El fabricante de cerillas que descubrió el hormigón armado
Ivar Kreuger llegó a tener en sus manos el 60% de la bolsa sueca
Primavera de 1932. Dentro de un piso ubicado en el número 5 de la avenida de Victor Emmanuel III, en el 8º distrito de París, se oye un disparo. Cuando la policía llega, descubre el cuerpo sin vida de Ivar Kreuger, uno de los magnates más conocidos de la época tanto en Europa como en Estados Unidos. Todo parece indicar que se ha suicidado.
- 1880-1932
El periplo de Kreuger había empezado muchos años antes, cuando este ingeniero sueco, hijo de un empresario que fabricaba cerillas, descubrió el hormigón armado. Trabajando como ingeniero en Estados Unidos, México y Sudáfrica, vio esta nueva técnica de construcción y pensó en introducirla en su país (reforzar las edificaciones de hormigón con barras de acero hacía décadas que se había inventado, pero su popularización necesitó tiempo). Con esta idea bajo el brazo regresó a su país, y en 1908 fundó la constructora Kreuger & Toll junto a Paul Toll. El principal atractivo que tenía la empresa era la posibilidad de acortar plazos de obra y, en consecuencia, poder ofrecer fechas de finalización muy precisas. La propuesta fue un éxito y lograron encargos realmente emblemáticos, como la construcción del estadio olímpico de Estocolmo, que en 1912 sería la sede de los Juegos.
La elevada rentabilidad que proporcionaba el negocio permitió a Kreuger crear un holding para invertir en otras compañías fuera del sector de la construcción. Así es como en la década de los veinte entró en bancos, empresas mineras, ferrocarriles, madera, papel, distribución cinematográfica, inmobiliarias... E incluso en 1925 logró un paquete de control de Ericsson, el principal fabricante de teléfonos del país. Llegó a dominar el 50% del mercado del hierro y de la celulosa. La mayoría de inversiones las realizaba a partir del canje de acciones, más que desembolsando dinero, con la intención de acelerar el crecimiento.
Uno de los negocios que creó durante este proceso de diversificación fue Svenska Tändsticks AB (STAB), que se dedicaba a lo que había hecho siempre su familia, o sea, a fabricar cerillas. Con una política de compras muy agresiva, en 1930 había logrado aglutinar entre el 50% y el 70% de la producción mundial de cerillas (años más tarde la compañía evolucionaría hacia el tabaco, y en 2022 fue adquirida por Philip Morris). Parece ser que fue el inventor de las acciones de clase B, sin derechos políticos, para financiarse sin perder el control de sus empresas.
En el momento de mayor auge de sus negocios, la fama de Kreuger era inmensa. Tanto, que el presidente de Estados Unidos (fue amigo personal de Herbert Hoover) y muchos políticos europeos de alto nivel le pedían consejo. También era alguien que se movía con comodidad entre las estrellas del Hollywood de la época dorada del cine (la sueca Greta Garbo, por ejemplo, tenía una gran amistad con él). Una de las estrategias que empleó para poder penetrar comercialmente en distintos países fue la compra de deuda pública; llegó a hacer empréstitos con Francia, Alemania, Hungría, Turquía, Grecia y un buen puñado más de naciones de todo el mundo.
Hacia 1931, el imperio de Kreuger estaba formado por más de 200 compañías y suponía el 60% de la capitalización de la bolsa sueca. Había conseguido levantar un gran imperio, pero desde el Crac del 29 se empezaron a hacer evidentes las costuras del modelo. La primera alarma la dio ITT, compañía de telefonía que había comprado Ericsson en Kreuger. Al revisar la situación financiera del negocio, se sintieron engañados por el magnate sueco y le reclamaron el dinero de la venta. La contabilidad creativa que empleaba de forma sistemática demostraba que todo era un castillo de naipes que no tardó en hundirse. Inicialmente, la falta de liquidez para hacer frente a las numerosas deudas fue compensada por el gobierno de Suecia y por el banco central del país, pero a cambio de arrojar luz a la oscuridad de la contabilidad del entramado empresarial. Su imagen, hasta hacía poco mitificada, se hizo añicos en tiempo récord. El célebre economista John Kenneth Galbraith definió a Kreuger como el Leonardo da Vinci de las prácticas financieras fraudulentas.
Y en esa situación límite llegamos a aquel 12 de marzo de 1932, momento en que Kreuger no pudo digerir su caída a los infiernos y puso fin a todo. O no, porque en la década de los sesenta una serie de libros y documentos desclasificados puso sobre la mesa una tesis de que Kreuger había sido asesinado.