

La semana pasada, Donald Trump firmó una orden ejecutiva insólita para un presidente de una democracia liberal: el desmantelamiento del departamento de Educación de su país. Como explica Antònia Crespí Ferrer en este diario (ya siga sus crónicas?), ni el presidente ni el gobierno tienen la autoridad para ordenar este desmantelamiento. Menos aún la tiene el DOGE, el fantasmal departamento de eficiencia gubernamental a cuyo frente Trump ha situado, digitalmente, el magnate de Tesla y de X, Elon Musk, que ni se presentó a las elecciones (aunque hizo campaña, intensamente) ni tiene en principio ninguna noción de las complejidades de la administración pública estadounidense. Sin embargo, Trump ha encargado a Musk la misión de reducir el gasto público, y Musk lleva adelante el encargo a golpe de recortes tanto salvajes como arbitrarios y caprichosos: hace unas semanas le vimos empuñar, complacido, la motosierra del objeto Milei, un presidente argentino que no se está tratando de tratar.
Musk y Trump también son dados a los insultos contra quienes no les gustan, y más allá de los insultos, al acoso y la violencia institucional. El mismo día de la publicación de la orden contra el departamento de Educación (del que ya se han enviado a la calle 1.300 funcionarios), Musk publicaba en su red social, X, un tuit con un montaje fotográfico en el que se ve una tumba con la inscripción”Department of Education" en la lápida, con un Trump en cuclillas que sonríe y hace la señal de la victoria con los dedos. Trump está convencido de que el mundo del conocimiento es uno de sus principales enemigos, y está decidido a perseguirle con ensañamiento. Aparte del ataque frontal contra el departamento gubernamental, se han suspendido los fondos el genocidio de Gaza, y han sido detenidos estudiantes extranjeros postdoctorales, con permiso de residencia, por haber participado en manifestaciones y actos de protesta por el mismo motivo.
Por otro lado, el odio a los intelectuales es característico de los nacionalismos y autocracias. Como dijo el poeta Lluís Calvo también en un tuit, estemos alerta de que aquí (donde el recelo contra la cultura tiene una larga y triste tradición, tanto en España como en Cataluña, como en Baleares) no nos llegue también este virus trumpista, como ya nos han llegado otros: el odio contra lo que llaman wokismo, el odio a los inmigrantes, el desprecio por la ciencia y por la urgencia del cambio climático, el cierre de fronteras, el repliegue patriótico, el natalismo y el antifeminismo: un montón de cargas tóxicas iliberales que se esparcen con extrema facilidad en toda Europa infas.