Souvenirs en las Ramblas.
30/01/2026
3 min

Sí, es hoy el último día de enero. Al parecer, era ayer que empezó. Como cada año, escuché el concierto de la Filarmónica de Viena en esa sala dorada, llena de flores y japoneses. Es un concierto festivo, valses, polcas, cosas de esas que forman parte de la historia de la ciudad. Este año, el director era más bien joven y simpático, y dirigía con cara de felicidad. No recuerdo su nombre, ya me lo perdonarán. Me gusta escuchar el concierto con bata y babuchas y una buena taza de café caliente en la mano. Hace tantos años que lo hago que se me ha convertido en un ritual y no podría empezar el año sin ese concierto. Hay dos piezas obligadas: En el bello Danubio azul, de Johann Strauss hijo, y la Marcha Radetzky, de su padre. De hecho, toda la platea le espera para poder dar palmas siguiendo su ritmo. Parece que los afortunados que asisten sólo lo hagan por ese momento… Empezar el año así, a la fuerza, tiene que dar suerte. Pero un año es tan largo que pueden ocurrir muchas cosas. Mientras dura el concierto de aquella orquesta que funciona como un reloj de precisión —que precisamente patrocina la marca Rolex— nunca pienso que el año es largo ni en nada de lo que puede ocurrir.

Pero vivimos en un mundo frágil, gobernado por psicópatas, y estamos siempre al borde del abismo.

Han pasado los Reyes, con sus regalos algo extraños: oro, incienso y mirra. Supongo que el oro le sirvió a José para montar la carpintería de Nazaret, pero ¿qué hicieron del incienso? ¿Qué de la mirra? ¿Alguien sabe para qué sirve la mirra? Bien, dejémoslo estar. Después, el día se va alargando, florecen las mimosas y llega el día veintidós, San Vicente, que el sol toca por los torrentes, como decía siempre mi abuela. Tal día, hace ya ochenta y cuatro años, dicen que nací. Lo dicen, y si lo dicen es que será así. No me acuerdo de nada. No tenían ninguna necesidad de inventarlo. Cuando nací, Hitler aún ganaba la Segunda Guerra Mundial y se divertía bombardeando Londres. Los dictadores, los tiranos, siempre se divierten matando a gente, con fuego y explosiones. Ahora Putin hace lo mismo con Ucrania, Netanyahu con Gaza, y Trump aún no lo hace, pero creo que se muere de ganas de hacerlo sobre Groenlandia. De momento, mata a inmigrantes, o cualquiera que lo parezca, por las calles de Minneapolis.

El caso es que, con todas estas cosas, ha ido pasando en enero. El tiempo ha querido dejar su huella blanca sobre nuestro país abandonado, los trenes descarrilan, se cortan las carreteras y vamos de borrasca en borrasca. Los embalses están llenos a rebosar y de esa sequía que hace tan poco nos aquejaba ahora nadie se acuerda. ¿Qué ocurrirá en febrero, qué pasará mañana?

Mañana empezará el mes más corto del año, lo que significa que habrá menos tiempo para las desgracias.

Nuestro presidente, el Muy Honorable Salvador Illa, parece haberse querido solidarizar con la inmovilidad del país quedándose él mismo inmóvil una temporadita. Pero mientras tanto, sus consejeros y asesores siguen el trabajo aparentemente escondido de descatalanización del país (perdón, del territorio). Y no me refiero sólo a la lengua, sino al empobrecimiento general. Los planes de estudios se van reduciendo en lo más importante, las asignaturas de ciencias van desapareciendo de los programas. ¿Por qué? Si para ser un país (perdón, territorio) destinado a la cocina ya ser camareros ya es suficiente. Si por ser un territorio destinado al turismo hay sobra. Y con ello, la gente bien formada, preparada con nuestros impuestos, debe irse a trabajar a los países donde mejor los pagan. Parece ser decenas de miles de catalanes que trabajan en países extranjeros.

Florecerán todas las mimosas, florecerán los almendros, la tierra seguirá su curso, cada vez más difícil. Y los agricultores, que día a día nos han alimentado y han ido construyendo nuestro paisaje, cada vez lo tendrán más peludo. Muchos plegarán. La tierra se volverá yerma y deberemos alimentarnos exclusivamente con cereales y frutas exóticos y con carne de ganado que habrá pastado en praderas lejanas. Es la globalización, dicen.

Catalunya esperará el verano, las olas de turistas que se estirarán en la arena de las playas que queden; les ofreceremos platos creativos y de fusión, les servirán chicos y chicas apuestos y con títulos universitarios, que les hablarán en un inglés de andar por casa o en un español con acento de cualquiera de los países que nos enviarán barcos cargados con contenedores llenos de cosas extrañas. Seremos un territorio muy feliz…

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