¿Por qué obligar a un niño a pedir perdón puede ser contraproducente?
Es habitual que las familias exijan a sus hijos que pidan perdón de manera inmediata cuando han provocado un agravio, pero para no banalizar el gesto, primero hay que entender que se ha causado un daño
BarcelonaPedir perdón es un gesto que dignifica a quien lo hace, reconforta a quien lo recibe y abre la puerta a restablecer los vínculos dañados. Quien da el paso aprende a empatizar con aquellos que han sufrido las consecuencias de una mala acción suya. Después, la relación entre ambos se beneficiará. Ahora bien, no todo es inmediato. Aceptarlo también cuesta. Las emociones desorientan, hace falta tiempo, y no es suficiente con decirlo desde la vacuidad. Algunos rehúsan pedir perdón porque lo asocian al arrepentimiento moral de algunas religiones; pero, lejos de eso, el perdón está en sintonía con valores humanos esenciales y la idea de virtud. Los niños y jóvenes, evidentemente, no quedan al margen de poder vivirlo. Solo hace falta un buen acompañamiento.
Primero: entender el daño
Es habitual que los progenitores exijan a sus hijos que pidan perdón “a la misma hora” cuando han provocado un agravio a alguien. Esta obligación, sin embargo, puede banalizar el gesto y derivar en el conocido “perdona, que me da igual”. Ana Juliá, licenciada en filosofía, experta en formación e innovación educativa –especialmente en el campo del desarrollo infantil y el aprendizaje–, propone que, en lugar de obligar al niño o adolescente (siguiendo un estilo autoritario) o desentenderse de la situación, hay que hacerles ver que con su acto han “causedado un daño” a alguien y que “este alguien” tiene “unas necesidades que hay que reparar”. Es decir, “poner a su alcance herramientas para aprender a convivir con los demás”.
¿Desde qué actitud?
“Pedir perdón es asumir la responsabilidad de alguna acción propia que no ha estado suficientemente alineada con los valores o normas de un entorno social o con los mismos valores y principios”, según Juliá. El perdón, sin embargo, no es una fórmula. “Es un proceso interior que hay que trabajar bien”, asegura. No se trata de cerrar el conflicto rápidamente para restaurar el orden externo, sino extraer todo el aprendizaje posible de una situación que ha sucedido. “La idea es buscar de nuevo la armonía con el otro y la reconexión con nuestro camino hacia nuestra idea de virtud”, describe. Se trata de la cualidad de hacer el bien y actuar de manera honesta y justa.
¿Qué aporta?
Pedir perdón provoca el afloramiento de unos determinados valores que contribuyen al desarrollo de la educación emocional del niño. “Le proporcionará autocontrol, mantenimiento y refuerzo de las relaciones interpersonales, aprender a reconectar con los demás”. Con esta acción, haremos que nuestro hijo no se olvide del otro y verá que este otro también tiene necesidades. “También le ayudará a identificar cualquier falta de respeto hacia él. Es un factor protector para su futuro”, admite esta especialista. Más que pedir perdón, lo que hay que aprender es “a no hacer daño a nadie”. De esta manera, el niño o joven aprenderá que “no hacer daño y no recibirlo le hace sentir bien”.
¿Es necesario en un acto pequeño?
Según Juliá, lo que hace falta es no esperar a enseñar a pedir perdón cuando “la hagan gorda”. Pedir perdón es como un ejercicio y, también, un aprendizaje. Para esta experta, lo importante es –más que pedir perdón– “reparar”. Es decir, “reponer algo perdido o roto, arreglarlo, comprar uno nuevo, hacer un servicio...”. Hacer la acción. Tampoco hace falta esperar a una edad concreta para enseñarles a hacer el gesto del perdón. “Si un niño menor de tres años rompe o coge algo en un supermercado, es un buen momento para avisar a alguno de los empleados, explicarles qué ha pasado y pedir perdón...” Los adultos están ahí para ayudar a sostener.
¿Es mejor decirlo al momento?
No siempre. Si un niño está demasiado nervioso, siente rabia o vergüenza por lo que ha hecho, no se mostrará abierto a “ningún aprendizaje”. No estará en disposición de aprender nada moralmente significativo. Primero, es necesario restablecer la calma. Aparte, según Juliá, es “importante” no decir nunca expresiones como “eres un mal amigo” o “eres muy malo”, sino cosas concretas, por ejemplo “has sido demasiado impulsivo” o “no has tenido en cuenta al otro niño”. “Si queremos ayudarle a construirse una tabla de valores, no podemos subestimar la acción cometida o recibida. No daremos más carga al hecho de la que tiene. Si le hacemos sentir que ha causado un daño muy fuerte, lo interiorizará, y si lo hacemos a menudo, su autoimagen se resentirá”.
Si el otro no perdona...
Aceptar el perdón de otro también es un aprendizaje moral. A veces, la persona herida necesita tiempo. “Pedir perdón no es una exigencia automática. Así que los niños deberán tener paciencia y perseverancia para reconstruir la relación con el otro”. Un tiempo en el que las actitudes deberán ir en consonancia con el perdón pedido. “Esto hará valorar más todo el proceso y asimilar mejor que nuestras acciones tienen consecuencias a veces en nosotros y, a veces, en los demás”, asevera.
¿Deben pedir disculpas los adultos?
La respuesta es clara: sí. “Nosotros también herimos y nos equivocamos”, comenta Juliá. “Pedir perdón es un gran aprendizaje para ellos y, también, para nosotros”, corrobora. La realidad lo evidencia: muchos aseguran que piden perdón a menudo, pero admiten que se lo dicen a ellos menos veces de lo que realmente les gustaría. Otra cuestión es si hay cosas “imperdonables”. “¿Cuáles lo serían para cada uno? Plantearselo es positivo”, concluye Juliá.