Reportaje

Refugios climáticos: del mar de Weddell a la Fageda d'en Jordà

Algunos lugares del mundo se han convertido en refugios contra el cambio climático y dan más tiempo a las especies silvestres para adaptarse: son pequeños paraísos que habría que preservar

Vaya por delante que ningún lugar del mundo se salva del cambio climático. Pero a medida que se miran con lupa los impactos concretos del calentamiento global, emergen algunos espacios de esperanza donde la vida se abre paso, para sorpresa (y maravilla) de los científicos. Una numerosa colonia de pingüinos de Adelia que ha conseguido mantenerse intacta en el mar de Weddell; un lago en el bosque boreal de Canadá que refresca el ambiente que lo rodea, e incluso aquí, en Catalunya, una mariposa que está desapareciendo debido al cambio climático se mantiene milagrosamente estable en algunos lugares de la Fageda d'en Jordà.

Algunos lugares del mundo actúan de amortiguadores de la crisis climática y se convierten en refugios de biodiversidad. Dan algo más de tiempo a las especies silvestres que viven allí para adaptarse al impacto de la crisis climática. Tanto es así que, desde hace una veintena de años, hay una rama de la ciencia climática que se dedica específicamente a intentar localizar estos “refugios del cambio climático” (climate change refugia). El objetivo principal es aprender los mecanismos de adaptación y a la vez priorizar los esfuerzos para conservarlos, porque estos pequeños paraísos se tienen que proteger.

Es un estudio, además, que aprende del pasado. “Se ha comprobado que en la última glaciación algunas zonas de Sudamérica se mantuvieron más calientes y que incluso algunos pequeños rincones de Norteamérica también sirvieron de microrrefugios para algunas especies”, explica Gunnar Keppel, de la Universidad del Sur de Australia, que hace años que lo investiga.

A pesar de que el cambio climático actual es muy diferente de los anteriores –la transformación será esta vez cosa de años o siglos, en vez de millones de años–, los científicos confían que también esta vez algunos lugares del mundo protejan a ciertas especies y les permitan sobrevivir, aunque sea solo durante un tiempo más que el resto. Hacen modelos climáticos para predecir donde están estos refugios y, en algunos casos, en expediciones sobre el terreno encuentran espacios naturales que resisten mejor de lo que se pensaba la crisis más grave que afronta nuestro planeta. 

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Los artículos sobre la emergencia climática se centran a menudo en los lugares en primera línea de fuego, los que más sufren ahora mismo el impacto. Hoy ponemos el foco en el extremo contrario. Los espacios que se salvan, de momento –y no sabemos hasta cuándo: dependerá de nosotros, los humanos–, y que precisamente por eso se tendrían que preservar. Si las emisiones de gases de efecto invernadero no se paran, estos espacios muy probablemente tampoco tendrán salvación. Pero quizás serán los últimos en desaparecer. 

MAR DE WEDDELL

Muy cerca del lugar donde se han encontrado los restos del Endurance –el barco del explorador Ernest Shackleton que se hundió el 1915 al mar de Weddell–, una expedición científica ha hecho un hallazgo mucho más feliz este mismo mes de enero. En tres islas de este remoto mar de la Antártida se encontraron 40.000 crías de pingüino de Adelia, lo cual significa que las poblaciones de esta especie en la zona se han mantenido estables. Toda una sorpresa, si se tiene en cuenta que solo 250 kilómetros al norte, ya en el océano Glacial Antártico, una expedición previa había descubierto que las poblaciones de pingüinos de cara blanca de la Isla Elefante se habían reducido un 77% en cincuenta años.

La crisis climática afecta con fuerza al continente antártico, hasta el punto de que este marzo, el mismo mes que localizaban el Endurance hundido, la estación Concordia en el este de la Antártida registraba una temperatura récord de -11,8 ºC: 40 grados más alta de lo que es habitual en esta época.

En el noroeste, en cambio, el descubrimiento de los pingüinos en el mar de Weddell aporta “un poco de esperanza”, en palabras de Laura Meller, bióloga de Greenpeace que iba a bordo del Arctic Sunrise, el barco que hizo el hallazgo. Científicos de la Universidad Stony Brook de Nueva York formaban parte de la expedición y, de hecho, fueron ellos los que saltaron en las islas Devil, Vortex y Penguin Point para contar pingüinos, en muchos casos “a mano”. “Tenemos que mantener una distancia mínima de cinco metros para no inmiscuirnos, pero desde hace unos seis años también usamos drones que nos permiten contar crías cuando hay poblaciones muy numerosas como estas”, explica Heather Lynch, que encabeza la investigación de Stony Brook, a pesar de que no iba a bordo del barco. “En investigaciones previas a la nuestra, los modelos climáticos sugerían que esta región se mantendría estable durante más tiempo que otras partes de la Antártida, que sufrirá menos el impacto [del cambio climático], pero no sabíamos si esto ayudaría o no a los pingüinos y ahora sabemos que sí”, dice Lynch. Queda probado que esta zona del mar de Weddell actúa como un refugio climático que preserva tanto a los pingüinos de Adelia como a otros pájaros marinos que viven allí desde hace mucho tiempo. Quizás tiene que ver, dice Lynch, con el hecho de que “una sección enorme del mar de Weddell está cubierta por una enorme banquisa [conjunto de placas de hielo] y probablemente haya una gran reserva de hielo que provee el hábitat que requiere el kril [crustáceos] de la Antártida”, la base de la cadena trófica.

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Propuesta de zona protegida

Meller destaca el hecho de que la zona “está relativamente libre de la presión humana” y de la explotación pesquera (de krill) que sí que afecta al otro lado de la península Antártica, donde las poblaciones de pingüinos decrecen rápidamente. Por eso, pide que “se preserve la zona” para que pueda continuar siendo un refugio climático. De hecho, hace más de diez años que hay una propuesta para crear un gran área protegida en la región, que incluye el mar de Weddell y la costa oeste de la península. “Crearía el área marina protegida más grande del planeta, pero el organismo que lo tiene que decidir, la Comisión del Oceà Antártico, no se pone de acuerdo porque es la misma que concede los permisos de pesca de kril”, dice Meller. El próximo octubre se tiene que volver a debatir.

La gran banquisa que mencionaba Lynch –la que crea las condiciones idóneas para el kril en el mar de Weddell– es también la que mantiene alejada la pesca a gran escala y protege la zona del impacto directo del hombre. Lo que hace hoy del mar de Weddell uno de los pocos refugios climáticos que quedan en el planeta es, probablemente, el mismo hielo impracticable que hundió el barco de Shackleton hace más de un siglo. 

BOSQUE BOREAL DE CANADÁ

Un 30% de los bosques boreales del mundo están en Canadá. Es un ecosistema que sufre mucho el impacto de la emergencia climática, con incendios cada vez más frecuentes e intensos y un permafrost que se derrite más deprisa de lo que se preveía. Pero no todo son malas noticias. Científicos como Diana Stralberg del Servicio Forestal del Canadá, con compañeros de la Universidad de Alberta, han conseguido identificar zonas que actúan como refugio climático de la vida salvaje. “Esto nos permite saber cuáles son las zonas que hay que proteger más”, explica. Algunos de estos estudios se han centrado en la turba, una zona que acumula mucho carbono almacenado y que en algunos lugares ha resultado ser “más resiliente a los incendios” que en otros, comenta Stralberg.

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Otros análisis se centran en las montañas, donde varias especies de pájaros cantores que son muy vulnerables al cambio climático tienen más oportunidades de adaptarse, vistas las variaciones en los microclimas. Pero todavía hay una tercera área de investigación centrada en los grandes lagos de los bosques boreales canadienses. “Los lagos absorben el calor y reducen la temperatura en la zona, actúan como si fueran un aire acondicionado que refresca el paisaje. Los modelos climáticos no tenían en cuenta este efecto de los lagos, pero ahora ya sabemos que en el futuro conseguirán amortiguar un poco el aumento de las temperaturas en la zona”, dice Stralberg. Serán refugios climáticos. Y ya lo empiezan a ser para algunas especies de pájaros como la reinita atigrada de la foto.

El impacto de la actividad humana

Localizar estos lugares es útil para centrar los esfuerzos de conservación. “Mucha investigación sobre refugios solo mira los modelos climáticos, pero hay que mirar también las condiciones del bosque, hasta qué punto está íntegro o degradado por el efecto de la actividad humana”, apunta Hedley Grantham de la Wildlife Conservation Society. Cuanto más intacto, más posibilidades de actuar de refugio. Grantham participa en un estudio que ha identificado algunos refugios climáticos en bosques del mundo, pero no puede adelantar sus resultados porque todavía no se han revisado.

“Entender cómo los ecosistemas responden al cambio climático es un proceso en marcha”, añade Stralberg. Entender dónde están estos “refugios climáticos” y priorizar su protección, dice, puede “dar a la vida salvaje una mejor oportunidad para adaptarse a las condiciones que el futuro les depara”. 

MAR DE LOS SARGAZOS

En el triángulo de las Bermudas está uno de los puntos más interesantes de la biodiversidad de los océanos. Es un lugar singular, porque en general el alta mar es muy pobre en nutrientes comparada con las costas, que es donde la mayoría de peces y animales marinos van a reproducirse y alimentarse. ¿El secreto? El alga de sargazo, que crece de manera natural en esta zona y genera un hábitat excelente para el fitoplancton, la base de la cadena trófica de muchos animales marinos. Es el mismo alga que inunda a menudo las playas caribeñas y obliga a cerrarlas al turismo: un efecto del cambio climático. Pero en este punto del océano, en cambio, se vuelve refugio para muchas especies.

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“Es una zona muy importante de reproducción de la anguila, por ejemplo, y también hay mucha presencia de reproductores de tortuga caretta”, explica Pilar Marcos, bióloga al frente de la campaña de los océanos de Greenpeace España. “Sí que es un refugio climático porque los índices de biodiversidad se han mantenido muy estables”, añade. Marcos organizó una expedición en 2019 y el único peligro que sí que encontraron fueron los plásticos: hay muchos.

El mar de los Sargazos sería una de las zonas que habría que incluir en el futuro Tratado de los Océanos, que se debatirá en agosto y que tendría que elevar al 30% la superficie marina protegida al mundo. “Es una zona en aguas internacionales y precisamente por eso tiene un alto índice de extracción pesquera” que habría que reducir, dice Marcos. Protegerla no sólo permitiría conservar un refugio de biodiversidad, sino que a la vez ayudaría a mitigar el cambio climático, porque el alga de sargazo, además, es una gran captadora de CO2. 

PARQUE DE YOSEMITE

“Los refugios del cambio climático son áreas relativamente protegidas del cambio climático contemporáneo y que permiten la persistencia de valiosos recursos ecológicos, físicos y culturales. Llegamos a esta definición a partir de conversaciones con gestores de recursos naturales, que de hecho querían añadir la palabra valioso porque decían que, al fin y al cabo, nos centramos en la gestión y preservación de aquello que a la sociedad le importa”, explica Toni Lyn Morelli, investigadora del USGS Northeast Climate Adaptation Science Center de Estados Unidos. Forma parte de un grupo de científicos norteamericanos que también han centrado sus esfuerzos en la identificación de estos refugios climáticos, dentro del campo de la adaptación al cambio climático. Es, de nuevo, una manera de orientar los esfuerzos de conservación.

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Dentro de la Sierra Nevada, en las praderas del parque natural de Yosemite, en California, Morelli y sus colegas han identificado decenas de microespacios donde un pequeño roedor típico de la zona ha conseguido mantenerse estable: los refugios climáticos de la ardilla de tierra de Belding (Urocitellus beldingi). “Hemos estudiado donde estaba presente hace cien años y dónde está ahora, y los lugares donde todavía se mantienen como antes se podrían definir como refugio”, resume Morelli. Pero deja claro que los refugios climáticos “no son zonas que no estén afectadas por el cambio climático”, porque desgraciadamente todo el planeta lo está afectado en mayor o menor medida, “sino que registran el efecto más lentamente”.

“[Los científicos] nos preguntamos a menudo hasta cuándo durará esta zona como refugio, porque no será para siempre. Algunas se mantendrán algo más frescas que el entorno, quizás demasiado calientes para un reno pero lo bastante frías para un rebeco, por ejemplo, y después también lo serán para el rebeco”, apunta. Serán los últimos reductos de vida natural tal como la conocemos. 

TASMANIA

Uno de los últimos espacios del mundo que sufrió la llegada de los colonizadores europeos fue Tasmania. Hasta el siglo XIX la isla al sur de Australia se mantuvo aislada del mundo y, por lo tanto, preservada. Todavía conserva centenares de especies vegetales y animales endémicas, algunas de las cuales se remontan a millones de años. Pero no queda a salvo cuando se trata del cambio climático. El impacto de esta crisis en aquella zona del mundo es parecido al que sufre el Mediterráneo: sequías más pronunciadas y largas, oleadas de calor e incendios cada vez más intensos.

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Por eso, en Tasmania y en Australia en general, “los refugios climáticos suelen ser aquellos espacios que se mantienen hidratados durante más tiempo”, explica el profesor de biología medioambiental de la Universidad del Sur de Australia, Gunnar Keppel, autor de unos cuantos estudios sobre refugios del cambio climático.

Uno de ellos consiguió establecer, a partir de modelos computacionales, los lugares de la isla de Tasmania donde es más probable que su flora única sobreviva en el futuro. “Tasmania tiene unas pocas especies de coníferas que no se encuentran en ningún otro sitio. Han sobrevivido solo allí precisamente porque el ambiente no ha pasado a ser tan seco como en el resto de Australia. Para estas especies será todavía más difícil encontrar refugio, porque ya lo habían encontrado en Tasmania y, si desaparecen, desaparecerán para siempre”, explica Keppel. Según su investigación, los refugios para esta flora única están en “las áreas más complejas topográficamente”, es decir, donde la geografía “hace más subidas y bajadas” porque les sirve de cobijo.

Localizar estos espacios es muy importante porque muchas de estas plantas de linajes muy antiguos ya están sufriendo un fuerte impacto climático. “A medida que el clima se hace más seco, se está dando un fenómeno por el cual toda esta flora se marchita y se muere (die back)”, explica el científico, y las plantas mejor adaptadas a entornos secos ocupan su lugar. “Esto ya pasa en muchos lugares”, añade.

Buscando refugios en los bosques

Está claro, pues, que estos espacios donde la vida natural resiste se tienen que proteger. Cerca del 40% del territorio de Tasmania ya es área protegida, pero en otros lugares del planeta no es así.

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“La mayoría [de los refugios climáticos] están en zonas forestales”, explica por correo Marcin Kiedrzyński de la Universidad de Lodz en Polonia. De manera parecida a la investigación de Keppel en Tasmania, Kiedrzyński también ha encontrado, en Europa, que estos refugios climáticos “están conectados con regiones topográficas escarpadas”, pero apunta que “el reto” de los científicos es ahora identificar refugios “en las tierras bajas y en paisajes más bien planos”, donde resulta más difícil que haya porque son zonas más expuestas a la temperatura y a las inclemencias climáticas.

Sin embargo, además de los pequeños espacios o “microrrefugios” como estos, el experto en bosques de la Universidad de Maryland Peter Potapov, creador de Intact Forest Landscapes (IFL), tiene claro que “hay que encontrar los espacios más grandes posibles que se mantengan intactos y sin explotar, y preservarlos, porque cuanto menos fragmentados y menos degradados estén, más pueden actuar como refugio del cambio climático”. Grandes espacios naturales intactos, como los que quedan en la Amazonia o en los bosques tropicales del Congo y del Sudeste Asiático, necesitan una protección más grande, avisa. Sobre todo si queremos que sean refugios climáticos en el planeta del futuro. 

FAGEDA D'EN JORDÀ

La blanca verdinervada, una mariposa de color amarillento que suelta olor de limón cuando bate las alas, está en declive en unos cuantos lugares de Catalunya debido al cambio climático. Pero bajo las copas de los hayas en el Fageda d'en Jordà se genera un “microclima” hasta 5 ºC más fresco que en su entorno próximo, y esto ha permitido que se pueda reproducir y crecer con normalidad. Es el refugio climático que ha descubierto el equipo de científicos encabezado por Jofre Carnicer, investigador del CREAF y uno de los autores del último informe sobre adaptación del Grupo Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), la comunidad de científicos climáticos de la ONU.

“Hemos medido más de 2.000 mariposas y allí donde no hay microclimas propicios se van haciendo más pequeñas: a partir de la tercera generación, las alas son cada vez más pequeñas debido al estrés térmico”, explica Carnicer sobre la blanca verdinervada. A partir de 25 ºC de temperatura disminuyen de medida y su supervivencia corre peligro, pero los “microclimas” que crean las hayas en el bosque de la Garrocha las protegen de las oleadas de calor y les ofrecen un hábitat suficientemente húmedo para poner sus huevos. Allí “siempre están por debajo de los 30 ºC”, dice Carnicer. Como mínimo hasta ahora. El equipo de Carnicer ha comprobado, de hecho, que en la Fageda d'en Jordà las poblaciones de blanca verdinervada se han mantenido estables, mientras que en el delta del Llobregat y en los Aiguamolls de l'Empordà, zonas más abiertas y a la intemperie, son cada vez más pequeñas y van desapareciendo.

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“Este estudio vincula íntimamente el cambio climático con la pérdida de biodiversidad, dos crisis que se tienen que tratar de manera conjunta y urgente, tal como ya alertaban en 2021 los principales grupos científicos mundiales en clima y biodiversidad, el IPCC y el IPBES”, remarca el investigador catalán, que defiende continuar analizando en detalle los refugios climáticos para “prever escenarios de futuro”.

De hecho, según otro estudio del biólogo de la Universidad de Lodz Marcin Kiedrzyński, el debate sobre los refugios climáticos “aumentará en respuesta a las extinciones de especies observadas y esperadas debido al cambio climático”. Estos refugios, dice, pueden servir de “modelo para observar la respuesta de las especies al cambio climático”, y “pueden tener un papel crucial como fuentes potenciales para recuperar especies en el futuro”.