"Es imposible detenerlos": las narcollanchas llegan a Cataluña
Los Mossos d'Esquadra incautan un 140% más de hachís en 2023
Barcelona y Tarragona¿Se puede comparar la Andalucía de Kiko El Cabra, el piloto de la narcollancha que mató a dos guardias civiles en Cádiz, con la Galicia de Sito Miñanco? ¿Está el Camp de Gibraltar abducido por el tráfico de hachís como lo estaba Cambados por el de cocaína? Con sus diferencias tienen un punto en común. Se trata de “narcosociedades”, apuntan fuentes policiales, en las que se tunean las lanchas antes que los coches, donde el mar se ve una oportunidad para los más jóvenes por la droga que se transporta y donde las playas se transitan más de noche que de día. Casualidades de la vida, Barcelona está a la misma distancia de Cambados que Barbate: unos 1.200 km. La larga distancia que separa la capital catalana de estas dos poblaciones es también, según los Mossos d'Esquadra, la distancia que separa a Catalunya de ser una narcosociedad. "Estamos lejos de Barbate", sentencia el intendente Juan Carlos Granja, subjefe de la Comisaría General de investigación Criminal de los Mossos. Lejos de una sociedad entregada al hachís, pero las narcollanchas ya han llegado a la costa catalana.
Desde el Ebro hasta la Costa Brava, pasando por el Garraf y el Maresme, en Catalunya también circulan las narcollanchas, más que nunca. Según ha podido saber el ARA, el año pasado los Mossos se incautaron de 17 toneladas de hachís, un 140% más que en el 2022, realizaron 1.338 detenciones y desmantelaron 22 bandas, unas cifras récord. En cinco años el costo requisado sube a las 45 toneladas. En un lustro se han acumulado 45.000 kg en comisarías, con un valor de casi 100 millones de euros, casi el doble que el presupuesto del Girona Fútbol Club. Y esto es sólo la droga que se ha podido decomisar. Fuentes de la Guardia Civil y Vigilancia Aduanera admiten que la mayoría pasa desapercibida. Una anécdota: un día los Mossos pillaron un desembarco, la Guardia Civil, otro y la Policía Nacional un tercero. Poco después, Vigilancia Aduanera les informó que ese día siete lanchas estaban subiendo hacia Catalunya y que ninguna de las que habían pillado era una de las siete.
El inspector de los Mossos Antoni Salleras, jefe del Área Central de Crimen Organizado, ya perseguía a traficantes de hachís en la década de los 2000. La cosa había disminuido, pero desde hace unos años se ha reactivado. "La presión policial en el estrecho ha hecho que suban", apunta Salleras. Y no sólo eso, ahora se han profesionalizado. “Las que vienen aquí son organizaciones importantes. Si suben hasta aquí arriba es porque tienen una infraestructura”, añade el intendente Granja. La mayoría son bandas internacionales con miembros que se establecen en Catalunya y que, si bien a veces se nutren haciendo encargos en el tejido local, suelen rodearse de los suyos. Y hay una diferencia con Barbate: en el estrecho matan si pierden una mercancía, “les va la vida”, pero aquí lo importante es “que no les pillin”.
Productores y receptores
Llevan grandes cantidades de hachís provenientes, sobre todo, de Marruecos con lanchas que se preparan para poder navegar, si es necesario, a más de 120 km/h. ¿Por qué hachís? "Primero, por el precio", responde Granja. Un kilo de costo vale unos 1.916 euros y uno de cocaína cuesta diez veces más. Los traficantes de coca pueden permitirse alquilar contenedores y transportar la droga en grandes barcos, pero en el hachís el beneficio no es tan alto y el transporte debe ser más rudimentario. También es importante la distancia: los productores de hachís, en Marruecos, están mucho más cerca que los de cocaína. De hecho, en el apartado de los productores, Cataluña es un importante cultivador de marihuana y, en cambio, es receptor de hachís. Si uno de los elementos que más preocupa a la policía es la violencia asociada a la maría, apuntan que con el costo (ya diferencia del estrecho) esto no es así.
A Catalunya llega hachís que después se transporta hacia Europa, donde el precio es más elevado. Éste es el último paso de un largo proceso que comienza con la fabricación de la lancha. Unos vehículos semiligeros que se elaboran en Portugal y en Galicia, pero también en Catalunya. Se han detectado, por ejemplo, talleres en Rubí y en Castelló d'Empúries. El resultado es una embarcación que puede llegar a valer 350.000 euros y puede llegar a tener cuatro motores de 300 caballos cada uno. Cada motor vale hasta 30.000 euros. Y las barcas van cargadas: llevan entre 3.000 y 4.000 kg de hachís. Cada fardo pesa entre 30 y 35 kg y llevan unas asas para que sea más ágil moverlas. Las lanchas se cargan en lo posible; lo importante es la droga y no la comodidad de los tripulantes.
Los pilotos de la lancha son una de las piezas más importantes de toda la operativa de los traficantes. Suelen ser ellos quienes deciden cuándo hay que ir hacia la costa y también son los que dan la orden de abortar la operación si sospechan que la policía les espera. Pueden llegar a cobrar hasta 50.000 euros por viaje y son los más difíciles de detener. Cuando los pilotos dejan atrás el mar abierto y se acercan a la tierra, son plenamente conscientes de que alguno de los radares de la Guardia Civil ya los ha detectado. El Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE) posee un potente radar que detecta las embarcaciones a 10 km de distancia. Para intentar burlarlo, cuando los traficantes ya están dentro de este perímetro dejan la lancha en el padre y esperan. Pueden permanecer allí toda una semana. Tienen comida y agua, ropa de alta calidad que los protege y también una lona por si necesitan taparse del sol. Lo que no tienen es espacio. Tienen que hacer vida sobre los fardos de hachís y los bidones de gasolina que llenan toda la embarcación. Avanzan lentamente. En la pantalla que vigilan 24 horas al día los agentes de la Guardia Civil hay otras muchas embarcaciones y los narcos lo saben. El objetivo es que no se fijen en la suya. "Dentro del agua es imposible detener una lancha de estas características", explica un policía.
Hacia la Costa Brava
El intendente de los Mossos Joan Carles Granja explica que la playa es importante, pero es aún más importante que haya cerca una guardería, el espacio inhóspito y apartado donde almacenarán la droga tras el desembarco. Prefieren playas solitarias. Salleras explica que aunque hace unos años el Ebro era el punto más caliente de Catalunya, ahora los envíos están subiendo hacia la Costa Brava. Lo demuestran los 3.500 kilos de hachís incautados en la Cala Culip del Cabo de Creus, o los 2.000 en Tossa de Mar.
El momento más delicado del tráfico de hachís es el de acercarse a la playa. A partir de ahí, se activa el cronómetro y en menos de media hora habrán completado la operación y ahí ya no quedará nadie. El tiempo que tienen los agentes para atrapar a los traficantes es muy limitado e incluso en el caso de que logren llegar, será casi imposible detener al piloto, que nunca baja de la embarcación. Ellos sólo acercan el potente vehículo a la costa y son los brazeros, que cobran unos 3.000 euros, los que a toda prisa descargan la droga y, si es necesario, dan nuevos bidones de gasolina a la tripulación por el viaje de regreso. Una vez los agentes llegaron a la playa cuando todavía no estaba toda la lancha descargada y el pelotón decidió dar la vuelta. La policía pudo detener a buena parte del grupo criminal y decomisó la mitad del hachís, pero la otra mitad y la narcollancha, escaparon sin demasiadas complicaciones. Una de las estrategias que usa la policía en estos casos es perseguir la embarcación para intentar que se quede sin gasolina, ya que hay más de 1.000 kilómetros hasta Marruecos. Pero toda la ventaja la tienen los más de 1000 caballos.
Sea como fuere, no existe una norma establecida y los narcos no suelen repetir la misma playa en un intervalo corto de tiempo. Y excepciones hay muchas. Desde los traficantes que entraron con la lancha dentro del Puerto de Mataró en febrero del 2023 (los Mossos les pillaron con 5.500 kilogramos) hasta los que ponen la mercancía en un velero para entrar, disimuladamente, por los canales de Empuriabrava y desembarcar -lo todo en una casa, una táctica que también utilizan en el Delta del Ebro.