Salud

La primera persona en silla de ruedas de Barcelona: "Antes, los parapléjicos morían encerrados en casa"

Mercè Tarruella fue la segunda paciente de la historia del Institut Guttmann

Mercè Tarruella, segunda paciente de la historia del Institut Guttman y la primera mujer en silla de ruedas de Barcelona
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BarcelonaMercè Tarruella se perdió los tres primeros años de vida de su hija porque no podía levantarse de la cama y la pequeña siempre estaba con su abuela. Tras parir cogió una infección que le afectó a la médula y quedó parapléjica en un momento en que los médicos no sabían qué hacer con estos pacientes: la única perspectiva que tenían era quedarse en la cama. Sin embargo, la vida de Mercè cambió radicalmente el día que se cruzó con el doctor Miquel Sarrias, que volvía de Inglaterra con la misión de impulsar un nuevo hospital en Barcelona pensado para personas que, como ella, no podían caminar. Aún recuerda el día que, hace 62 años, le dijeron que podía levantarse de la cama, cuando ya había asumido que nunca lo haría: "Yo nunca había visto ninguna silla de ruedas. En Barcelona no había. Los parapléjicos estaban en casa, encerrados, y se morían pronto".

Era diciembre de 1965 cuando Mercè, que estaba aprendiendo a manejar la silla que le habían traído de Inglaterra, se convirtió en la segunda paciente de la historia del Institut Guttmann. "Fue como volver a nacer", asegura la mujer de 91 años en una entrevista con el ARA. De hecho, éste era el objetivo del nuevo centro: que las personas con una lesión medular pudieran rehacer su vida y no se limitaran a sobrevivir dentro de casa hasta el final de sus días. Su impulso supuso un antes y un después para muchas personas que entonces no tenían alternativa terapéutica alguna, pero también para la sociedad catalana, que desconocía que había tratamientos y posibilidades para estos pacientes.

Cuando Mercè recibió el alta, volvió sola a casa en lo que dice que fue el primer viaje en silla de ruedas de la ciudad. "La gente me miraba como si fuera una alienígena. Nunca habían visto ninguna", explica. Como no había rampas, no podía ir por la acera, y se desplazaba por la calzada. Recuerda que uno de los médicos del Institut Guttmann, cuando la vio circular por dónde iban los coches, le bromeó con que le pondrían una multa, pero ella contestó: "Arreglen las aceras porque yo estos escalones no los puedo bajar". Por eso, celebra que actualmente la ciudad sea mucho más accesible para las personas con movilidad reducida, aunque cree que todavía existe margen de mejora, especialmente en el transporte público.

Mejora de la autonomía

Además de aprender a manejar la silla, Mercè también hacía rehabilitación, trabajaba los brazos para tener fuerza suficiente para subir y bajar de la cama, vestirse y, en definitiva, ser autónoma en su día a día. Su marido también recibió formación en el centro para poder ayudarla en todo lo que hiciera falta y, durante años, la giraba en la cama por las noches para que no se le hicieran llagas. Cuando él se marchaba a trabajar, ella se vestía sola, subía sobre la silla y se encargaba de las tareas de casa: limpiaba, planchaba, cosía y cocinaba cada día. "Eso antes era impensable", explica sobre la autonomía que ganaron las personas con lesiones medulares a partir de los años 60.

De hecho, Mercè es consciente de que en los últimos años ha habido muchos avances médicos de los que no se ha podido beneficiar, pero se han alegrado para todas las personas que le han alegrado. "Ahora en tres meses salen de Guttmann y viven solos, estudian, trabajan". Ella tuvo un papel relevante en la puesta en marcha del hospital, más allá de ser una paciente, porque fue la encargada de coser todo el equipamiento de quirófano. "Me llevaron un modelo y lo hice yo todo. Las batas, las botas, las mascarillas, los sombreros... Estos últimos me dieron mucha vergüenza porque, para hacerlos, tuve que tomar el tamaño de la cabeza del doctor Sarria", destaca entre risas.

Hasta que le fallaron los brazos, Mercè se vistió sola y se encargó de las tareas domésticas. Ahora le ayudan su hija y Paquita, que cocina y limpia. Por las noches, viene otra cuidadora que le da la vuelta para que no se le hagan llagas y que también le ayuda a ducharse ya vestirse por las mañanas. Mercè, eso sí, se encarga de sus plantas, tiene más de cien, y, aunque le cuesta admitirlo, es una de las personas que abrió camino para el resto pacientes con lesión medular en Catalunya que han venido después. "He estado muy feliz", concluye.

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