Marc Casadó celebra un gol en una imagen de archivo.
02/09/2026 - 14:00 h.
Periodista
2 min

BarcelonaEl fútbol en ocasiones es cruel. También es bonito. Y puede ser las dos cosas a la vez, como pasa ahora que todo el mundo se enamora de Xavi Espart justo cuando se marcha Marc Casadó. En el mismo momento, un joven de la Masia hace realidad su sueño y otro descubre que quizás el sueño va acabando. Y tendrá que buscarse la vida lejos del Camp Nou.

Sabe mal ver a un jugador como Casadó triste. Sabe mal que no tenga espacio en el primer equipo. Pero si fuera Deco o Flick, seguramente habría llegado a la misma conclusión. El Barça juega como los ángeles y gana sin Marc, un jugador que siempre se deja la piel. Si nos rompe el corazón que se marche es porque él es diferente, no tanto por la forma de jugar, como por la forma de amar. Que un jugador del Barça tenga la idea de ir a Canaletes con los amigos y provocar la locura cuando se gana una liga dice mucho de él. Con Casadó tenías claro que era uno de aquellos casos en que un aficionado consigue jugar en el club que ama. Ver cómo lo vivía nos emocionaba porque necesitamos pensar que el fútbol no es solo un negocio. Necesitamos historias bonitas con final feliz, necesitamos jugadores que tomen decisiones sin priorizar siempre el dinero, necesitamos saber que algunos jugadores aman la camiseta tanto como nosotros, aunque sean pocos.

Necesitamos ver imágenes como Pablo García, el jugador que ha abandonado el Betis llorando como un niño ya que quería quedarse defendiendo los colores que ama. Y lo han enviado a Santander porque la dirección deportiva prioriza a Ceballos. En un fútbol convertido cada vez más en un negocio que mueve cifras de dinero vergonzosas, detalles como estos emocionan. Los cierres de mercado se han convertido en la feria de las vanidades, transformando la última jornada donde puedes fichar en un espectáculo grotesco donde los jugadores se compran y venden como si fuera la subasta del pescado. Con representantes intentando mover a los jugadores como sea para hacer dinero, muchas veces sin pensar si serán felices allá donde los envían. Como pasa en el deporte norteamericano, cada vez parece que el jugador tiene menos poder para decidir qué será de él.

Y así acaban sueños. Pero pueden nacer otros. Casadó llega a un club que hace bien las cosas; con un cuerpo técnico catalán con gente como el entrenador, Antonio Hidalgo, que de joven también soñaba en triunfar en el Camp Nou y tuvo que marcharse. Y descubrió que puedes disfrutar del fútbol y ser querido en otros lugares. No dudo que se hará querer en La Coruña, el Marc. Que escuche los consejos de Hidalgo y sea feliz. Se lo merece.

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