Guillem Blanco Fernández, el matemático que resolvió un problema que había resistido 40 años
Profesor de la UPC e investigador del CRM, es uno de los jóvenes talentos de las matemáticas con más proyección del país
BarcelonaHay problemas matemáticos que perviven décadas después de ser formulados y desafían a generaciones de mentes brillantes en todo el mundo. La conjetura de Yano fue uno de ellos. Planteada en 1982, proponía cómo clasificar y comparar singularidades de las curvas, es decir, puntos en los que una curva deja de comportarse de manera habitual, como ocurre con los agujeros negros, lugares donde las reglas que conocemos de la física dejan de funcionar como funcionan en el resto del espacio.
Cuarenta años más tarde, Guillem Blanco Fernández (Barcelona, 1992) logró, finalmente, cerrarla. Y hoy, este profesor lector del departamento de matemáticas de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) e investigador del Centro de Investigación Matemática (CRM) está considerado uno de los jóvenes talentos de esta disciplina con mayor proyección internacional.
“La mejor parte de mi trabajo es poder enfrentarme durante semanas o meses a problemas que quizás llevan décadas abiertos, y resolverlos”, confiesa con entusiasmo. “Es muy satisfactorio demostrar que una conjetura es cierta y que será cierta siempre –remacha–, a diferencia de lo que ocurre en otros campos de la ciencia, como la física, en los que las teorías o las maneras de entender algún aspecto del Universo pueden cambiar”.
Las matemáticas siempre se le habían dado bien, y en el instituto, donde tuvo “muy buenos profesores”, tuvo claro que quería dedicarse a ello. Se graduó y doctoró en la Facultad de Matemáticas y Estadística de la UPC, cuando aún no había estallado el boom del análisis de datos y la inteligencia artificial. “Las posibilidades que ahora tiene un estudiante de esta disciplina son muchísimas más que las que nosotros teníamos entonces”, considera.
Después de cinco años en Bélgica, como investigador en el departamento de álgebra de la Universidad Católica de Lovaina, en 2025 volvió a Cataluña, a la UPC, con dos prestigiosos galardones bajo el brazo: el Vicent Caselles que otorgan la Real Sociedad Matemática Española y la fundación BBVA y el José Luis Rubio de Francia, uno de los principales reconocimientos españoles a los matemáticos jóvenes.
“He tenido la suerte de tropezar con problemas que llevan mucho tiempo abiertos y que he podido solucionar”, dice, con humildad, al mismo tiempo que recuerda que, en matemáticas, llegar a una solución casi nunca es una carrera en solitario. “A menudo un investigador plantea una pregunta, que queda abierta. Durante años, diferentes matemáticos trabajan en ella y hacen avanzar la conjetura, hasta que alguien consigue solucionarla”, explica.
La investigación de Blanco es matemática pura, sin ninguna –de momento– aplicación directa. “Muchas aplicaciones que se utilizan hoy en física o ingeniería procedentes de las matemáticas se descubrieron hace décadas. Quizás en un futuro las teorías con las que yo trabajo acabarán utilizándose en alguna tecnología”.
Blanco ahora también comienza a dirigir a investigadores más jóvenes y a formar escuela. Y quizás esta es la paradoja más bonita de su historia: mientras intenta encontrar la respuesta a preguntas que se resisten a ser resueltas, acompaña a otros matemáticos para que sean ellos quienes formulen las preguntas del futuro.