La incierta transición hacia la democracia en Venezuela
No se habían apagado las cenizas de la destrucción que dejó en Venezuela el ataque militar de los Estados Unidos, cuando empezamos oír hablar de una posible transición a la democracia. Hemos escuchado estas palabras tantas veces que se han convertido en una letanía, especialmente a partir de 2013, año en que Nicolás Maduro reemplazó a Hugo Chávez como presidente de Venezuela. No debería sorprendernos, las élites del país no han podido resolver la crisis política que se profundizó a partir de 2004, año en que la reforma constitucional, impulsada por Chávez como eje de su proyecto político, naufragó en las urnas.
Muy pocos repararon en el hecho de que al dejar al chavismo al frente del gobierno y del control territorial, el presidente Donald Trump dejaba afuera o minimizaba el papel que podía jugar la oposición en una hipotética transición. Un proceso que luce incierto, porque las piezas para que cristalice no están completas, ni mucho menos. Maryhen Jiménez, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford, recuerda que los sectores de oposición en Venezuela se empeñaron en sacar a Hugo Chávez del poder, por distintas vías, legales o no, sin éxito. El chavismo demostró una gran capacidad para mantenerse en el poder. Es probable que la administración del presidente Donald Trump haya llegado a la conclusión “de que el cambio político no depende exclusivamente de una intervención militar o de la sustitución fast track del ejecutivo (de la persona a cargo de la presidencia) sino de una reconfiguración más compleja de equilibrios internos que incluya a actores del sistema”.
Tomemos en cuenta que las transiciones, en buena medida, son procesos monitoreados y a veces vigilados. El caso más emblemático es el de Chile, donde el dictador, Augusto Pinochet, se encargó de esa tarea, al reservarse la comandancia general del ejército. Una transición política, pactada por los Estados Unidos y el chavismo, no podría funcionar, entre otras cosas, porque faltan piezas para armar el rompecabezas. Esto es, sectores de la oposición política y actores representativos de la sociedad civil. Falta mucho por recorrer.
David Smilde, profesor y director de la Escuela de Sociología de la Universidad de Tulane (Estados Unidos) va más allá, al afirmar que la intervención militar ordenada por Trump, no necesariamente conducirá a una transición democrática, “todavía no está claro lo que quieren los Estados Unidos en Venezuela. Trump, básicamente, ha hablado de petróleo y sobre su industria petrolera. En su campaña en 2024, nunca habló de democracia o de derechos humanos, sino sobre migración y bandas criminales. Lo relevante es la geopolítica y la estrategia de seguridad nacional. Quizás la visita de María Corina Machado a Washington ayude a aclarar este asunto. “Creo que podrían hablar sobre cómo podría llevarse a cabo la transición en Venezuela”, dijo la historiadora Margarita López Maya, historiadora y doctora en Ciencias Sociales.
Desmontar el autoritarismo y reconstruirse institucionalmente
En el horizonte hay más interrogantes que respuestas, Jiménez da en el clavo cuando se pregunta: “¿Está Venezuela ante la posibilidad de una apertura del sistema liderada por el propio gobierno o, por el contrario, se avecina una nueva fase de consolidación de poder bajo un chavismo 3.0?”.
El ataque militar de los Estados Unidos dejó un sinsabor en los venezolanos. La “extracción” de Maduro barrió con la figura del dictador, pero el orden y la dominación chavista se mantuvo en pie. Trump no nos devolvió la democracia, tampoco abrió la puerta de la transición. Quizás porque ese proceso no implica que “un actor extranjero pueda diseñar o dirigir la transformación del país. Para ser viable y sostenible ese diseño sigue dependiendo de decisiones políticas internas y de acuerdos entre actores venezolanos”, advierte Jiménez.
El proceso de transición política exige además algo que en Venezuela no hemos visto desde hace años: confianza entre los actores políticos. Smilde señala que la liberación de un pequeño grupo de presos políticos apunta en esa dirección, pero queda mucho por recorrer. De lo que se trata es de desmontar el autoritarismo y una medida perentoria podría ser levantar todas las restricciones que limitan la libertad de expresión.
El asunto electoral es un tema de enorme dificultad. Si se materializa el inicio de una transición hacia la democracia, quizás el objetivo de hacer valer el resultado de las elecciones del pasado 28 de julio, no sea parte de la solución sino del problema. Además no sería consecuencia de un proceso de transición. Lo que se asoma en el horizonte son unas nuevas elecciones, pero no podrían organizarse en el corto plazo. “No hay condiciones mínimas para celebrar una elecciones razonablemente democráticas”, afirma López Maya. Venezuela necesita reconstruirse institucionalmente. Eso es fundamental. “Para avanzar hacia una democracia luce importante orientar las conversaciones hacia las reglas del juego e instituciones para así construir acuerdos inclusivos sobre el funcionamiento de un nuevo sistema”, señala Jiménez.
Todo esto va en contravía de la larga tradición que hay en Venezuela alrededor de los liderazgos personalistas. Un hecho: “este tipo de liderazgo resulta seductor y en contextos de crisis prolongadas, puede incluso tener un efecto “calmante”, porque desplaza la carga de la incertidumbre del individuo hacia alguien que promete resolverlo todo”, sentencia Jiménez. Y de esto no nos hemos curado.
*Hugo Prieto es periodista venezolano