Sparkasse–, pequeñas, dispersas y poco eficientes. La oportunidad está ahí, pero para movilizarla hace falta mucha energía política, inversión económica y visión estratégica. Un cambio de rumbo.
El desarrollo industrial está en la digitalización. Alemania, por tradición industrial y experiencia, está más cerca del hardware que del software, pero van unidos. Alemania podría ser la sede de esta industria que Europa necesita y no tiene. Podría ocupar un lugar preeminente en la fabricación de hardware, chips, aceleradores y procesadores, que requieren grandes inversiones. Una fábrica de chips de 2 nanómetros, los más avanzados ahora, que serán estándar en 15 años, supone una inversión de 20.000 millones de euros y personal altamente especializado. Esto Alemania lo puede tener -necesitaría llegar a acuerdos con los fabricantes más avanzados del mundo. Algunos están en Taiwán (región con un futuro político problemático). La voluntad de China de anexionar la isla ha sido manifestada de forma reiterada y mantener la independencia de Taiwán respecto de China es, a más de 20 años vista, inviable. Un tecnólogo de EE. UU. no le conviene a Alemania –en caso de conflicto este seguirá en EE. UU.– y más aún con el presidente Trump Alemania debería conseguir que los fabricantes de chips en Taiwán se interesaran por la reubicación de algunas de sus fábricas en Europa: es la oportunidad que Alemania y la UE necesitan. Pero eso requiere tiempo y esfuerzo financiero, subvencionar las inversiones y coinvertir.
Si Alemania y Francia están parcialmente fuera de juego –pongamos durante unos 10 años– para liderar políticas estratégicas en la UE, ¿cuál es la solución para que Europa pueda acometer su modernización, constituirse en una federación real, proyectarse con una nueva fuerza en el mundo aumentando su competitividad como la define el Plan Draghi, con mayor capacidad industrial y técnica?
En Europa, excepto Francia y Alemania, existen tres grandes estados: Polonia, Italia y España, que representan el 32% de su población y el 25% del PIB. Podrían iniciar esta transformación, a la que más tarde se unirían Francia y Alemania. Es una iniciativa compleja, pero plausible, que podría dar sentido a la política exterior española y para la que España tiene ahora imagen (tiene la primera vicepresidenta de la CE, es el estado miembro que más crece en la UE en el 2024, está preparada en digitalización –el 81% de los hogares españoles tienen conexión por fibra, en la OCDE solo el 35%– y tiene capacidad política demostrada). El principal problema para que esta alternativa fructifique es la proximidad política de Italia y de EE. UU.: la conexión Meloni-Trump. El gobierno Trump probablemente se opondría a políticas que provoquen el fortalecimiento de la UE.
Es útil saber aprovechar oportunidades que otros no utilizan por razones diversas... también el resentimiento.