Urbanismo

Luces largas para el crecimiento del área metropolitana

Vista panorámica de Barcelona desde Santa Coloma de Gramenet.
10/02/2026
3 min

El planeamiento urbanístico es largo y complejo. De acuerdo. Sin embargo, no deja de ser algo desesperante que esté costando tanto poner en marcha el nuevo Plan Urbanístico Metropolitano (PDUM), que finalmente ayer pudo ser aprobado inicialmente por segunda vez después de que la primera, en el 2023, recibiera tantas alegaciones –5.180– que han sido necesarios tres años para presentar el nuevo documento. Pongamos contexto. Este plan es el paso necesario para jubilar definitivamente el Plan General Metropolitano que se elaboró ​​en 1976 bajo la dirección de Joan Antoni Solans, un urbanista de referencia que, sin embargo, lo hizo en un momento predemocrático y en un contexto de expansión urbana todavía desarrollista. Se han realizado más de mil modificaciones y la demostración de que era un buen plan es que ha aguantado hasta hoy. Sin embargo, han cambiado mucho las cosas en estos 50 años y se necesitaban unas nuevas reglas de juego. El proceso para crearlas comenzó en el 2013, se tardaron diez años en aprobarlas por primera vez y no se prevé que haya una aprobación definitiva hasta el 2028. Es decir, desde que empezaron a pensarse hasta que se podrá empezar a trabajar para concretarlas habrán pasado 15 años. Y esto si todo va bien.

Y entonces, posiblemente, ya habrá quedado desfasado, porque parece claro que el actual área metropolitana de Barcelona, ​​que integra 36 municipios, se ha quedado pequeña, y es muy posible que en ese momento el debate ya sea la creación de la gran región metropolitana, que incluye el Maresme, los dos Vallesos y el Gar. Y esto sin tener en cuenta que las posibilidades urbanísticas serían mucho mayores si el plan de infraestructuras ferroviarias o viarias que necesita el país no fuera aún más lento y desesperante.

En este sentido, el PDUM que se ha presentado ahora es pragmático. Ha optado por la ciudad densa –marca de la casa del modelo barcelonés– pero apostando por que haya un tejido mixto, es decir, que no separe tanto como las zonas donde se trabaja de las zonas donde se vive. Se quiere romper con el modelo de ciudad dormitorio y optar por lo que ahora se conoce como "la ciudad de los 15 minutos", es decir, que, en lo posible y en un mundo ideal, buena parte de la población tenga el trabajo y los servicios básicos (escuela, centro de salud, comercios) a un máximo de 15 minutos de casa. Por eso se ha optado por no favorecer el crecimiento en extensión –incluso se reduce el suelo urbanizable– y por marcar las líneas para favorecer la densificación y la regeneración de las zonas ya urbanizadas. No se ha entrado al por menor, pero esto supone, por lo general, el crecimiento en altura de las edificaciones, lo que sin duda cambiará el paisaje de muchas ciudades. Además, existen 16 grandes áreas de crecimiento que tendrán un tratamiento especial. La idea es tener, en total, 200.000 nuevas viviendas de aquí a 2050.

Los detalles requieren mucho análisis, pero lo que preocupa ahora es que esta opción sólo es factible si realmente se agilizan estos cambios de usos, su aprobación y la negociación con multitud de pequeños propietarios. Como país, no podemos permitirnos que todos estos procesos sean tan largos. El mundo va rápido y la ola ya nos ha pasado por encima. Hacen falta herramientas ágiles de gestión y una mayor eficiencia para que nos expongamos a la posibilidad de que, cuando se pueda poner en marcha, el planeamiento ya esté del todo obsoleto.

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