La vulnerabilidad geopolítica y el comercio

La desalinizadora del Prat de Llobregat.
25/07/2026 - 18:01 h.
Economista, UPF y BSE
3 min

Una ordenación abierta del comercio internacional goza, a su favor, de una razón de peso: puede proveer bienes y servicios a un precio comparativamente bajo y, al mismo tiempo, proporcionar mercados a las empresas que los pueden proveer desde algún rincón del mundo. Unos y otros, consumidores y productores, se benefician. Las ganancias pueden ser muy considerables, y de ahí que su volumen (suma de exportaciones e importaciones) haya llegado al 60% del PIB mundial.

Con el volumen ha crecido la complejidad territorial de las cadenas de producción. Inevitablemente, y no siempre es un hecho suficientemente apreciado, ha aumentado también la vulnerabilidad ante disrupciones repentinas. Simplificando, las hay de dos tipos: las naturales y las geopolíticas.

Una disrupción natural sería la pandemia. También aplico el término a las consecuencias del bloqueo del estrecho de Ormuz. Hay mucho en común entre los efectos de un volcán y los del presidente Trump: ambos actúan sin pensar. Debemos contar, pues, que tendremos disrupciones y que habrá que prever y minimizar sus efectos sin renunciar a los beneficios del comercio internacional. Para ello necesitaremos políticas públicas que fomenten la constitución de stocks, la diversificación de fuentes de suministro y, en algunos casos, incluso el mantenimiento de unidades productivas ociosas pero con capacidad de arrancar rápidamente (modelo: las desaladoras). Hay que decir, sin embargo, que no podremos guiarnos por un principio absoluto de prudencia. Pretender aislarnos completamente del riesgo natural pediría tantos recursos que nos empobrecería hasta niveles no tolerables.

Con el término vulnerabilidad geopolítica me quiero referir a las consecuencias que surgen cuando la interdependencia económica se decanta hacia la dependencia, para, a continuación, ser invitados a la sumisión política. Putin nos dice: “Tengo gas natural y exijo Ucrania”; Trump nos dice: “Os proveo protección y exijo Groenlandia”. Es una situación que está llevando Europa hacia la agenda de lo que se ha llamado autonomía estratégica. Una parte de lo que plantea esta agenda es similar a lo que se recomienda para gestionar las disrupciones naturales. Pero su razón de ser es más profunda, ya que aquí el propósito de ser menos vulnerable no es simplemente sufrir menos cuando se produzcan las disrupciones, sino también debilitar la posición negociadora de un disruptor que quizás piensa de vez en cuando. Y así, evitarlas. Ahora bien, aunque se eviten, las contramedidas deben ser permanentes. Una vez revelada la posibilidad de chantaje político, la confianza está rota, y que no pase nada es simplemente señal de que las contramedidas funcionan. Deben mantenerse en vigilancia perpetua. Un corolario es que no pueden ser medidas extremas para tiempos extraordinarios. No sería sostenible. Deben construirse de manera gradual, y cuidadosa a la hora de optimizar los costes económicos. No pueden incorporar, por ejemplo, una aspiración generalizada a la autosuficiencia. En muchos ámbitos, como el de la energía, prosperarán las políticas inteligentes de diversificación de proveedores. Si en algún ámbito –como los que tienen una relación medular con la defensa– la autosuficiencia se considera indispensable, esta debería ser planificada con perímetro europeo (ninguna región europea ha de aspirar a ello) pero con implantación distribuida (todas las regiones pueden llegar a ser parte de ella).

La autonomía estratégica será imposible sin empresas europeas, es decir, empresas con sede y órganos de decisión que viven jurídicamente en el marco normativo europeo. En particular, no podemos permitirnos estar completamente ausentes en áreas transversales donde hoy hemos perdido el tren, como las relacionadas con internet, las redes sociales o la IA. Para estimular la vitalidad empresarial europea en la frontera de la tecnología nos hace falta implementar todo el programa de los informes Letta y Draghi. Y también activismo público en dominios como la investigación, la compra pública, la flexibilidad normativa y la facilitación de la financiación, que puede incluir participaciones en el capital. Y evitar, no por decreto sino por decisión de los emprendedores, que lo que nazca en Europa se vaya, desproporcionadamente, de Europa.

Pero hay una cosa que no debemos hacer: proteger las tecnologías del pasado. Eso sería suicida. Si, por ejemplo, Europa limita –con aranceles o con pactos con el gobierno chino– la entrada de vehículos eléctricos, debe ser a condición de que, de manera verificable, las empresas europeas del sector se reconviertan al vehículo eléctrico y entre todos, públicos y privados, lo promovamos decisivamente. El motor de combustión es una maravilla técnica, puede subsistir como el vinilo en la era de la música digital, pero el futuro es eléctrico.

stats