El domingo pasado Donald Trump organizó su gran fiesta de los ochenta años. Lo disfrazó como un acto por el 250º aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, pero para el 4 de julio aún faltan unas cuantas semanas. El acto superó la chabacanería de cualquier celebración demencial, porque convirtió las instituciones norteamericanas en una plataforma de entretenimiento y negocio. Trump bautizó la velada de boxeo nocturna como UFC Freedom 250. Montaron un estadio de treinta metros de altura en el Jardín Sur de la Casa Blanca. La estructura, que tapaba el edificio, acogía un ring octogonal. Era el escenario de varios combates de artes marciales que se retransmitían a través de la plataforma Paramount+, y no por una cadena de televisión generalista, como sería propio de un acto institucional. El propietario de Paramount+, David Ellison, es uno de los empresarios aliados de Trump. La UFC es la principal organización mundial de combates de artes marciales mixtas. Durante años fue marginal y estuvo prohibida en buena parte de los estados norteamericanos porque la consideraban excesivamente violenta. Fue Trump quien acogió las veladas en sus casinos de Atlantic City. El domingo, Trump trató a Dana White, el presidente de la UFC, como a un jefe de estado. Ambos salieron del Despacho Oval con el pecho inflado y desfilaron por los pasillos y soportales iluminados hasta aparecer en el balcón de la Casa Blanca. Mientras saludaban, los Thunderbirds de las fuerzas aéreas y los Blue Angels de la marina cruzaban el cielo. Después circularon como héroes por la alfombra roja hasta la primera fila del show. Los luchadores salían del edificio presidencial escoltados por la guardia de honor, equipada con banderas y fusiles. El espectáculo era obsceno: fuegos artificiales, desfile de soldados, el himno de los Estados Unidos acompañado de una banda militar y un jumbotron que proyectaba imágenes de águilas imperiales. El azul, el rojo, el blanco y el dorado dominaban aquel escaparate excesivo como si fuera una feria sobredimensionada. Una dramaturgia que trasudaba mucha agresividad, con un patriotismo recalcitrante que mezclaba testosterona, músculo, armas y banderas como contexto de un espectáculo deportivo cargado de violencia.La Casa Blanca se convirtió en una plataforma publicitaria. Como en cualquier campeonato deportivo televisado, el espacio estaba lleno de anuncios de patrocinadores. Marcas de cerveza, casinos, casas de apuestas y un negocio de criptomonedas gestionado por los Trump. Una de las imágenes de la retransmisión, que después se ha hecho viral a través de las redes, es alegórica: Justin Gaethje, hijo de la Arizona minera y el gran campeón de la UFC, el hombre que destrozó la cara a Ilia Topuria en el combate, contemplaba el cuadro con la Declaración de Independencia que cuelga en la pared del salón. Lo hacía vestido con pantalones de boxeo y envuelto con la bandera de barras y estrellas. Una fusión de política y violencia que transmite barbarie. El espectáculo confirma la degradación de las instituciones norteamericanas, reducidas a la escenografía de un circo ultra para hacer negocio.