Messi estuvo a punto de seguir este martes el camino de Cristiano Ronaldo hacia casa. Ambos acabaron llorando, pero el argentino lo hizo de alivio tras una remontada dramática (con penalti fallado incluido y discutible sesgo arbitral), y Cristiano para que todo el mundo entendiera que la noticia era que ya no jugará ningún Mundial más. Fue un momento que llegó entre la indiferencia general, incluida la de sus compañeros y la de la prensa portuguesa, que está hasta arriba y con ganas de guardarlo en el museo de una vez.
Que Donald Trump y Cristiano Ronaldo hayan quedado eliminados del Mundial el mismo día tiene algo poético. Representan el narcisismo infantiloide elevado a la enésima potencia. Ambos comparten la necesidad patológica de alabarse en público. De hecho, Trump habría podido firmar aquella célebre autodefinición de Cristiano del 2011: “Pienso que por ser rico, por ser guapo y por ser un gran jugador, las personas tienen envidia de mí. No tiene otra explicación”.
Por eso, Bélgica se convirtió por unas horas en la selección de medio mundo, y el 1-4 a Estados Unidos y los vídeos de los jugadores belgas bailando el Y.M.C.A. de Village People en los vestuarios hicieron justicia popular a Trump y al impresentable presidente de la FIFA, el pelota Gianni Infantino. Los americanos, campeones en tantas especialidades, van mejorando, pero todavía no tienen una cultura propia de fútbol, y eso no se improvisa. Mientras tanto, de manera poco brillante pero sólida, España tiene un pie y medio en semifinales y, a estas alturas de un Mundial, el final está muy abierto.