Estrecho de Ormuz
09/05/2026
Economista
3 min

Los mercados financieros parecen imperturbables. A pesar de la guerra entre los Estados Unidos y el Irán, el cierre del estrecho de Ormuz como epicentro del conflicto y las advertencias reiteradas de los principales organismos internacionales sobre los riesgos de una escalada prolongada, la reacción ha sido, de momento, de contención. O, si más no, de una cierta indiferencia. Las principales bolsas del mundo cotizan a tocar de máximos históricos, y en algunos casos continúan batiendo récords, como si el ruido de fondo geopolítico quedara amortiguado por una confianza que, aún hoy, resiste mejor de lo que muchos anticipaban. No es solo una cuestión de los mercados: el comportamiento de los hogares tampoco parece especialmente alterado.La bolsa no siempre es un buen predictor del futuro económico. A veces acierta, pero a menudo infravalora los riesgos, sobre todo cuando estos son complejos o difíciles de cuantificar. ¿Es este el caso? La dinámica económica de las principales economías –también la catalana– continúa siendo relativamente sólida, al menos hasta ahora. Los resultados empresariales del primer trimestre han sido, en términos generales, positivos y han reforzado la percepción de que el crecimiento global mantiene una cierta inercia favorable, a pesar de la acumulación de shocks e incertidumbres.A este optimismo se añade otro elemento clave: la expectación creciente sobre el impacto que la inteligencia artificial puede tener en la productividad. No en un futuro lejano, sino ya hoy. Los últimos avances, tanto en capacidades como en aplicaciones, alimentan la percepción de una transformación económica de gran alcance, que no se limita a los sectores tecnológicos especializados, sino que empieza a extenderse al conjunto de la economía. Si probaste alguna aplicación de IA hace unos años –o incluso hace unos meses– y te decepcionó, vuelve a probarla. Y si aún no lo has hecho, ha llegado el momento. El salto cualitativo es evidente, y su potencial transformador, difícil de ignorar. ¡Alucinarás!Los datos macroeconómicos confirman que la economía resiste mejor de lo que se podía haber temido. En el caso español, el PIB creció un 2,7% interanual en el primer trimestre, ligeramente por encima de lo que se había previsto antes del estallido del conflicto. Este crecimiento es saludable y descansa principalmente en la demanda interna, con un papel destacado del consumo de los hogares y de una inversión que consolida el impulso de los últimos trimestres. Los indicadores de alta frecuencia sugieren que esta inercia se mantiene, a pesar de que el conflicto ya acumula dos meses de duración: el gasto de los hogares continúa avanzando con fuerza, especialmente en partidas sensibles a la confianza como el ocio, la restauración o, más recientemente, la moda, los muebles y la decoración.A todo esto se añade un factor a menudo olvidado, pero clave para entender la reacción, hasta ahora contenida, del precio de la energía: antes del estallido del conflicto, las reservas globales de petróleo se encontraban en niveles históricamente elevados. Es cierto que el cierre del estrecho de Ormuz ha generado un déficit significativo en la producción global de petróleo y gas –insuficiente, ahora mismo, para satisfacer la demanda– y que las reservas se están reduciendo con rapidez. Pero el punto de partida era relativamente favorable.Finalmente, hay un cálculo implícito –arriesgado, pero fundamental– que ayuda a explicar la serenidad de los mercados. Desde un buen inicio han asumido que el conflicto sería de corta duración. Quizás porque un escenario prolongado acabaría teniendo un impacto grave sobre la economía global, también sobre la norteamericana, en un contexto marcado, además, por la caída de la popularidad del presidente de los Estados Unidos a pocos meses de las elecciones de medio mandato. El hecho es que los mercados de futuros del petróleo y del gas continúan anticipando un aumento de precios contenido y acotado en el tiempo.Es, sin embargo, un cálculo arriesgado. La situación se podría torcer, el conflicto intensificarse y alargarse. En este caso, el escenario cambiaría de manera sustancial: problemas de abastecimiento en algunos países asiáticos o con menos recursos, una actitud mucho menos complaciente de los mercados, tensiones sostenidas en los precios de la energía y, finalmente, un impacto claro sobre el bolsillo de los hogares. Todavía no estamos en este punto. El tiempo juega en contra, pero, de momento, la economía aguanta y mira hacia otro lado.

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