La guerra en Irán ha supuesto la proclamación global de la desconexión de Donald Trump con la realidad. Como las aguas turbias de la piscina del Lincoln Memorial, convertidas, por culpa de unas algas inesperadas, en un ridículo fluorescente que ha costado 14 millones de dólares, la incompetencia presidencial se mueve aceleradamente entre la farsa y la tragedia.
El New York Times analizó, hace semanas, las declaraciones de Trump sobre la guerra en Irán comparándolas con la realidad sobre el terreno para intentar identificar la desconexión de un discurso presidencial capaz de hablar de “negociar”, “bombardear” y “bloquear” en un mismo día, y de anunciar repetidamente el final de la guerra mucho antes de llegar a ningún consenso con la otra parte.
Irán ha sido el gran desastre estratégico de la segunda administración Trump. Una derrota genuina que se traduce en una lista de concesiones al régimen iraní impensables antes del inicio de la operación militar y que todavía se tienen que acabar de concretar. La diplomacia de Trump se construye desde una ambigüedad que ha dejado el Próximo Oriente instalado en una zona gris de negociaciones inconclusas e intercambios de ataques; de treguas sin paz y supuestos altos el fuego que avalan, con el silencio, la continuidad de la represión.
Después de cuatro días de fuego cruzado en el estrecho de Ormuz, los enviados de Trump buscan reanudar el diálogo con el régimen iraní en Qatar. El presidente de los Estados Unidos tiene prisa por cerrar un conflicto que desafía su agenda nacional, pero, una vez más, topa con percepciones diferentes de la realidad.
Washington, Tel Aviv y Teherán tienen intereses opuestos, y sus cálculos estratégicos –y electorales, en el caso de Trump y Benjamin Netanyahu–. Irán siente que han ganado políticamente; los Estados Unidos se declaran vencedores cuando, en realidad, lo que obtendrán es una pausa electoral de baja intensidad que frene los costes de la guerra, y Israel se siente agraviado porque no ha logrado llevar la ofensiva hasta el final, como pretendía.
La ambigüedad del protocolo de acuerdo firmado entre los Estados Unidos e Irán alimenta la tentación de Teherán de forzar aún más la presión sobre el terreno e intentar ejercer su control sobre el estrecho de Ormuz mientras dure la negociación. El régimen iraní sabe que Washington no tiene ninguna gana de volver a desatar la confrontación militar, especialmente ahora que se ha logrado bajar el precio del barril de petróleo. Las amenazas de Trump han quedado desactivadas por una debilidad en las encuestas electorales que el retorno de la guerra solo podría agravar. Prácticamente un 60% de los norteamericanos desaprueban su gestión, según el seguimiento que hace el semanario The Economist. Solo el 16% de los encuestados creen que el estrecho de Ormuz quedará abierto permanentemente después del conflicto, y el 54% aseguran que ir a la guerra fue una decisión equivocada.
En la gran semana de la celebración del 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos, el legado de Trump va acumulando despropósitos y desprecios a las bases del sistema democrático del país. El país ha quedado debilitado, precisamente, por un poder presidencial reforzado con el aval de un Tribunal Supremo, y un poder militar que se ha visto confrontado a Irán.
La agenda de Trump vive atrapada en sus propias obsesiones, nacionales y globales. Hace solo unos días, el presidente se negó a firmar el proyecto de ley de vivienda, que intenta controlar los precios en el sector inmobiliario –una de las prioridades de su partido de cara a las elecciones de medio mandato–, hasta que la mayoría republicana en la Cámara le aprobara la propuesta legislativa que a él le importa más: la ley Save America, que supuestamente ha de impedir el fraude electoral generalizado que Trump denuncia a pesar de no tener ninguna evidencia. Con la excusa de un riesgo de “interferencia” de Irán en las elecciones de los EE. UU., el presidente empieza a desplegar su propia injerencia sobre un sistema y un partido que van cogiendo distancia de Trump y de su realidad desconectada.