Inmigración

"También hay guetos de inmigrantes ricos”: la segregación en Cataluña

La concentración de extranjeros en ciertos barrios tiene más que ver con la capacidad económica y el acceso a la vivienda que el origen

Una calle del barrio de Gràcia de Barcelona
7 min

BarcelonaA la familia Martínez Mejía les han denegado cuatro veces una hipoteca, a pesar de que les avala el sueldo de los cuatro miembros, y tienen que continuar viviendo de alquiler en un piso de La Torrassa —un barrio de L'Hospitalet en el que el 54% de los vecinos han nacido en el extranjero— que casi se cae a pedazos. El piso es tan pequeño que uno de los hijos, en la veintena, tiene que dormir en la habitación con los padres. A los Khan, la buena nómina que aporta el padre no les abre puertas de las viviendas que les gustan y que podrían pagar. “Ni con dinero puedo vivir donde quiero”, se queja Atusa Khan. El matrimonio y las dos hijas pequeñas están realquilados en el barrio de El Raval de Barcelona –con un 64% de los vecinos nacidos en el extranjero.

La queja de Khan constituye la respuesta a la fotografía dedónde vive hoy la población inmigrante en Cataluña, publicada por el ARA a partir de datos del INE, coincidiendo con el arranque de la regularización extraordinaria de las 150.000 personas que ya viven —y hasta trabajan— en Cataluña. “Vives donde puedes y te dejan vivir”, resume gráficamente Lucila Rodríguez-Alarcón, directora general de la Fundación PorCausa, centrada en las narrativas de la inmigración. Los Johnson son una familia californiana que justo después de la pandemia se instalaron en el barrio de Gràcia de Barcelona –con un 31% de los vecinos nacidos en el extranjero– y pagan un alquiler que casi cuadriplica el salario mínimo interprofesional; a pesar de ello, han comprado un par de pisos: uno lo vendieron al año siguiente y el otro lo están renovando para destinarlo a alquiler de temporada. Las dos hijas adolescentes van a una escuela internacional, y para ellos el castellano y el catalán son lenguas extrañas, porque su vida social sigue siendo con un círculo angloparlante.

Segregación voluntaria

A partir de aquí, Rodríguez-Alarcón sentencia que “hay guetos de inmigrantes ricos” dentro de la ciudad y en las urbanizaciones que facilitan el aislamiento físico. En la misma línea, el geógrafo José Lasala indica que “la mayor segregación se da en los barrios más favorecidos porque es una separación voluntaria, mientras que a los más desfavorecidos van a parar las personas con menos capacidad económica”. Lasala es doctorando y miembro de Fragmedcites, un proyecto que lidera, entre otros, la Universitat de Lleida para analizar la fragmentación en las ciudades medianas españolas (con Lleida, Manresa y Girona entre las catalanas).

Del análisis del mapa de Catalunya se advierte que los dos millones de extranjeros –25% del censo– que residen en el país se concentran mayoritariamente en grandes ciudades del área metropolitana de Barcelona, y en menor medida en la periferia, aunque con grandes excepciones –como Guissona, Salt, la Jonquera, con tasas muy por encima de la media catalana–. Fuera de la gran conurbación barcelonesa, Lasala señala que la segregación física es más complicada en localidades pequeñas o medianas debido a sus dimensiones, pero las barreras físicas se sustituyen por las simbólicas y el sentimiento de "legitimidad urbana" de unos por ocupar estos barrios y de los otros por estigmatizarlos y no pisarlos.

¿Cómo se explica esta concentración? ¿Se puede hablar de sociedades segregadas? “En Cataluña no hemos llegado al punto de los Países Bajos, Francia y Bélgica, con barrios hipermarginalizados, pero se están empezando a dar las condiciones materiales y económicas para acabar así”, responde Lasala, que advierte que las administraciones repiten los mismos errores de hace décadas, concentrando en determinados barrios o en zonas periféricas de las ciudades las pocas promociones de vivienda pública que se construyen. Además, con un mercado inmobiliario salvaje, casi la única salida de los inmigrantes pobres es vivir en los barrios más desfavorecidos socialmente, donde las viviendas son de peor calidad, más pequeñas y antiguas o con una falta de inversión de años que han provocado su degradación y que acabará haciendo que solo vivan allí quienes no tienen ninguna otra posibilidad.

Una vez desterrado el concepto gueto, porque supone criminalizar a las personas, Jordi Bayona, profesor de la Universidad de Barcelona (UB) e investigador asociado del Centro de Estudios Demográficos, habla de “concentración” y coincide en que en Cataluña es de un "nivel medio, seguramente más bajo que el de hace décadas", cuando la población recién llegada tuvo que apañárselas para alojarse en barracas y cuevas o en los barrios segregados en los polígonos. A diferencia de otras zonas de España, la inmigración aquí es “estructural”, y aumenta con la bonanza económica y se frena con las crisis. Por eso, apunta, hay que tener preparado un sistema de acogida y subraya también que el nivel de integración depende en cierta medida del momento de llegada al país. “Los que llegaron hace 10 o 15 años seguramente no tuvieron tantos problemas para encontrar un alquiler como los que llegan ahora”, reflexiona.

Renta y vivienda

Según Lasala, hay tres factores que indican el nivel de segregación de un barrio: el lugar de nacimiento de los vecinos, el nivel de instrucción y la renta disponible. Lógicamente, los tres “van de la mano” y son los responsables de distribuir la población por barrios: ricos con ricos y pobres con pobres, independientemente de la nacionalidad o el origen. “Si la vivienda se estratifica, se acaba estratificando la población”, concluye.

Rodríguez-Alarcón también incide en el hecho de que es necesario un cambio de políticas para fomentar la “mezcla social” y huir de los planteamientos de Francia o Bélgica, que crearon mucha oferta pública para acoger la inmigración procedente de las excolonias. La concentración creó guetos y contribuyó a una confrontación social que todavía se arrastra. La experta también dice que “los servicios públicos” de calidad “eliminan” la segregación porque “igualan a todo el mundo” y facilitan que unos y otros ocupen los mismos lugares, ya sean escuelas o centros médicos. El peligro que ve Lasala es que “se acaben revalorizando los precios de los pisos” porque, al final, quien recibe es quien menos tiene y menos puede decidir.

En una plaza del barrio de Buenos Aires de Martorell, pasa la tarde un grupo de vecinas en la ochentena que hace sesenta estrenaron los pisos de protección oficial del Patronato de la Vivienda del régimen franquista. Charlan de sus cosas mezclando el catalán y el castellano. Unas vinieron de regiones del sur de España en la gran ola migratoria que cambió Cataluña para siempre. Las otras son catalanas de pura cepa. Hoy, en el barrio, el 27% de los residentes son nacidos en el extranjero, superando en dos puntos la media del municipio y muy por debajo del 36% de los núcleos históricos. “Con mi marido vinimos de un pueblo de Sevilla porque en Martorell conocíamos unos compadres que nos alquilaron una habitación; en un piso vivíamos tres parejas”, explica Lola González.

La historia no es muy diferente de la que viven algunos jóvenes subsaharianos que ocupan otro banco de la plaza y que charlan en inglés, la lengua colonial que comparten, ya que la mayoría proceden de Nigeria y Ghana. Explican que han venido a parar a Martorell porque allí tienen amigos que les dijeron que habría trabajo –la mayoría trabaja en empresas de los alrededores–, y en este barrio concretamente porque con esfuerzos lo han tenido más fácil para encontrar un realquiler compartido con compatriotas. “¿Alguien sabe de una habitación?”, pregunta una mujer joven, también nigeriana, en una lavandería que frecuenta la población inmigrante.

Este patrón, el de seguir el camino de conocidos, es un patrón que se repite siempre en todas las migraciones. “Los que llegan buscan una comunidad de acogida”, afirma Rodríguez-Alarcón. El boca a boca entre paisanos que crean red –con una lengua, una cultura y unas costumbres similares– se activa, por un lado, cuando existe la necesidad de emigrar para mejorar las condiciones o para huir de persecuciones y guerras y, por otro, cuando la sociedad de acogida requiere mano de obra para mantener la actividad laboral y el bienestar general. Algunos barrios ahora turistificados, como los Chinatown o los Little Italy de ciudades norteamericanas, o la lucha vecinal nostrada del barrio barcelonés de Torre Baró que retrata El 47 son buena muestra de la convivencia entre los que comparten lengua, cultura y costumbres.

Racismo inmobiliario

La queja que Atusa Khan expresaba al inicio de este texto se dirigía a las inmobiliarias, a las cuales acusa de discriminarla por su nombre. No es una percepción personal sino que el “racismo inmobiliario” es una práctica “estructural”, en palabras de Aliou Diallo, investigador de la Universidad de Girona que hace poco publicó un informe sobre esta cuestión encargado por la Generalitat. Este politólogo afirma que las inmobiliarias se han convertido en “agentes que diseñan los barrios, haciendo planificación y decidiendo quién puede vivir allí”. En definitiva, asegura que cuando una persona racializada (incluso con pasaporte español) se presenta en uno de estos establecimientos la reciben “por defecto” como una persona empobrecida y que “hará perder valor” al edificio donde vaya a vivir. De esta manera, incluso cuando hay “una solvencia contrastada” se han encontrado casos en que se les ofrece un piso “en mal estado o que se tiene que rehacer por completo”.

Con los años, los barrios más degradados o con una oferta de viviendas más barata han ido cambiando de tipología de vecinos. A medida que la biología ha hecho vía y los residentes envejecen y mueren, o se trasladan a zonas acomodadas, en muchos de los pisos ha entrado una población extranjera más joven, señala el demógrafo Bayona. Estos movimientos permiten que se asienten personas nuevas y que los viejos vendan la vivienda y, por tanto, se produce una “convivencia que no es solo de diferentes orígenes sino de diferentes edades”. El mismo proceso se produce en los centros históricos de ciudades medianas “que no se han turistificado”, apunta el geógrafo de la Universitat de Lleida, señalando la degradación de los de Lleida, Manresa o Balaguer.

Por el contrario, el de Girona se ha gentrificado y ha captado inmigración europea con un alto nivel económico y ha hecho disparar los precios de la vivienda. En estos barrios de ricos, que dice la investigadora de PorCausa, no solo la vivienda es más cara que la media sino que el comercio y los restaurantes se encarecen, lo que crea barreras invisibles para el resto. “Los ricos también crean espacios propios”, insiste.

stats