'Memorias de Adriano': Un virtuoso Lluís Homar en un plató televisivo innecesario
Vuelve a Barcelona el texto de Marguerite Yourcenar con una puesta en escena de Beatriz Jaén en el Teatre Romea
- Traducción: Julio CortázarDirectora: Beatriz JaénIntérpretes: Lluís Homar, Álvar Nahuel, Clara Mingueza, Marc Domingo, Xavi Casan, Ricard BoyleTeatro Romea. Hasta el 10 de mayo
La novela histórica o falsa biografía del emperador romano Adriano es el libro más conocido y leído de la escritora belga Marguerite Yourcenar. La novela saltó al teatro de la mano del director italiano Maurizio Scaparro en 1989 y pocos años después se vio en la versión castellana de Julio Cortázar, también con dirección de Scaparro, en el Teatre Grec de Barcelona. Ahora el espectáculo vuelve a los escenarios con una dramaturgia de Brenda Escobedo y con el fantástico protagonismo de un Lluís Homar a quien el papel le sienta como anillo al dedo. Las reflexiones de Adriano/Yourcenar sobre la política, las guerras, la belleza y la muerte componen un fresco humano que el virtuoso Lluís Homar traslada combinando delicadeza con profundidad, seguridad con tierna melancolía.
Es gracias a su saber estar en escena, a su claridad en la dicción y a la capacidad de llenar de sentido las palabras que la función llega con fuerza, a pesar de la puesta en escena de Beatriz Jaén, que, en nombre de la contemporaneidad, sitúa el monólogo en un plató televisivo. Adriano aparece envuelto por un grupo silencioso de maquilladores, vestuaristas, estilistas, microfonistas y cámaras que no paran de moverse con acciones que no aportan nada al relato y que perjudican la continuidad de la narración. Ya sea porque la directora no confía lo suficiente en la palabra o por la necesidad de subrayar su contribución, este juego visual de movimientos y de imágenes proyectadas se vuelve innecesario además de molesto. Mucho ruido para el monólogo íntimo de un ser humano que espera la muerte.
La cuestión se hace aún más patente cuando el relato aborda la relación sentimental del emperador con su joven amante Antínoo y su trágico destino. El grupo desaparece. La tensión se focaliza y el espacio se vuelve metáfora de la vibrante relación entre el sentimiento expresado en palabras y el expresado con el movimiento de un bailarín (Álvar Nahuel) que vale por toda la función.