Hermanos de viaje
20/07/2026
Escritora
2 min

Todos hemos pensado, alguna vez, “hay personas que tienen mala suerte”. A veces es cierto: hay vidas muy dramáticas, personas que han sufrido tropiezos grandes. Pero también hay aquellas personas que, simplemente, están convencidas de tener muy mala suerte. Te explican que todo les ha salido mal, que no se entienden con la familia, que los amigos les han decepcionado, que la sociedad no les valora. 

Son personas que suelen repetir el argumento de la mala suerte que han tenido o que tienen en la vida. Hablan de ello a menudo porque están centradas en su desgracia. Y porque suelen sentirse celosas de la gente que “sí que tiene mucha suerte”. En la mayoría de los casos son personas a las cuales les cuesta olvidar el mal que les han hecho o quizás solo el malentendido que les llevó a enfadarse con alguien.

Y entonces resulta inevitable pensar si esto que estas personas llaman “mala suerte” es solo el resultado de su carácter egocéntrico, rencoroso y envidioso. Y también cuesta entender si ellos no lo han pensado nunca, esto. Si realmente no son conscientes de que su actitud es, fundamentalmente, la piedra de toque de toda la retahíla de reproches que hacen a la vida.

Después está el otro extremo: personas que son generosas, empáticas y amables y que constantemente se muestran agradecidas de la suerte que han tenido. Destacan la suerte que han tenido con los hermanos o con los hijos, la suerte que tienen de conservar buenos amigos o de sentirse felices con el trabajo que hacen.

Afortunadamente, la experiencia nos regala un radar que nos permite detectar rápidamente a unos y a otros. Y si eres un poco listo es fácil acercarte al grupo de los que creen que han tenido buena suerte en la vida. Y aún más importante, aprendes a alejarte deprisa de los que encienden el discurso del reproche enseguida que tienen ocasión.

Al final, la fórmula es tan sencilla como el estribillo de aquella canción que cantaba Jorge Drexler: “Cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra norma: nada se pierde, todo se transforma”.

No suele fallar nunca: cuando conoces a alguien que está convencido de que hay una especie de conspiración a su alrededor para hacerlo infeliz es que pertenece al grupo de los que no han rumiado nunca por qué será que tienen “tan mala suerte”. 

No quiero decir con esto que tener una vida feliz solo dependa de nosotros mismos. La vida no es tan sencilla. Todos tropezamos con algunas piedras estratégicamente situadas en nuestro camino. Pero volviendo a Jorge Drexler, suele ser verdad que dar amor nos traerá más amor y que la rencor es un saco lleno de suciedad que no nos aporta nada y solo lo apesta todo.

Los que tienen suerte de verdad son los que, de natural, tienen aquello que llamamos buen carácter y no se han de esforzar especialmente en tenerlo. A la resto no nos queda más remedio que esforzarnos en ello e ir revisando, de vez en cuando, qué hemos hecho mal.

El camino, eso sí, se hace mucho más agradable si tenemos el radar bien activado y vamos eligiendo los acompañantes que lo hacen todo más fácil.

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