Twitter rebrands to X
15/04/2026
Sociólogo
3 min

Cuando iba a la escuela, X era la incógnita a despejar. Entonces lo llamábamos “despejar”, porque lo que era una verdadera incógnita escolar era el catalán. La X de ahora ya no es aquella incógnita que había que encontrar en la ecuación de álgebra. La empezamos a conocer bastante bien. Quizá no se sabe todo, porque los algoritmos que la guían son complejos y no son fáciles de desentrañar. ¡Como tampoco lo es el alma humana! Pero sí que sabemos qué pretenden: que nos enganchemos a ella, que dependamos de ella, que nos irriten y que reaccionemos a ella. Y para conseguir todo esto, hacen que X esté entrenada para darnos la razón o para provocar una respuesta si nos la discuten. Los algoritmos de X parecen establecer la moral polarizada de nuestro tiempo.

Es cierto que X aún es útil para obtener información por vías abiertas y libres. Pero hace circular tanta información como desinformación. Y despejar la X ya no sirve para obtener el resultado exacto de la ecuación, sino que su papel es, a la vez, orientar y confundir, adherir y enfrentar, unir y separar, a serenar y angustiar, someter y alborotar... Sirve para resquebrajar hegemonías informativas, sí, pero también para todo lo contrario: para crear nuevas y disimuladas sumisiones desinformadas. No me gusta atribuir cualidades morales a las máquinas y decir que se ha convertido en un instrumento diabólico. Me resisto, porque lo que veo es la capacidad de desvelar y aprovecharse tanto de las fortalezas como de las debilidades más humanas, y de llevarlas al extremo. En cualquier caso, lo que es seguro es que el algoritmo no debería ser una excusa para desresponsabilizarnos del uso que hacemos de la máquina, como tampoco podemos escondernos bajo las faldas de la condición humana para justificar nuestros crímenes.

Recordemos un caso reciente. Al inicio del camino hacia la independencia, en 2006, con el fracaso de la reforma del Estatut y cuando X aún era Twitter, esta herramienta fue fundamental para romper la uniformidad informativa institucional de entonces. Los primeros años del proceso independentista, de aquel desvelamiento popular, o lo encontrabas en la red o no lo veías en los grandes medios hegemónicos. Además, en plena batalla, fue en Twitter donde descubrimos que con muy poca fuerza, con cuatro líneas o una imagen, podíamos reírnos de los agresores más grandes. Recordad cómo nos reímos del ministro García-Margallo cuando nos amenazaba sobre una futura nación perdida por las galaxias. Y de cómo denigramos a Sáenz de Santamaría cuando pretendía haber puesto “en liquidación” toda una voluntad popular democrática. O cómo hacíamos correr aquellos inspiradores lipdubs, como el de Vic. Pero después también supimos que era a través de los móviles y las redes que nos espiaban de manera ilegal, y, sobre todo, hemos visto que más tarde se ha empleado X y otras aplicaciones para alimentar el viejo autoodio catalán, tan fácil de hacer crecer cuando te sientes derrotado. 

Ahora, con los algoritmos más afinados, X está al servicio del sesgo de confirmación, uno de los mecanismos humanos que más han servido para crear vínculos grupales, para diferenciarnos de los que ponen el grupo en peligro, y para reforzar los propios prejuicios con el fin de hacernos sentir seguros dentro de nuestro pequeño mundo. Un instrumento extraordinariamente complejo que reproduce mecanismos cerebrales más viejos y profundos de la especie. Por decirlo con una exageración: ¡qué humanos son los algoritmos! ¡Qué bien que nos conocen! ¡Cómo se nos parecen! Y, en todo caso, si nos diferenciamos solo es porque perfeccionan nuestras virtudes, maldades y debilidades. 

Para comprobar el acierto del argumento de esto que ahora escribo, con pocos días de diferencia hice dos tuits en X de contenido político contradictorio. En uno decía que esperaba ver a Trump y Netanyahu ante el Tribunal de Derechos Humanos juzgados por crímenes contra la humanidad. En el otro sugería que querer evitar que el Líbano se convirtiera en una nueva Gaza, como proponía Pedro Sánchez, debía significar que había que expulsar a Hezbollah. No hace falta decir que, tanto si fueron comentarios a favor –pocos– como en contra –la mayoría–, las respuestas me situaban, sin matices, en una banda ideológica del conflicto o en la otra. Podía pasar, gracias a la astucia del algoritmo entrenado para provocar la reacción visceral, de ser un antisemita confeso a ser un cómplice de genocidio. Las reacciones pasaban de la adhesión absoluta a ni siquiera ser reproducibles en un espacio como este porque entrarían perfectamente dentro de lo que ahora llaman delito de odio. Y, por cierto, ¿quién dice que ambos tuits no podían ser sostenidos de manera consistente?

En conclusión: X ya no es aquella incógnita pendiente de aislar. De hecho, X somos todos nosotros llevados al extremo. Y, quizás, por eso nos incomoda: porque pone al descubierto nuestra vulnerable condición humana.

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