La mejor noche de verano

La noche de verano en que Carme Ruscalleda perdió la voz

Para la chef los veranos siempre han sido épocas de trabajar mucho, ya desde pequeña: “Siempre he atendido a los veraneantes, se me hace extraño esto de hacer vacaciones”

Carme Ruscalleda en los inicios del restaurante Sant Pau
26/07/2026 - 20:02 h.
2 min

Hay una noche de verano que cambió para siempre la vida de Carme Ruscalleda: el 1 de julio de 1988. “Fue el día que el restaurante Sant Pau levantó la persiana y con mi marido, Toni, nos estrenamos como restauradores. Es una noche grabada en la memoria”. Con el tiempo, Carme Ruscalleda se convertiría en la mujer con más estrellas Michelin del mundo –siete, ni más ni menos–, pero aquel 1 de julio el éxito aún parecía lejano.

“No sé cómo conseguimos hacer aquel primer servicio. Recuerdo que toda la gente llegó de golpe, como si vinieran en autocar. No teníamos ninguna experiencia y nuestro equipo tampoco. Me quedé tan en shock que perdí la voz y no la recuperé hasta que todo estuvo servido y todo limpio y en su sitio”, recuerda la chef. Aquella primera noche empezaron con una cocina muy sencilla, principalmente con el producto de la tienda de la familia: pasta fresca, croquetas, embutidos, pies de cerdo con samfaina o fricandó.

El Sant Pau era la aventura que habían decidido emprender Carme Ruscalleda y Toni Balam después de años de trabajar en la tienda familiar, que habían transformado de arriba abajo gracias a su “espíritu inquieto e inconformista”. El matrimonio tenía una visión muy clara de la calidad que querían ofrecer en el restaurante, sabían que estaban haciendo algo “muy especial” y, aun así, en muchos momentos tuvieron que confiar con mucha fuerza en que saldrían adelante. “Tuvimos temporadas de pasarlo muy mal, de tener el local vacío. Nosotros nos hicimos una promesa, un pacto de caballeros: le dedicaríamos diez años al proyecto y, si no salíamos adelante, volveríamos a la tienda”. 

La terquedad, no rendirse y tener muy claro que lo que ofrecían era bueno fue, finalmente, la clave del éxito del Sant Pau, con el que después conseguirían tres estrellas Michelin. “Las personas autodidactas como nosotros aprendemos a través del error y el acierto, y de currar mucho. Los primeros años atravesamos auténticos desiertos de clientes, con días de volver a casa rendidos y tristes, y al mismo tiempo esperanzados en que el martes volveríamos a abrir y nos iría mejor. Confiábamos en que funcionaría porque no queríamos engañar a nadie”, dice la chef.

Para ella, los veranos siempre han sido épocas de trabajar mucho, ya desde pequeña. “En mi casa a los niños nos hicieron perder el sueño muy pronto, tocaba ayudar, y yo he practicado lo mismo con mis hijos”. Ahora que tiene 74 años y ha bajado el ritmo, reconoce que veranear no se le da muy bien. “Yo siempre he atendido a los veraneantes, se me hace extraño esto de hacer vacaciones”, concluye. 

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