Reportatge
Sociedad 01/09/2022

Barcelona latina, mucho más que reguetón

La migración latinoamericana multiplica la riqueza musical de la ciudad y crea un circuito con decenas de géneros y centenares de conciertos oficiales y espontáneos

11 min
El chiringuito  Camping del Poblenou.

"¡Diablo!" Se oye un grito desde la pista de baloncesto del Parc de l'Espanya Industrial, de rabia o celebración, habitual entre los jóvenes dominicanos musculados que dominan las canchas de baloncesto. Entre las chimeneas que rodean el recinto, Vanessa empieza a preparar su grupo de baile popular boliviano. Lo que bailan se llama caporales y es una más de las decenas o centenares de expresiones culturales con las que los ciudadanos latinoamericanos enriquecen Barcelona sin que gran parte de la ciudad se entere o preste mucha atención.

Lo hacen por amor a la tierra, por inercia festiva, para tejer comunidad con unos compatriotas con los cuales comparten un camino migratorio nunca fácil, a menudo lleno de heridas, pero también de alegrías. “Con la música, el baile y la comida nos sentimos más cerca de nuestra tierra”, dice Vanessa. En pocos minutos han llegado unos 200 jóvenes de al menos cinco grupos diferentes de caporales, que llenan este espacio gris cerca de la estación de Sants con vestidos de colores vivos.

Ensayo del baile de caporales en el Parc de l'Espanya Industrial de Barcelona.

Sin tan siquiera salir del parque, la fuerte impronta latinoamericana se siente en altavoces que escupen cumbia o reguetón, en los grupos de morenada (otro baile boliviano) y en las clases de salsa, y a pocos metros de allí, en los carteles que empapelan el barrio, unos con las fiestas nacionales de Bolivia y de Ecuador que se acaban de celebrar a principios de agosto en el Parc del Fòrum, otros con el retorno de Los Van Van, estrellas del songo, a Razzmatazz. E incluso encontramos un cartel de La Guía Latina, que intenta aglutinar los negocios de este amplio continente vertebrado por una cultura atravesada por la supervivencia, la música, la vida en la calle y las heridas coloniales.

De los cerca de 350.000 extranjeros empadronados en la ciudad de Barcelona (Idescat, 2021), unos 112.000, casi el 33%, son latinoamericanos, y esto sin contar a los no empadronados o los que lo están con pasaporte europeo, que son muchos. Colombianos (15.294), hondureños (14.356), venezolanos (13.112) y peruanos (12.266) lideran el ranking, seguidos de argentinos (9.195), bolivianos (7.475), brasileños (7.444) y ecuatorianos (6.827). Son miles de historias de vida, que, más allá de las heridas y aventuras que acompañan cualquier migración, nutren la ciudad con expresiones culturales folclóricas, modernas y también combinaciones entre las dos. Y disfrutan de lo lindo con conciertos como los que Juan Luis Guerra y Rubén Blades han ofrecido recientemente en el Festival Cruïlla u otros más alternativos como la rapera y cumbiera Sara Hebe, que, además, tocó en la sala 2 de la Apolo el mismo día del mes de junio pasado que en la sala del lado lo hacían los cumbieros Chico Trujillo.

Huella afroboliviana en Sants

Pero algunas de estas huellas culturales son insospechadas, como la fuerte herencia africana que dejaron los esclavos en forma de bailes en Bolivia. Lo explica Vanessa, que ahora dirige la tropa cholitas de la filial en Barcelona de la fraternidad de caporales San Simón de Cochabamba.

Tiene 35 años y hace 13 que llegó a Barcelona. De pequeña había bailado danzas tradicionales de diferentes tipos en Bolivia. “Me di cuenta de que así era como perdía la timidez”, dice. Cuando llevaba ocho meses en Barcelona, bastante desconectada de los bailes y de su país, se encontró por casualidad con un espectáculo de bailes tradicionales bolivianos en las fiestas de la Mercè. “Desde entonces, no he dejado de bailar ni una sola semana”, añade.

Vanessa Ibarra, miembro de la Tropa Cholitas Caporales San Simón Cochabamba durante un ensayo del baile de caporales de Bolivia, en el Parc de l'Espanya Industrial, Barcelona.
Ensayo del grupo de caporales

“Los esclavos africanos eran traídos a Potosí para trabajar en las minas, pero hacía demasiado frío. Yo me crié allí hasta los cinco años, la tierra se hiela, y desde que salí de allá tuve claro que no quería volver por el frío. La cuestión es que estos esclavos eran llevados a zonas tropicales del país, sobre todo a Los Yungas, donde todavía perviven los descendentes”, añade Vanessa.

Allá crearon una danza afroboliviana, la saya, que evolucionó primero al tundique y en los 70 a caporales. Son coreografías en grupo. “Los hombres bailan de una manera más ruda; las chicas, más fina”, explica Vanessa.

La quena –o flauta de los Andes–, la zampoña, los silbatos y otros instrumentos como el charango, la conga o las maracas componen los sonidos, a pesar de que en Barcelona el que está realmente popularizado es el baile y los ensayos reúnen a centenares de personas en Sants, donde las canciones suenan por altavoces portátiles.

Cuando pueden, además, las fraternidades viajan a otros países europeos donde hay otras filiales. Y una vez al año, curiosamente el Día de la Hispanidad, el 12 de octubre, llenan el Passeig de Gràcia con decenas de grupos bailando caporales en un desfile.

La cumbia psicodélica

Más conocida que los caporales, la cumbia es uno de los géneros latinoamericanos más internacionales. A pesar de que nació en Colombia fruto del contacto entre indígenas y africanos y también con ciertos rasgos de la cultura colonial española, se ha esparcido por toda América Latina con diferentes modalidades (hay cumbia argentina, mexicana…) y siempre en evolución, desde los primeros orígenes con tambores africanos y gaitas y flautas indígenas alrededor del fuego hasta los últimos contactos con la electrónica o incluso el reguetón, ahora con el güiro o güira y su sonido característico como elemento vertebrador de la mayoría de las modalidades.

A pesar de que, como en todos los géneros, todavía hay puristas, hay otros que defienden que “la cumbia nació como mezcla y como mezcla se tiene que tocar”. “Y también es viajera, por eso estamos aquí en Barcelona, migrantes, tocándola”, añaden. Son palabras de Paco, cantante de Cholo, un grupo que mezcla la chicha peruana –es decir, la cumbia con tonalidades de rock psicodélico nacida en Perú en los 70– con el rap, con un potentísimo directo que llena casi siempre que toca en las pequeñas salas del underground barcelonés.

Ensayo del grupo de cumbia Cholo
Ensayo del grupo de cumbia Cholo en Ape Soul Studio.

La más habitual para recibir este tipo de conciertos es el Diobar, donde Cholo ha tocado en varias ocasiones. El Diobar es, de hecho, uno de los pequeños motores de la escena musical latina local (programan forró, salsa…) y de la cumbia en particular, que en Barcelona va más allá de Cholo y dialoga con el rock, la electrónica y otros géneros de la mano de DJs y también de grupos como Balkumbia, que aporta, además, unos cuántos gramos de música balcánica. Son todos grupos pequeñitos en las redes con una comunidad muy fiel a los conciertos, que se concentra y potencia cada año con el festival Que No Kumbia el Pánico.

Paco, peruano –a la vez rapero y punk como los Rage Against The Machine o los Beastie Boys–, formó primero un grupo de punk con Steven, guitarrista irlandés, ya hace unos cuatro o cinco años. Fue por Paco que Steven empezó a oír hablar de la cumbia, después escuchó las típicas listas de mejores canciones, hasta que empezaron a tocar algunas en directo y vieron que les funcionaban mucho mejor que las de rock.

Su propuesta es bailable y a la vez combativa, de raíces y a la vez internacional, con letras que buscan en la cotidianidad la reivindicación, sea explicando la precariedad y tristeza de alguien que se ha quedado sin trabajo o señalando como “ratas” a aquellos que prefieren pisar a ayudar.

Ahora, además de ellos, el grupo cuenta con un total de siete componentes. La mayoría llegaron a Barcelona por amor. Elvin, percusionista norteamericano hijo de paraguayos que toca el tres cubano y que alterna Cholo con otras bandas, como la que tiene de boleros en la calle Blai con la gorra; Coco, cantante peruano con familia en Italia que relata su calvario para conseguir los papeles y que ahora se gana la vida vigilando las vallas de rodajes de audiovisuales; Miguel, bajista peruano que llegó de pequeño con el reagrupamiento familiar de sus padres; o Antonio, batería y diseñador que ahora trabaja de moderador de contenido en Facebook, a las oficinas de la Torre Glòries.

La horizontalidad de la samba

En las oficinas de Facebook trabajan centenares de latinoamericanos y también lo hace Caio, brasileño de 38 años y uno de los integrantes del Samba Callejero que desde hace unas semanas tiene lugar en el chiringuito Camping del Poblenou. Él ya tocaba en Río de Janeiro, de donde es originario, pero al llegar a Barcelona hace tres años dejó estar la música. “Hasta que me animaron a tocar y después aún compré un surdo (un tambor enorme que se toca en la samba )”, explica, y remata entre risas: “No sabía ni dónde guardarlo, así que me dije: «Hombre, ahora que lo has comprado, lo tendrás que tocar»”.

Ahora bien, la cosa todavía se le puso más fácil para seguir tocando cuando hace nueve meses llegó Chico, un buen amigo suyo de Río que se quedó los primeros días con su cavaquinho (pequeña guitarra propia de la samba) durmiendo en su casa. “Salí del aeropuerto, llegué a su casa y al cabo de unos minutos salimos a tocar samba a la calle”, comenta Chico.