Literatura

El hambre de vivir, las ganas de morir

El trastorno alimentario grave de una hija es el demonio que arde y atormenta a la protagonista de 'Fam', de Núria Busquet Molist

Núria Busquet
04/01/2026
3 min
  • Núria Busquet Molist
  • Ediciones del Periscopio
  • 262 páginas / 21 euros

Hay libros que se escriben para hacer literatura y algunos se escriben porque no pueden no escribirse, porque el autor necesita poner en su sitio algún fantasma que le ronda o exorcizar algún demonio que le atormenta, lo que no quita que este tipo de libros también sean escritos con intención literaria. Es el caso de Hambre, una mezcla de memoria personal, de crónica médica y de grito desesperado de la traductora, narradora y poeta Núria Busquet Molist (Cardedeu, 1974). No es cierto que la honestidad, en literatura, no exista. Sí existe. Ocurre que la honestidad también requiere las estrategias de la formalización y del artificio. Los gritos y los vómitos literarios –Busquet utiliza los dos símiles para describir su libro– son también una cuestión de estilo.

El demonio que arde y atormenta justo en el corazón del libro, es decir, el hecho concreto de que es a su vez el punto de partida y el núcleo central, es el trastorno alimentario grave, una anorexia nerviosa, que sufre una de las hijas de la escritora, que un día deja de comer y empieza a perder peso y poco a poco va quedando atrapada –ella y todos aquellos que la atraen –la y todos aquellos hospitalarias, de tratamientos, de vigilancias de lo que come y de lo que no, de ingresos y de reingresos. La madre protagonista, que no es exactamente la autora del libro pero sí lo es, asiste a las evoluciones de su hija enferma llena de amor y de terror, atravesada de voluntad de salvarla y también de frustración por no saber cómo hacerlo ni encontrar a nadie que le ayude a hacerlo. "Mi hija está enferma y no puedo curarla. No puedo salvarla, sólo estar allí": el frenesí impotente de tener un objetivo trascendental y no encontrar la manera de cumplirlo consume la madre autora y marca el tono general del libro.

Hambre está realizado con diversos tipos de materiales tanto temáticos como textuales. Por un lado, está todo lo asociado al proceso de la enfermedad: el dolor, la angustia y el sentimiento de culpa; los cambios en las dinámicas familiares; la desatención de unos servicios sanitarios al borde de la saturación; las reflexiones sobre los cánones de felicidad y de belleza y cómo las redes sociales les incrustan en el cerebro de los adolescentes... Por otro lado, hay pasajes que funcionan como reflexiones existenciales ensayísticas o como relámpagos líricos, contrapuntos de la crudeza predominante: "Tengo que servirle de comer y no obligarla... ángel, pero utilizar las alas para ahogarla, si es necesario". Gracias a una prosa urgente y crispada, de la que sólo molestan algunos clichés con un toque de autoayuda, cierta prolijidad y una ocasional actitud judicativa maniquea sobre algunos aspectos de la sociedad actual, todo ello transmite la experiencia de drama vivo y terrible.

Además de eso, Hambre también es una recapitulación existencial y autobiográfica de la escritora y narradora. Como si la crisis a vida o muerte que sufre su hija pescara de las profundidades personales de la autora toda una serie de crisis íntimas no resueltas –la nostalgia por la energía perdida y las ilusiones derrochadas de la juventud, la gestión incómoda de las expectativas del pasado, las rutinas y concesiones de la edad. Estos pasajes memorialísticos, desatados de la enfermedad de la hija, quizás a ratos resultan algo tópicos y reiterativos (la manía por Nirvana y el grunge, la fiesta y el beber y el follar y el bailar), pero enriquecen el conjunto, y sobre todo subrayan uno de los temas del libro: el de la vitalidad, que tanto puede ser una fuerza creadora de vida, cuando se le libera constructivamente, como una bestia engendradora de destrucción y muerte, cuando no sabemos qué hacer con ella.

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