Opinión

Trabajar mejor es garantizar derechos laborales

Trabajadores en una oficina.
02/05/2026
Secretario general de Pimec
4 min

Las perspectivas económicas todavía nos son favorables. A pesar del escollo de la última EPA, con un incremento súbito y alto del paro que nos devuelve al liderazgo en esta lacra en el mundo desarrollado, Cataluña continúa creciendo, y por encima del entorno. Pero el viento de cola no es garantía de progreso. El riesgo es haber consumido años muy buenos con demasiada complacencia y no haber hecho suficientemente bien los deberes. Quizá porque algunos debates incomodan demasiado, pero tarde o temprano tendremos que afrontarlos: trabajar o no trabajar, derechos o deberes, salarios más altos o productividad, tecnología u ocupación.

¿Trabajas o estás en el paro? El paro continúa siendo una anomalía estructural que no podemos normalizar. Es difícil explicar a nuestros empresarios que se afanan por cubrir vacantes que, al mismo tiempo, mantenemos niveles de paro impropios. No todo se explica por una falta de oportunidades reales. Pesa la orientación deficiente, la formación poco conectada a necesidades reales, la falta de acreditación de competencias y una cierta distancia de las personas respecto del mercado de trabajo.

El paro debería ser una contingencia sobrevenida, un incidente vital del cual salir con apoyo público en el mínimo tiempo posible. Las prestaciones son una conquista de justicia social, pero tienen sentido si van acompañadas de un compromiso efectivo de políticas públicas y sobre todo de las personas hacia la empleabilidad: activarse, formarse y aprovechar las oportunidades. La cronificación en el paro no la podemos aceptar nunca como una opción.

¿Derechos o deberes? Durante demasiado tiempo hemos contrapuesto derechos laborales y eficiencia del mercado de trabajo. Como si defender derechos de personas fuera incompatible con mejorar la productividad, reducir la incidencia de las bajas, cubrir vacantes o conectar mejor empresas y talento. Es una falsa dicotomía. Los derechos laborales se consolidan cuando el mercado de trabajo funciona mejor. Un mercado ineficiente no protege más: expulsa oportunidades, cronifica desigualdades y debilita la capacidad de repartir prosperidad.

El trabajo es un espacio de derechos y de deberes. No es un equilibrio perfecto, pero sí reconocible. Cuando la percepción es que se está gestando un cierto derecho a no trabajar, aunque sea exagerada, conviene escuchar el ruido de fondo. Porque detrás hay datos objetivos y diagnósticos; productividad insuficiente, absentismo mal gestionado, costes crecientes y dificultad para organizar mejor el trabajo.

¿Y tú, cuánto quieres cobrar? No habrá salarios más altos sin más productividad y mejoras en la eficiencia del mercado de trabajo. No habrá más estabilidad sin empresas más competitivas. Y no habrá derechos efectivos si las políticas de ocupación no acompañan transiciones reales. El trabajo es la mejor política social cuando permite progresar, conciliar, aportar valor y construir proyectos vitales. Pero esto exige que lo pongamos en el centro de la redistribución de riqueza y entender que las empresas, especialmente las pymes, es donde muchas oportunidades se hacen posibles.

Mejorar su dimensión, mejorar la capacidad de las empresas de crecer y generar riqueza es sinónimo de fortaleza del tejido productivo y, a la vez, de mejora de los salarios. Aquellos países con mejores salarios tienen empresas con una alta aportación de valor añadido bruto por persona, y todos ganan.

¿De qué trabajaremos? La ocupación ya está inmersa en transiciones simultáneas: digital y tecnológica, verde y circular, social y demográfica, geoeconómica y de incertidumbre global, y finalmente, la del nuevo trabajo que dibuja la guerra por el talento y la orquestación de la tecnología en los puestos de trabajo. La digitalización ya es una infraestructura de competitividad, la transición verde demanda nuevas competencias y ubicuidad; el envejecimiento genera nueva demanda y déficit de talento; el histrionismo diplomático obliga a la resiliencia y la proximidad, y el trabajo será más híbrido, fluido y exigente en competencias técnicas y relacionales.

La inteligencia artificial merece un inciso propio. La IA y la robótica producirán trasvases laborales más rápidos que los de otras innovaciones. Algunos puestos desaparecerán, muchos se transformarán y otros nacerán de la combinación entre habilidades humanas y digitales. El reto no es negarlo ni dramatizarlo, sino gobernar. La batalla del trabajo como mejor política social no está perdida; ahora empieza de verdad.

Y ahora, ¿qué hacemos? Hay que pasar del diagnóstico a la acción. Hace demasiado tiempo que seguimos evitando debates, como si pudiéramos vivir de la renta del crecimiento, sin enfocar de qué y cómo viviremos en el futuro. Las políticas de empleo deben medirse por inserción, permanencia, salario y adecuación competencial, no solo por actividad administrativa. La formación permanente debe ser un hábito de país. La orientación laboral debe estar conectada con las pymes y las vacantes reales. La negociación colectiva debe ordenar (también) flexibilidad, salud laboral y productividad. Y las empresas deben hacer los deberes: tecnología, procesos, formación, retención de talento y sentido del trabajo. Y tal vez debemos hacer un clamor para que nuestro sistema educativo, no solo el formativo, se sincronice con ello.

Estamos en un momento favorable, pero no garantizado. Cataluña puede continuar creciendo, pero el reto es crecer mejor: con más productividad, buenos puestos de trabajo, adaptación y justicia social efectiva. Si hacemos los deberes, podemos ser una economía que no solo crea empleo, sino que hace progresar el trabajo. La frontera que toca conquistar no es trabajar más para compensar ineficiencias, sino trabajar mejor para ampliar oportunidades y poder garantizar los derechos. Como hacen los países normales.

stats