Un 66,5%. Esta es la inflación acumulada que hemos sufrido entre los años 2000 y 2025. En solo dos de estos años, el valor del dinero se ha mantenido o ha aumentado. El resto del tiempo, nuestros ahorros han ido perdiendo poder adquisitivo. Y no hace falta mirar veinticinco años atrás para notarlo: solo hay que pensar en los últimos cinco. El precio de las viviendas, de los coches o incluso de los huevos se ha disparado.
La pregunta es inevitable: ¿los sueldos también han subido un 66%? Para mucha gente, la respuesta es clara. Cada vez cuesta más llegar a final de mes. El problema no es solo qué cobramos, sino qué podemos comprar con lo que cobramos. Y aquí es donde la inflación se convierte en un impuesto silencioso.
Para el Estado, en cambio, la inflación es muy rentable. El IVA aumenta automáticamente porque los productos son más caros y, además, el IRPF no se ajusta a la inflación. Deflactar el IRPF significaría actualizar los tramos de impuestos según el aumento de los precios, evitando que una subida de sueldo destinada solo a compensar la inflación haga que acabes pagando más impuestos sin haber ganado realmente poder adquisitivo. Por ejemplo, si un tramo empieza en los 20.000 euros, con una inflación del 3% este umbral debería actualizarse hasta los 20.600 euros. En países como Alemania, Francia o Portugal, esto ya se hace. Aquí, no.
Y todavía hay otro problema: la inflación castiga especialmente a quien ahorra. Dejar el dinero quieto en la cuenta corriente es ver cómo, año tras año, vale menos. Por eso, hoy invertir ya no es solo una opción para ganar dinero; es una necesidad para intentar no perderlo y opciones hay tantas como el riesgo que quieras asumir. Porque cuando el dinero pierde valor y los salarios no siguen el mismo ritmo, no nos mantenemos igual. Nos empobrecemos.